miércoles, 7 de diciembre de 2016

CINE EUROPEO - MACBETH (ídem, 1971) de Roman Polanski



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En la obra se emplea una concepción del bien y el mal, propio de la condición humana; donde se sacan a relucir las más perversas y mezquinas acciones, pensamientos que al final a Macbeth se lo terminan devorando, cayendo así en el fracaso total. Entre algunas características, podemos rescatar que sobresale la cizaña de lady Macbeth, la ambición de ambos personajes, el deseo de poder, la maldad y la codicia. Otro detalle, Macbeth de Roman Polanski, al igual que en el libro los diálogos empleados en el transcurso de la historia son en verso, solo en unas pocas ocasiones se maneja en prosa.

Lady Macbeth ejerce voluntad sobre su esposo para que actúe según su conveniencia, en muchas ocasiones se hace presencia de soliloquios en voz en off, donde los personajes principales se encuentran consigo mismos en sus pensamientos y confusiones. Es de gran importancia resaltar la escena al principio de la película donde hacen aparición las 3 brujas, en cuanto a la planificación visual e importancia que tienen estos personajes quienes proporcionan la información que ara que Macbeth se hunda en sus propias acciones; se hace una relación entre lo hermoso y lo feo (paradoja) que yo interpreto como el bien y el mal, donde es hermoso la valentía de Macbeth y es feo su ambición por el trono.

Shakespeare suele hacer una integración entre lo humano y lo sobrenatural que le proporciona a la tragedia el tono sombrío que se desea transmitir a parte en aquella época era común creer en espectros y brujas, de igual manera cumplen una función en el efecto trágico y ayudan a reflejar los temores de Macbeth enfrentándolo a su propia ambición, como recurso dramático permiten captar la atención del espectador; en el film se enfatizan las noches, los sonidos misteriosos, la sangre, y la oscuridad.

Para comentar en orden la cinta, se comenzará diciendo que se respeta en buena parte la primigenia obra de Shakespeare, lo cual le confiere al filme un aire de literalidad que la acerca al solemne mundo shakesperiano, esta solemnidad es mantenida gracias a los profundos diálogos y parlamentos que se respetan, y de todas las metáforas y bellas alegorías propias del inmortal dramaturgo inglés, además de contener la cinta una consiguiente teatralidad, positiva para la misma. Destacan los monólogos en off, similar recurso al que usara Lawrence Olivier en Hamlet (1948), y con el que los personajes “hablan” estando en silencio, expresando su más profundo pesar y tormentos. Es así que vemos al guerrero Macbeth, que goza del agrado y estima de su rey, pero que, ante el vaticinio de una brujas, de pronto se ve invadido de ambición, una ambición que primero lo sumerge en indecisión, pero que termina llevándolo al asesinato, y a un  posterior y constante incertidumbre, un perenne debate interno, debate por cometer o no el homicidio, y de si éste constituiría a su vez tanto el medio como la solución de su encrucijada; se debate por su futuro, repleto de intriga e incertidumbre, en la que su demencia y paranoia lo hacen desconfiar de todos sus oponentes, aunque ciertamente estos sean rivales más potenciales que efectivos. De esta forma se consigue la interminable espiral fatídica, el inacabable órdago que se prolonga, una ambición que se vuelve obsesión, y deviene en demencia, obsesión por perpetuar su nefasto poder, aunque tenga que eliminar a su propio amigo, y aunque después deba cometer infanticidio. Es una seguidilla de asesinatos que parecen no tener fin, y que terminan por convertir a Macbeth de un nobilísimo e invencible guerrero, brazo derecho y preferido del rey, al más brutal y aberrante monstruo, cuyo único final es la muerte.

Comienza su filme el polaco con tres repulsivas ancianas, que entierran una horca, una corona y un brazo humano, hacen un extraño conjuro y afirman buscarán a Macbeth después de la guerra. Se presentan entonces los créditos, tras los cual, se ha acabado una batalla, ha sido un buen día para Escocia, han conseguido una victoria gracias a la valentía de Macbeth. Poco después, el propio Macbeth (Jon Finch), junto a Benquo (Martin Shaw), halla a las tres brujas iniciales, que vaticinan que el primero será rey, que Benquo será padre de un rey, y que será menos afortunado que Macbeth, pero más feliz que éste. Ambos quedan perplejos, y luego, un mensajero informa a Macbeth que se le confiere un titulo señorial, pues el anterior rey ha muerto, la profecía comienza a cumplirse, y el guerrero queda confundido. Ya reunidos con el rey Duncan (Nicholas Selby), éste se encuentra rebosante de felicidad, reparte títulos nobiliarios, y loa a Macbeth, a quien considera fidelísimo. Ya en casa, se siente indeciso, ambiciona el poder, y su mujer, Lady Macbeth (Francesca Annis), que advierte sus dudas, lo anima y exhorta. Es entonces que, hospedando al rey y su séquito en su casa, ella embriaga a sus guardas, y Macbeth elimina al soberano clavándole una daga. A la mañana siguiente, se deshacen de las pruebas, y hacen quedar como culpables a los guardas, a los que un Macbeth falsamente afectado también elimina.


Lady Macbeth también cumple su parte y finge sorpresa, aunque las nuevas muertes le sorprenden genuinamente, mientras los hijos del rey, Malcolm (Stephan Chase) y Donalbain (Paul Shelley), huyen ante la situación. Macbeth es proclamado rey, Benquo está suspicaz, y también se marcha, dejando inquieto al nuevo rey por el vaticinio de los hijos de Benquo. Envía a dos sirvientes a que lo eliminen, y a sus hijos, pero solo tienen éxito en eliminar a su antiguo amigo. Hay un festejo luego en palacio, el mismo que es interrumpido por las alucinaciones sobre su asesinado camarada, que atormentan al rey, que se encuentra cada vez más obsesionado con el hijo de Benquo, que teme le arrebate el poder. Va con las brujas nuevamente, estas le dicen que desconfíe mucho, y que mate. Un ya enloquecido Macbeth conspira ahora contra la descendencia de Malcolm y Donalbain, perpetrando sangrienta barbarie, matanza que desequilibra también a Lady Macbeth, ésta enloquece, y hasta camina desnuda. Enterados los hijos de Duncan de la matanza, van por él junto con Macduff (Terence Bayler), y reúnen un poderoso ejército inglés. Lady Macbeth muere producto de su locura, el rey es traicionado por el comedido Ross (John Stride), y llega a sus dominios el gran ejército de los hijos de Duncan, que ataca, y el poderoso Macbeth mata a muchos, pero tras intenso combate, termina siendo eliminado por Macduff. Finalmente Donalbain es proclamado nuevo rey.

Con las naturales variaciones de una puesta en escena respecto a la obra que la inspira, veremos a una Lady Macbeth que conspira por momentos más que el propio traidor, instándolo a dejar de lado su cobardía, y animarse a tomar lo que le corresponde, el trono, ella se describe a sí misma, como una flor inocente, pero también como la serpiente que se oculta en ella, ambivalente descripción que ya retrata su bifaz intencionalidad. Ella presiente y desea que ocurran fatales hechos, y pide a fuerzas sobrenaturales que se le despoje de las cualidades propias de su sexo, pide se le otorgue la más fría crueldad. Es pues, escalofriante, es maligna y desalmada, es la más maquiavélica fémina, capaz de manipular con intensidad a su esposo, y de ser quien le da el empujón final, el último toque necesario para vencer su indecisión, y llegar a perpetrar el vil asesinato. Sin embargo esta malignidad termina por desbordar su propia capacidad de crueldad, y va progresivamente sumiéndose en su perdición, primero sorprendiéndose con los asesinatos de los guardas de Duncan, los primeros homicidios impensados, y con lo que su sorpresa es genuina, para después recuperar su maquiavelismo y seguir exhortando a Macbeth a encubrir todo, pero acaba sucumbiendo a su propia ruindad, y tras el infanticidio, pierde la razón; su final, también inevitable, es la muerte. Mención aparte merece el personaje de Ross, de menor importancia en la obra literaria, pero que cobra mayor preponderancia e injerencia en el filme, apoyando primero a Macbeth en su traición, y luego traicionando al propio traidor, y celebrando la coronación de Donalbain, es un comedido que busca su propio bienestar, y probablemente la diferencia en tratamiento de personajes más sensible.

El aspecto ineludible, desde luego, es la expresión visual, la que más nítidamente refleja el mundo que se derrumbaba del deprimido director, construyendo sus características atmósferas decadentes. Pero ahora lo son más que nunca, retratadas en cielos aciagos, tiempos y acciones ruines, resaltando también la representación de las brujas, un repulsivo aquelarre, ciertamente repulsivo, plagado de horrendas ancianas desnudas, desdentadas, tuertas, realizando sus conjuros y esparciendo sus oscuros designios y vaticinios.

En apartado, debemos comentar las imágenes sangrientas, los cuadros más sanguinarios que Polanski haya rodado jamás. Veremos primero el cadáver andante y parlante de Benquo en las pesadillas alucinatorias que atormentan a Macbeth, pero sin duda, las más fuertes imágenes son las de la orgía de sangre infantil. Infantes inertes en el suelo, sangre, fuego y oscuridad, es la más sórdida recreación, del más sórdido Polanski. Ciertamente Macbeth es una obra sangrienta -no en vano adaptada por el maestro Kurosawa como Trono de sangre-, una obra que contiene esa sordidez, y por eso mismo se advierte evidente que esa fuera la razón de que Polanski la hubiese seleccionado como la obra idónea con la que volver al cine tras lo sucedido a su mujer. Tenía el pretexto, la excusa, y el motor de la violencia de Macbeth fue el vehículo ideal para plasmar un mundo putrefacto, repulsivo, siniestro, que había abandonado las secuencias del cineasta, para volverse la más pesadillesca de las realidades, su realidad, su esposa, embarazada de ocho meses, asesinada y mutilada de la forma más horrorosa. Era una necesidad para un artista de la naturaleza del polaco plasmar toda esa bizarría, sacarla de su interior, algo que el cinéfilo instruido y conocedor de este cineasta, encontrará perfectamente coherente.

Volviendo al concepto autoral, el cine supone verdadera expresión artística del director. Es decir, supone verdad. El que analice someramente la carrera de Roman Polanski y crea que ‘Macbeth’ llegó por casualidad, o quizá porque el cineasta franco-polaco siempre había querido hacer un Shakespeare, se equivoca completamente. Si su ‘Macbeth’ es una narración absolutamente magistral lo es porque este pequeño genio, “tenía” que hacerla…parece un golpe del destino necesario para que una nueva versión del texto de 1605 tuviera lugar y ya nadie fuera capaz de capturar mayor oscuridad, violencia sanguinaria, tormento y dolor en una pantalla.

Con las magníficas versiones de Orson Welles y de Akira Kurosawa (con la formidable ‘Trono de sangre’ (‘Kumonosu-jô’, 1957), Polanski se enfrentaba a un verdadero reto: que su personal versión estuviera a la altura de los más grandes. Shakespeare manifiesta el reto de igualar la tragedia máxima representada en una pantalla. Esa que devuelve al hombre a su estado más primigenio, el de bestia, y le niega cualquier posibilidad de redención, que no es este el mundo que otros directores idealizan.

El autor imprime toda esa imaginería sobrenatural, empapándose como nunca otro director, se ha empapado de ese ambiente y esa atmósfera. Tanto, que el espectador siente en su piel la lluvia, la niebla, el frío, y hasta lo extraño e insólito, con singular fisicidad. Pero, como no podía ser menos, y con el objetivo de imprimir mayor sentido visual a la historia, los cambios respecto al texto isabelino son numerosos. Alteraciones de algunos escenarios y prolongación de algunos momentos, pero no necesariamente una mayor violencia respecto al texto (que ya era violento de por sí, como muchas obras de Shakespeare), algo que fue criticado por muchos en el momento de su estreno. También acusaron a Polanski de oportunista por una puesta en escena tan sanguinaria y otros disparates. ¿Cómo se atrevía él a llevar a cabo un ejercicio de catarsis a través del cine?

Más que catarsis, Polanski hacía uso de la recién conquistada libertad en la representación de la violencia a principios de la década de los setenta (violencia gráfica que, seguro, habría sido empleada por otros directores anteriores, si hubieran podido. No olvidemos que la definición de tragedia es la presentación de conflictos que mueven a compasión y a espanto y que el texto daba pie a ello. Es mucho más importante, bajo mi punto de vista, una cierta identificación con el protagonista y con su infausto destino, engañado por las brujas y cegado por su propia ambición. Por supuesto, se aparta de él a la hora de mostrar la violencia con la que se apropia del trono, pero la extrema compasión que despliega en la bestial secuencia final del personaje, el tono de pesadilla de toda la narración, y la comprensión y lucidez de Polanski respecto a la condición humana, demuestran la limpieza de su mirada aún con el tormento instalado en ella.

Para muchos el prólogo con las brujas en la playa es la mejor secuencia de la película. Ciertamente, impresiona por su planificación visual, su extrema imaginación y su luctuoso gusto por lo macabro. Hay otras secuencias igualmente poderosísimas, como las ensoñaciones de Macbeth, o cualquiera de los espantosos crímenes que lleva a cabo Macbeth, o la huída de su esposa (fenomenal Francesca Annis, en todo momento contenida pero igualmente fantástica).

Polanski es capaz de convocar una tensión psíquica enorme en todas y cada una de las secuencias: el miedo y la muerte realmente planeando sobre los personajes, atenazados por sus defectos monstruosos, como hombres convertidos en niños cuando la muerte acude a la llamada. O como bestias, que por una profecía llevan a cabo actos horrendos. Accedemos así a una concepción terrible del mundo, en el que el ser humano, muchas veces, se equivoca aún queriendo hacer las cosas bien, lo que conlleva enormes sufrimientos. No puedo encontrar mayor elogio que encontrar belleza y dignidad entre tanta violencia, creada por Shakespeare y hecha imágenes y sonidos por Polanski, dispuesto a perdonar su pasado.

El director quiso recrear situaciones de la época llamadas circunstancias dadas y son acotaciones del teatro moderno; un ejemplo de ello seria la parte donde el hijo de Banquo ,Fleance entona un canto en la fiesta de bienvenida del rey al castillo de Macbeth, a su vez se han producido alteraciones en algunos escenarios y prolongación de algunas escenas. El empleo de la violencia no es menor al libro, ya que en el contexto cinematográfico de los setentas transcurre esa libertad en la representación que anteriormente no hubiese podido ser empleada. El tono de la película está cargado de temor y desasosiego.

En cuanto a la iluminación; se utilizan tonos caídos en los interiores y claros oscuros, donde la luz en algunas escenas proviene de velas y antorchas, que le proporcionan un aspecto sombrío. Se usan primeros planos del rostro de Macbeth cuando acontece una escena con efecto dramático; por ejemplo la aparicio de Banquo en la cena después de su muerte. En los interiores se emplean planos medios para mostrar el entorno del castillo; los planos generales de las cordilleras y paisajes de Escocia poseen un aspecto sombrío, gris y lúgubre.

Se puede apreciar las características político sociales correspondientes al lugar, se puede notar la decadencia del ser humano, las brujas en esta adaptación son seres superiores que determinan el paso entre la vida y la muerte; existe una fuerte conexión con la mitología griega de la cual Shakespeare se inspiro. En cuanto a logística se emplea el uso de bosques y niebla acorde con la cultura japonesa y su apreciación por la naturaleza. Kurosawa se ha inspirado en Macbeth, donde para los hombres no son libres sino que están unidos a un destino concertado, la circunstancia en las que muere el protagonista es totalmente distinta. No hay fidelidad en el texto a diferencia de la adaptación de Polanski donde si la hay.

En general, las 2 adaptaciones han manejado la esencia de la obra, la adaptación de Polanski es mucho mas fiel a la obra original que la reinterpretación de Kirosawa sin embargo han marcado un trascendencia y esto no afecta la calidad de la adaptación. Se hace una fuerte alusión a los sentimientos más profundos y oscuros del ser humano, dejando en claro que la ambición al poder solo generan pésimas consecuencias.

Podemos concluir afirmando que presenta el polaco el clásico shakesperiano, con Macbeth cegado por la avaricia, la ambición por el trono de Escocia. Respetando la genial obra primigenia del inmortal Shakespeare, e imprimiendo ya su arte post-trauma, de la forma escalofriante que ya describimos.



Clip - Escena incial:


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