miércoles, 28 de diciembre de 2016

CLÁSICOS - “El Hombre que Mató a Liberty Valance” (LIBERTY VALANCE, 1962) de John Ford




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El western clásico nace en 1939 con “La diligencia” (Stagecoach, John Ford) y muere en 1966 con “El Dorado” (Howard Hawks). Un cuarto de siglo largo que arranca con la creación de una tipología de personajes y situaciones, una épica, una ética y una estética, y finaliza justamente con una escena de patrulla nocturna a través de la calle principal de un pueblo, protagonizada por un par de héroes viejos, cansados y maltrechos. Pero hay quienes sostienen – y tampoco les falta razón – que el western clásico pone punto final a su andadura algunos años antes, concretamente en 1962, con “El Hombre que mató a Liberty Valance”. Inmediatamente después vinieron Peckinpah y el Spaghetti (Con la célebre trilogía dirigida por el italiano Sergio Leone), y ya las cosas nunca volverían a ser iguales.
“El Hombre que Mató a Liberty Valance” vendría a ser, por consiguiente, como el canto del cisne de una manera de hacer películas del Oeste, de contar esas historias inmortales de sheriffs, pistoleros, ganaderos, granjeros, soldados de caballería, pieles rojas, forajidos, mujeres abnegadas o de vida airada y demás fauna, y el situar tanto en el principio como en el fin de todo un estilo a John Ford y a John Wayne, como alfa y omega, vendría a subrayar la naturaleza circular de este dilatado ciclo, su carácter de construcción coherente, concluida con un punto final.

Porque “El Hombre que Mató a Liberty Valance” es una película eminentemente simbólica, que ilustra a la perfección el desarrollo de los Estados Unidos como nación y sociedad, el paso de una a otra fase de su historia cotidiana, del parto violento y doloroso al crecimiento irresistible. E igualmente simbólicos son todos y cada uno de sus principales protagonistas, que encarnan diversas posturas ante la vida y la sociedad, y a quienes John Ford sabe pintar y describir con gran riqueza de matices y su habitual maestría.

Ransom Stoddard representa la modernidad, la integridad personal, la capacitación técnica, la apuesta decidida por el imperio de la ley y por la democracia como forma de gobierno. En contraposición, y a pesar de su acrisolada honestidad, Tom Doniphon es un hombre que pertenece al “Antiguo Régimen”, que conserva la vieja mentalidad de la Frontera y sigue pensando que la ley debe ampararse y mantenerse con las armas en la mano, porque los textos jurídicos no tienen la fuerza suficiente por sí mismos para doblegar a un mundo primitivo y violento. Significativamente siempre le acompaña su fiel sirviente Pompei (Woody Strode), un hombre de color que ciertamente ya no es un esclavo, pero que aun sigue de algún modo subordinado a él. Hallie, por su parte, que bien podría representar a la propia tierra, ingenua y virgen, aun por desbrozar, por cultivar, es el objeto de disputa y deseo entre Ramson y Tom, se debate entre ambas concepciones, las dos dignas de admiración, pero termina decantándose por Stoddard, casándose con él. Al fin y al cabo se trata del hombre que la enseñó a leer, que la hizo consciente de sus derechos y sus potencialidades, sacándola de la edad de la ignorancia y las tinieblas.

Liberty Valance es el paradigma del salvajismo y la barbarie en estado puro, de la ley del más fuerte, la del látigo y el colt, al servicio no del capitalismo de libre competencia, sino de un feudalismo primario que propugna la más absoluta libertad de acción para los grandes propietarios, en este caso ganaderos, y el avasallamiento, aplastamiento o en último extremo la aniquilación física de quienes osen oponérseles, discutiendo sus privilegios, los privilegios de quienes – como se dice en otro magnífico “Western”, “Río Rojo” (Red River, Howard Hawks, 1948) – poseen las tierras porque antes se las robaron a otros que les precedieron (los indios, los mexicanos…).

Su interés es que los pastos continúen abiertos para sus grandes rebaños, impidiendo que los pequeños granjeros levanten sus cercas de alambre de espinos para delimitar y defender su propiedad, o que otra clase de ganaderos (Por ejemplo, los criadores de ovejas) puedan aprovecharse también de ellos, un conflicto típico que hemos visto en decenas de películas del Oeste. El sheriff Link Appleyard (Andy Devine) es el funcionario incompetente, estulto e ignorante, incapaz de garantizar un mínimo de orden, preocupado únicamente de sus funciones vegetativas, mientras que Dutton Peabody (Edmond O´Brien) y Doc Willoughby (Ken Murray), el periodista y el médico respectivamente, son figuras de raíz intelectual, hombres mucho más preparados que el resto de sus convecinos, ciudadanos que, a despecho de ese desencanto que intentan ahogar a base de alcohol, apoyan también decididamente el advenimiento de la ley y el orden, incluso con grave riesgo de sus vidas, tal como le ocurre al valiente editor del “Shinbone Star”.

Hay, pues, dos concepciones del mundo antagónicas y enfrentadas en “El Hombre que Mató a Liberty Valance”: por un lado las ideas de esos señores feudales a los que sirven Liberty, y por el otro las de quienes propugnan una institucionalización legislativa, la creación de un Estado, de una autoridad estatal que garantice el uso y el disfrute de la propiedad, y que aliente y dé cobertura legal a la llegada del ferrocarril. Porque con el ferrocarril vendrán también la ley, el orden, la cultura, la religión, los negocios, los emigrantes…Se pasará así del feudalismo primitivo, basado en las armas y el monopolio privado de la violencia, a un capitalismo moderno, de libre concurrencia. Los pistoleros-guerreros perderían toda su importancia y capacidad de intimidaciónn en esta nueva fase, y la ley estaría en manos de auténticos profesionales, elegibles y revocables por medio de elecciones regulares, y no de idiotas y gorrones como ese orondo y ridículo sheriff que encarna Andy Devine.

Estamos, ante una película con una gran carga política, o histórico-política, para ser más exactos, una película que, a pocas fechas de su muerte, supone la plena mayoría de edad de una forma de narrar historias, de lo que hemos dado en llamar el western clásico. Pero “El Hombre que Mató a Liberty Valance” tiene dos trayectorias,  cuenta dos historias de índole muy diferente. Por una parte la ya mencionada, la historia colectiva de una comunidad que trata de acceder laboriosamente a una forma de gobierno más elaborada, en la cual sus derechos se encuentren legalmente reconocidos y protegidos, superando esa especie de feudalismo fronterizo donde los grandes ganaderos campan por sus respetos, imponiendo su ley a los pequeños colonos mediante despiadados hombres de armas, y luego está la historia personal de Ransom, Tom y Hallie, un triángulo amoroso expuesto de manera bastante estilizada, pero triángulo al fin y al cabo. La mano maestra de Ford logra conjugar perfectamente ambos aspectos, que encajan el uno dentro del otro.

Porque “El Hombre que Mató a Liberty Valance” es también una impresionante historia de amor. Al igual que ocurre en otro magnífico título de Ford, “Qué verde era mi valle” (How Green was My Valley, 1941), el director vuelve a contarnos la historia de un hombre capaz de renunciar voluntariamente a la mujer que ama. Cierto que ahora las circunstancias son diferentes, pues mientras que en la película ambientada en la zona minera de Gales el pastor de almas interpretado por Walter Pidgeon renuncia al amor de Maureen O´Hara debido a que su precaria situación económica no le permite mantenerla con dignidad, aquí el personaje de John Wayne termina percatándose de que él representa al pasado, y nunca podrá sacarla de allí, convertirla en algo más que una pueblerina, mientras que el abogado encarnado por James Stewart es el adalid de ese futuro que está ya a la vuelta de la esquina, un hombre que hará carrera y trasformará a Hallie, la camarera analfabeta, en toda una dama.

Stewart es mucho mejor “candidato” que Wayne, siendo ambos como son honestos a carta cabal, y Wayne, en una prueba de lucidez, amistad y generosidad extremas, le ayuda a iniciar su carrera política, le salva también la vida, y no contento con ello, le entrega incluso en bandeja a la mujer que ama con todas sus fuerzas. Luego, una vez cumplida su misión, se emborracha y prende fuego a la casa que ya no será nunca la de ambos, para terminar su vida años más tarde en la más absoluta pobreza.

Ransom Stoddard en una escena terriblemente conmovedora, que nos muestra a lo que termina reduciéndose la vida de un buen hombre, de un hombre verdaderamente grande, acude a rendir homenaje a su amigo. Pero su agradecimiento será el mejor de los elogios fúnebres, aunque la leyenda, por ser más atrayente que la realidad misma, sea la que acabe imprimiéndose. Tom Doniphon se nos presenta así como un personaje eminentemente trágico, que consciente de que la gente como él ya no tiene cabida en el nuevo Oeste, se quita de en medio, se autoexcluye, desaparece – igual que en “Centauros del Desierto” (The Searchers, John Ford, 1956), cuando se queda al otro lado de la puerta- , se convierte en un vagabundo, y un día finalmente muere.

Pero Ransom exige que se le entierre con los atributos de la caballería andante – botas, revolver, sombrero…-, que vuelva a la tierra igual que vivió. Es el homenaje de un hombre justo a otro hombre justo. Esta historia -que arranca con la llegada de un tren y concluye con la marcha de otro, y se desarrolla entre medias a base de un larguísimo flash-back -, la narra Ford con su pulso habitual, ya en plena madurez estilística (Sólo le restaban ya por hacer tres películas, ninguna de las cuales la supera), recurriendo a numerosos actores de su equipo particular – sobre todo en papeles secundarios -, y de acuerdo con ese registro personalísimo que él había convertido en inconfundible marca de la casa, repleto de personajes y situaciones entrañables que en manos de cualquier otro realizador (Tal vez con la única excepción de Howard Hawks) hubieran caído con mucha facilidad en el ridículo, pero que en las suyas consiguen emocionarnos. Todo funciona como un reloj –guión, puesta en escena, dirección de actores, fotografía, música…-, y cuando eso sucede, tan sólo se puede hablar de que estamos en presencia de una obra maestra, una de esas películas que son susceptibles de diversas lecturas a cada nuevo visionado, capaces de satisfacer por igual a muy distintas sensibilidades.

Muy lejos quedan ya los tiempos en los que cierta crítica, más bien miope, despachaba a Ford en cuatro líneas como a un mero representante del “Cine reaccionario norteamericano”, enfrentándolo a otros realizadores a los que vestía con galas liberales. Hoy, afortunadamente, sabemos que esta vertiente conservadora, partidaria de instituciones tradicionales, fue siempre más allá de las torpes etiquetas ideológicas que enarbolan algunos, y dijo con su cámara verdades como puños acerca de los seres humanos, sus motivaciones más íntimas, sus razones más profundas, y la manera de comportarse entre ellos

Cahiers (epítome de la escuela crítica de Autores) lo encumbró y habita en el mismo Olimpo que los Chaplin, Lang, Welles, Hitchcock, Wilder, Rossellini, Hawks o Kurosawa. “El Hombre que mató a Liberty Valance” fue su última obra maestra, y después de ella ya resultó muy difícil aportar algo nuevo al género, dicho sea también sin despreciar en absoluto los meritorios trabajos de Peckinpah, Leone o Eastwood.


Clip - película completa:



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