jueves, 8 de mayo de 2014

CINE EUROPEO - Rouge / Tres Colores: Rojo (Trzy Kolory: Czerwony, 1994) de Krzysztof Kieslowski // parte I






ROJO, EL AMOR (parte I)




* * * * *
EXCELENTE



Sinopsis:


Tres colores. Tres películas. Tres actrices francesas. Tres trabajos como tres soles. Una bandera archiconocida. Un guión colosal. Una fotografía de aúpa. Una música de las que vas a recordar toda tu vida. Un director que pide a gritos un altar. Un trabajo titánico. Un pedazo de cine. ¿Seguimos? Después de las lecciones de Krzysztof Kieslowski y de la maravillosa carta de recomendación que le brindó otro monstruo del séptimo arte, nos sumergimos en el mundo azul, blanco y rojo de uno de los cineastas más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Un sinfín de pequeñas historias sustenta y ornamenta la arquitectura de estos Tres colores (1993-1994): actrices ultramotivadas, personajes históricos de mentirijilla, Harvey Weinstein removiendo Hollywood e incluso una extraña premonición. Todo a la sombra de una bandera tricolor tan repleta de significados que sólo un perfil de la talla de Kieslowski podía armar una trilogía tan compleja y salir a hombros de la plaza. Es el paradigma del cineasta perseverante. Y de allí, con su salud debilitada, con la voluntad intacta, con el nervio de un trabajador infatigable, empieza a construir una trilogía sobre la bandera francesa y sobre uno de los lemas más famosos de la historia.

Reseña:

Un juez retirado (Jean-Louis Trintignant), escéptico y de corazón endurecido por amargas experiencias del pasado, vive aislado en su casa mientras espía a sus vecinos. Una joven modelo, Valentine (Irène Jacob), sensible y siempre pendiente de los demás, ve cómo su noviazgo pasa por momentos delicados. En esa presentación de los personajes de “Rojo”, Kieslowski nos ofrece la imagen del individualismo frente a la solidaridad, pero la relación que se establecerá entre ellos –la caridad, el amor– conseguirá acercar esos polos antagónicos hasta unir sus destinos y revitalizar sus existencias. Muy cerca de ellos, un opositor de judicaturas, Auguste, (Jean-Pierre Lorit) y su novia Karin (Fréderique Feder) –que trabaja en el servicio metereológico personalizado– hacen planes de futuro. Resultan antológicas esas secuencias que muestran a Valentine y Auguste que se cruzan en su vida ordinaria pero sin que llegar a conocerse: es como si el juego del azar y el destino comenzara su duelo particular, y en medio el individuo guardase bajo la manga su carta de la libertad.

Será precisamente el azar el que propiciará el primer encuentro del juez con Valentine. En un accidente fortuito, la modelo atropella a la perra del juez: ante la indiferencia del dueño por el animal herido, ella se vuelca en atenciones con el animal. En un segundo encuentro, Valentine da muestras de humanidad y de compasión hacia el propio juez al ver cómo se degrada… espiando a los vecinos; a la vez, descubrimos la amargura y el escepticismo del juez, que cuestiona si es posible conocer la verdad o si puede intervenir en la vida de los demás intentando hacer el bien. El juez intuye la sensibilidad de Valentine y se da cuenta de que ella tiene el amor que él siempre ha echado en falta, y experimenta una primera transformación en su interior. Son dos personajes aparentemente opuestos, cada uno con su pasado y problemática existencial, pero que muy pronto sintonizan y se comprenden hasta alcanzar una profunda y delicada amistad. A su vez, se nos ofrecen dos mundos enfrentados: por un lado “el de la imagen” por medio de Valentine, y por otro “el de la palabra” a través del juez: sus oficios de modelo y juez no son casualidad. Ambos se necesitan, y los dos saben escrutar el alma del otro y escuchar: “no es difícil adivinar” el pasado o lo que preocupa al otro cuando se le quiere –es lo que ambos dicen en distintos momentos de sus confidencias–, porque entonces siempre es fácil ponerse en su lugar, ayudarle a abrir su intimidad y a que la luz entre en su vida.

Resulta llamativa la evolución que experimenta el personaje del juez, su regeneración. En cierta medida, aparece como un demiurgo omnisciente, pero que no interviene en la vida de los demás: lo sabe todo, pero no quiere cambiar el destino. La conversación con Valentine le lleva a descubrir a alguien capaz de preocuparse por un animal, de sentir compasión por un vecino, e incluso por él mismo… a pesar de su miserable comportamiento: la luz y el calor del amor penetran de nuevo en su vida. 


De la amargura y de la indiferencia vital pasará a denunciarse a sí mismo por los actos delictivos, se humanizará su rostro y su trato, saldrá de casa para ir de nuevo a teatro, y hasta acabará mostrando ternura con los cachorros o sintiendo angustia ante las escenas del naufragio. En el último tramo de la película, dirá que sólo le apena no haberla conocido hace treinta años: es aquí donde vemos en Auguste a su alter ego en el tiempo y en Valentine a la reencarnación del amor perdido hace años, hasta el punto de que sus intervenciones desencadenan la ruptura del noviazgo del joven juez y su coincidencia en el ferry con Valentine: al final, su regeneración ha propiciado que el amor sobreviva al naufragio. Amor y destino, azar y libertad, individualidad y divinidad: son las misteriosas realidades apuntadas en la película y sobre las que Kieslowski se pregunta, sin llegar a dar respuestas claras, quizá porque no las tenía. En todo caso, su cine mueve a la reflexión y nos interroga sobre aspectos importantes de nuestra vida.

Decía que el amor es el epicentro de “Rojo” desde el inicio hasta el final porque, según el director polaco, constituye el eje de la vida. De hecho, los dos protagonistas han sufrido sendos desengaños amorosos (el juez hace tiempo, la joven a lo largo de la película) y ambos podrán rehacer sus vidas en una segunda oportunidad. Sin embargo, es un amor entendido básicamente en clave de fraternidad, con referencias continuas a la dificultad que existe para comunicarse y entenderse. Por otra parte, el concepto de amor en Kieslowski va más allá del mero enamoramiento sentimental o afectivo: es lo más opuesto a la indiferencia, es la capacidad de escuchar la vida que bulle en los demás con sus inquietudes (de ahí la importancia de la conversación personal en contraposición a la telefónica, fuente de fracasos y decepciones), de dejarse afectar por los problemas de los demás, de compadecerse y ser solidario con el otro… y de actuar en consecuencia (“Usted está convencida de estar en la verdad: haga algo” le dirá el juez ante el espionaje de la familia vecina que él lleva a cabo). Es, por último, un Amor en relación directa con la Verdad, pues el Juez y Kieslowski se mueven en un terreno pseudo-filosófico y religioso (en sentido amplio).

El mundo que Kieslowski critica es un mundo deshumanizado, superficial, vendido al progreso tecnológico: el teléfono no puede suplir a las relaciones personales directas y se convierte en símbolo de la incomunicación, del des-enamoramiento: la imagen no puede ser una máscara sino que debe acompañarse de humanidad, y distanciarse así del clima frívolo y superficial en que a menudo se ve rodeado (resulta llamativo cómo Valentine no participa de ese ambiente un tanto vanidoso y ensimismado que la rodea en su trabajo). De alguna manera, el director nos viene a decir que la tecnología no puede insensibilizar a las personas hasta el adormecimiento de las conciencias. Cabe también otra interpretación aplicada a Europa como un continente viejo que se ha olvidado de lo esencial y que marcha sin norte hacia un desarrollo tecnológico que le llena de vaciedad, de insensibilidad. No en vano, la historia se desarrolla en Suiza, paradigma del aislamiento y del paraíso fiscal.

   Si en las anteriores películas de la trilogía las conexiones físicas o místicas eran lógicas pero aparentes, en Rojo todo es mucho más evidente, más palpable, más sensible. Estas conexiones se convierten en el motor principal de la narración de Rojo, del destino de sus protagonistas, e incluso del destino de todos los protagonistas de la trilogía.   En Rojo, Kieslowski muestra mejor que nunca varios elementos enfrentados tan característicos de su filmografía, sobre el terreno racional y el irracional, física y mística. Sobre la narración racional, se observa como se densifica la relación entre Valentine y Joseph, mientras que hay muestras del sentido irracional de la otra narración, a partir del paralelismo evidenciado entre Auguste y Joseph Kern.

     Kieslowski, había hablado varias veces de su obsesión por los encuentros casuales, por el azar, por la predestinación. Y es que, realmente todos los cruces, todo el cableado metafísico de Rojo y de la trilogía, es el verdadero espacio protagonista, en el que Kieslowski se movía como pez en el agua. Por ello, tal vez, su incesante obsesión por completar la trilogía sin poco tiempo de cambio, en sólo 2 años, cerciorándose de que los elementos en escena contenían el mayor número de paralelismos posibles.

     En Rojo, la secuencia inicial es toda una declaración de principios, a través del cableado telefónico, de las vías de una atracción que desemboca en el mar o del trazado de metro. Kieslowski muestra directamente en imágenes el paralelismo entre las vidas de los protagonistas y el destino de su relación, en una misma dirección. Desde el comienzo, vemos al joven juez y a Valentine cruzándose en varias secuencias e incluso planos, sin ningún tipo de conexión directa. Kieslowski parece querer aumentar la sensación en el espectador del cruce, del definitivo nexo entre Valentine y Auguste, que como vías de un mismo tren parecen destinados a que esto no suceda, y sin embargo, su dirección indica lo contrario.
 

Hay, por tanto, en la película gran densidad de ideas, constantes en la filmografía de Kieslowski y que también deben mucho a su guionista y amigo Krzysztof Piesiewicz, que merecerían un estudio más pormenorizado. Se descubre una búsqueda de la autenticidad (el juez dirá a Valentine que “basta con que sea usted misma” para arreglar el mundo, por ejemplo), el juego de la libertad y el destino, la superstición (véase el juego de azar en la máquina tragaperras), el miedo al futuro y a lo desconocido, la ausencia de verdades y certezas, la vida como un misterio indescifrable, o la lucha contra cualquier autoridad que quiera imponer su criterio.

En el plano estético, la fotografía de Piotr Sobocinski es de gran belleza, con el rojo como color que da calidez a sus personajes y a sus relaciones: son numerosos y continuos los objetos y referencias a este color. Y la música de Zbigniew Preisner está en la misma línea argumental del amor, para trasmitir esa expresividad romántica usando el tono mayor en su melodía. La introducción en el rodaje de varios planos-secuencia de difícil consecución hablan también de la maestría del director polaco, así como los abundantes planos de fuerte carga metafórica (el vaso roto en la bolera o el otro con agua que se desparrama, o el vendaval que irrumpe en el teatro).

Por último, las interpretaciones de Irène Jacob y de Jean-Louis Trintignant resultan magistrales, llenas de sobriedad y emoción contenida: con sus miradas y silencios nos permiten ver el fondo de su alma con sus temores y preocupaciones, y eso no es nada fácil. Entre las escenas de especial belleza, me atrevo a destacar la de la sesión fotográfica para la campaña publicitaria de los chicles (nada casual, por cierto, el mensaje de la campaña: “En cualquier circunstancia, el frescor de la vida”), la de la pasarela en que Valentine busca con la mirada a su amigo, o la conversación en el teatro cuando el juez le cuenta su pasado. En definitiva, una película de enorme belleza visual, muy cuidada en todos sus planos, y que nos ofrece un pensamiento rico e inquietante, el propio de un director que acabó el rodaje tan agotado que decidió no volver a dirigir. Y así fue, pues falleció a los pocos meses de un paro cardíaco: “Rojo” puede, por tanto, ser considerada como la película-testamento de un hombre que vivió buscando una luz que diese sentido a su existir y que encontró en el Amor.

 Rojo el atardecer, el carro, el toldo; El fondo de la foto es rojo, como lo es rojo el navío al fondo. La fraternidad es dibujada de rojo, esa fraternidad que falta, que enferma, que tanto falla entre los hombres. Kieslowski nos vuelve a enmarañar por sus pasajes de vidas y encuentros y desencuentros, y vuelve a la carga con el destino. El color rojo hace referencia, tanto en la bandera francesa como en la película, a la fraternidad (fraternité, en francés). En la película de Kieślowski, en efecto, los personajes que inicialmente no estaban relacionados llegan a estar íntimamente interrelacionados y se crean nexos entre personajes que aparentarían no tener nada en común.

Además, la localización de las escenas en Ginebra contribuye al tema de la fraternidad, al ser Suiza un país de convivencia lingüística, cultural y religiosa, más aún en la cuna del reformismo de Calvino, cuyas ideas de la predestinación pululan en el personaje del juez. No obstante, el simbolismo del color rojo como parte de los idearios revolucionarios franceses y por ende de la cultura europea y occidental, y que articula la trilogía se amplía a otros ámbitos: los personajes masculinos protagonistas son jueces, y en el protocolo universitario el color rojo se asocia con el Derecho; el personaje femenino protagonista se vincula escenográficamente con el rojo como muestra de la habitual representación de este color con la energía vital y con el amor.


En “Rojo”, última película de la trilogía de los colores, Krzysztof Kieslowski nos ofrece la que considera como única respuesta válida ante la vida, la manera definitiva de ser libre (“Azul”) y de conseguir una igualdad personal y social (“Blanco”). No es casual que el tema central de “Rojo” sea el amor, y que esta cinta sea la última de la serie: sólo el amor permite al hombre ser él mismo, relacionarse con los demás, vivificar la sociedad. Es, por otra parte, la película de Kieslowski con un final más esperanzador. En ella, los protagonistas de la trilogía se salvan del naufragio del ferry: el amor les ha enseñado a navegar entre los sinsabores de la vida, a contracorriente de las dificultades.

Sin embargo, este mensaje de amor no es nuevo en el pensamiento europeo. Aunque el desenlace de “Rojo” es en cierta medida positivo, también resulta ambiguo e incierto porque no sabemos cómo seguirán las vidas de los protagonistas, cómo afrontarán las dificultades en que el amor se debe fraguar y que volverán a presentarse: es posible que se quiebre, y con él la felicidad, la libertad, la igualdad, tesis pesimista a la que el director polaco se ha apuntado vitalmente en la mayor parte de su filmografía, porque la vida se hace viviendo y el cine no puede reflejarla con un punto y final ni con un destino ciego.


Fuente:

texto de Julio R. Chico y Javier Ballesteros desde http://www.miradadeulises.com/2008/10/%E2%80%9Crojo%E2%80%9D-kieslowski-se-despide-con-el-amor/ y http://lafilmotecadesantjoan.blogspot.com.es/2011/04/tres-colores-rojo-de-krzysztof.html para "La filmoteca de Sant Joan".


Clip - trailer:





CINE EUROPEO - Bleu / Tres colores: Azul (Trzy kolory: Niebieski, 1993) de Krzysztof Kieślowski










AZUL, LA LIBERTAD



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EXCELENTE





La trilogía de los colores del director Polaco Krzysztof Kieslowski es uno de sus trabajos mas aclamados y una de las obras mas brillantes de su carrera. Con tres películas que bien se pueden apreciar de manera separada, pero que cobran mucho mas fuerza cuando se aprecia como parte de un todo, tal cual era la intención del director. Todos los filmes fueron también co-escritos por Kieslowski junto a Krzysztof Piesiewicz, cada uno lleva su nombre por los colores de la bandera de Francia y de algún modo los tres representan los ideales políticos de la República Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

'Tres Colores: Azul' es la primera de una trilogía de films dirigidos consecutivamente por Krzysztof Kieslowski a principio de los años 90, cuyo título alude a cada color de la bandera francesa así como a uno de sus lemas: libertad, igualdad y fraternidad. Azul' sería la película que representa la libertad, más como una idea emocional que como un concepto social y político. Su argumento se centra en Julie (Juliette Binoche), una mujer que acaba de perder a su marido y a su hija en un accidente de coche. Tras el shock inicial y sus intentos por quitarse la vida, veremos la forma de esta joven de encajar la nueva situación y decidir si continuar con la obra inacabada de su marido, un famoso compositor al que se le había encargado una pieza para conmemorar la unificación europea.

Con el singular estilo visual que lo caracterizaba el director logró darle un sentido a cada uno de los colores que titulan sus tres obras, los colores pasan a formar parte activa del argumento de los filmes. Kieslowski utiliza los colores para expresar los sentimientos de sus personajes y para marcar el tono de cada una de las historias. Bleu es un complejo estudio psicológico sobre la libertad  (representada por el color azul).

La acción se sitúa en una carretera rural de París donde un auto blanco repentinamente choca contra un árbol, un niño corre a la escena y un corte después se descubre que el trágico accidente a terminado con la vida de un famoso compositor francés al cual se le había encargado componer una melodía para la “Unificación de Europa” y la de su hija, mientras que su esposa Julie logra sobrevivir, solo para después tener que lidiar con la muerte de su familia y tener que soportar el asedio de los medios que buscar la inacabada obra musical de su difunto esposo. A partir de allí la historia seguirá la vida de Julie y como sus decisiones “libres” la llevan por distintos caminos, primero en su intento de suicidio y posteriormente a aceptar la vida y continuar, aun cuando varios secretos de su esposo salgan a flote.

Visualmente, el director usa muchas técnicas para mostrar el sentido de pérdida de Julie y su conflicto interno. Cuando Julie mira por televisión el funeral desde la cama del hospital, la sombra de su dedo acaricia el pequeño ataúd impreso en la pantalla. Una vez fuera ya del hospital, empieza a nadar sola en una piscina oscura y cada vez el dolor la abruma más y más, pero no deja de nadar, poniéndose al límite de sus fuerzas, intentando olvidar su tristeza. La clave para entender el argumento reside en el significado que Kieślowski da al color azul. Según sus palabras, en la época actual ya no simboliza la libertad en un sentido político o social, sino la libertad de vivir la vida en sí misma.

Como las otras dos películas de la trilogía, Trois Couleurs: Bleu hace continuas alusiones al color de su título. No se limita al uso de filtros y luces azules, además, algunos objetos más o menos relevantes en la historia son azules. La luz azul simboliza el pasado de Julie, es omnipresente en algunos pasajes de la película y acompaña los compases de la sinfonía que articula gran parte de la historia; en contrapunto, algunos fundidos en blanco de la película se asocian a momentos de felicidad de Julie. Algunos fragmentos incluyen diversas referencias a los otros colores de la trilogía. En una escena, niños con bañadores blancos y flotadores rojos saltan a una piscina azul; en otra, Julie entra accidentalmente en los juzgados en los que Karol Karol, el protagonista de Blanc, aboga por su inocencia. El rojo, por su parte, se ve retratado en una escena que transcurre en el barrio rojo de París, cerca del Pigalle.

Algunos críticos califican esta película como una de las mejores de la historia del cine. Marjorie Baumgarten del Austin Chronicle dijo: "Bleu es una película que atrapa la mente, desafía los sentidos, implora una resolución, y cuenta, con gracia estética y elegancia formal, una buena historia y una alegoría política". Michael Hoshall del Boulder Daily Camera dijo: "Juliette Binoche está luminosa en la representación de una mujer que se da cuenta de su valía como compositora y como ser humano."

Su principal diferencia respecto a otros títulos de temática similar, es su total falta de ataduras para mostrar la evolución del personaje protagonista. No se preocupa por la impresión del público, si vamos a comprender sus actos después de esta tragedia, si su transformación es lógica y consecuente; solo con ser fiel a la verdad de su esencia. Y esa es la impresión, que todo lo que vemos es limpio, no hay intento de manipular a la audiencia creando momentos impactantes. Así, la sencillez es la nota dominante, y elementos tan poco casables como el suicidio, el engaño, un/a amante, una prostituta, una madre, un ratón, una piscina o una melodía cobran importancia en la historia.

Sensorial, no intelectual. El principal lastre de 'Azul', de la trilogía "Tres Colores" en general, es la percepción que tiene desde fuera el público convencional; algo comprensible tal y como se vende. Una película alabada y aupada por la crítica más sesuda, emblema del cine gafapasti y colocada como un título difícilmente abarcable. Sin embargo, es una película que merece una oportunidad y puede resultar accesible para un amplio segmento del público, pues tampoco es necesario un análisis intelectualista e ínfulas artísticas para entenderla y disfrutar con ella. No es un film de ritmo vertiginoso, es más bien lenta cierto, tiene tendencia a aburrir y un despiece de sus virtudes es inevitable que de pie al rechazo. Pero el que sea una película sensorial, que evoca a las emociones y las experiencias de que cada uno, se torna en su principal virtud.

Porque 'Tres colores: Azul' no es una cinta de efectos especiales, ni de golpes de efecto; tampoco de escenas memorables o diálogos para el recuerdo. Juega mucho con los desenfocados, usa mucho los filtros, con el color azul siempre presente tanto en su atmósfera como para destacar los elementos clave. Y destacando sobremanera, la soberbia interpretación de Juliette Binoche, representativa de una película auténtica, tan real como la vida misma: Julie pierde a su familia en un accidente de coche. De un brusco desgarro, la “mujer de” uno de los compositores más importantes de la actualidad se encuentra sola, sin ataduras y, por lo tanto, libre. Kieslowski pasa olímpicamente de los alegatos trillados y reflexiona sobre el precio que tenemos que pagar para lograr una meta tan ansiada por el ser humano como es la libertad.

Somos testigos cercanos de los problemas que comporta este viaje gracias a la cámara minimalista de Kieslowski y a una sensacional banda sonora. Los ataques de ansiedad que sufre la protagonista y la soledad en la que acaba viviendo nos recuerdan que no es fácil perder todo lo que amas. En un principio se nos presenta a Julie como una especie de “Wonder Woman”, sin miedos y que todo lo resiste, pero de ser así no tendríamos película. A medida que progresa la narración vemos como Julie se vuelve más inestable e incapaz de liberarse del pasado. Olivier, ayudante de su esposo y enamorado de Julie, intenta sacarla de su aislamiento pidiéndole que le ayude a terminar la obra inconclusa de Patrice (su marido) que ella creía haber destruido. Por un tiempo lo consigue pero finalmente ella se da cuenta de que la obsesión por lo que quiso componer su marido la invade y no le permite alcanzar una nueva vida.

La película es un continuo ir y venir que provoca una gran tensión en el espectador. Acabamos deseando tanto como la protagonista desengancharnos de un pasado lleno de misterios y recuerdos. Con Julie encontramos el símbolo de libertad en una prostituta que vive en su misma escalera, una mujer feliz que hace lo que le gusta sin importarle lo que piensen los demás.

El uso minucioso que hace Kieslowski del plano de detalle nos transmite este sentimiento de intimidad. Vemos la intención del director de no buscar la gran libertad utópica de la comunidad sino la que llevamos en nuestro interior y que la sociedad moderna parece haber perdido. La película nos acerca tanto al personaje de Julie que es casi imposible no sentirse identificado con ella y su búsqueda de una nueva vida libre. Una vida, que como bien nos enseña Kieslowski, puede taparse de nubes en cualquier momento, como un cielo azul en primavera.

Kieslowski abre otra brecha: el cine moral. El tono religioso se relaciona con el aprendizaje, y la catarsis del espectador se relaciona con los fantasmas de nuestros ancestros y artistas.Bleu puede ser una película de poderes curativos, una excusa para exteriorizar lo oculto y aceptarlo, aprender a vivir con nuestras heridas. Julie, por lo tanto, es una especie de virgen (otro símbolo, nada tangible), el paradigma del modelo a seguir, el camino de la bondad y la rectitud. Bleu condensa todos los estados por los que puede pasar un ser humano ante un episodio de extrema dureza, en este caso la muerte de una hija y un marido querido. 

Julie empieza en estado de shock, sigue con un intento de suicidio, interioriza la desgracia, se mortifica, nos muestra su rabia, intenta olvidar su pasado y, al final, con el resurgido interés por la partitura inacabada de Patrice, afronta su pasado, se reconcilia con lo que fue y afianza lo que quiere ser en un futuro. No hay crítica posible para las actitudes de Julie: en los últimos minutos, nuestras dudas sobre el personaje se despejan cuando la mujer culmina un acto altruista, una muestra de amor a su marido y a lo que queda de él. El símbolo se cumple: el personaje debe tener la libertad de vivir lo que quiera como quiera, y el espectador tiene la libertad de comprenderla o no, de conectar con el relato o no. Bleu, en definitiva, habla sobre el respeto, el derecho y la obligación que todo ser humano tiene de preservar la libertad propia y la de la que nos rodean (aquí una vecina prostituta, la amante de Patrice... incluso unos ratones recién nacidos). Bleu no juzga, no incrimina ni recrimina: el fondo y la forma se funden de forma coherente, armónica, perfecta.
  
Juliette Binoche interpreta con dignidad admirable a un personaje duro y hermético, que intenta emprender una nueva vida lejos de su pasado y evitando sentimientos en cualquiera de sus formas posibles. En “Tres Colores: Azul” la imagen manda sobre los diálogos; los sentimientos sobre las palabras; el dolor sobre la esperanza. Pero siempre hay un color azul que tiñe gran parte de sus fotogramas y contrarresta la voluntad aparente de su protagonista. Kieslowski redefine la melancolía a fuego lento con un film portentoso y tremendamente sensitivo.


Fuente:

texto publicado en Marzo de 2011 por Javier Ballesteros para "La filmoteca de sant joan d'alacant"


Link:

http://lafilmotecadesantjoan.blogspot.com.es/2011/04/tres-colores-azul-de-krzysztof.html 




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