lunes, 12 de diciembre de 2016

CINE DE AUTOR - LA DOLCE VITA (ídem, 1960) de Federico Fellini




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Una reflexión sobre la sociedad contemporánea. La vigencia de la mirada de Fellini: El término felliniano es de carácter universal, más allá incluso de haber visto algún film del cineasta de Rímini. No es cuestión de trazar en estas líneas sobre que contiene y que no contiene lo felliniano pero si hacer notar que el cine de Federico Fellini representa por encima de todo uno de esos paradigmas de cine personal. Una de las consecuencias de ese paradigma es que el cine de Fellini, más allá de reconocer los evidentes y demostrables méritos que conquistó, es que unos se apasionan con él y otros lo detestan, o como mínimo no pueden llegar a comprender la totalidad de las obras más fellinianas.

La dolce vita resume por ella misma toda una primera etapa del cine de Fellini, donde la realidad sirve para mostrar y criticar aspectos de la sociedad italiana, la burguesía romana en este caso, y donde esa realidad de su cine anterior flirtea sin complejos con el mundo onírico y surrealista de su etapa posterior. El film sigue una estructura a base de episodios cuyo orden no atiende a ninguna lógica particular ya que podrían estar, la mayoría de ellos, ordenados de otro modo.

Partiendo de esa división, no explicita pero evidente por el cambio de situaciones, emociones y acciones que acontencen bajo la mirada y participación de Marcello, el film comienza con una vista aérea de la ciudad de Roma igual que a lo largo del film iremos viendo ese mismo espacio pero a ras de tierra. Si Roma vista desde el aire es como cualquier otra ciudad del mundo desarrollado –distinguible por su particular arquitectura renacentista–, una vez bajemos y la contemplemos desde la óptica de Marcello y por extensión de Fellini, veremos sus particularidades, sus contradicciones y todo aquello que para Fellini tiene de falso, extraño, despreciable y admirable esa ciudad, como si fuera un enorme cajón donde conviven todo tipo de personajes.

La puesta en marcha del film, de la que se sirve Fellini para presentarnos a nuestro guía, nos muestra a un periodista del corazón –toda una premonición, si se quiere– cuyo trabajo consiste en ir a los cabarets y restaurantes de moda para intentar cazar alguna exclusiva para su periódico sin ningún tipo de escrúpulo hacia la intimidad o la vida privada. Pero es aquí donde Fellini ya muestra dos puntas del iceberg que irá descubriéndose a lo largo del film, por un lado la moral burguesa y su sentimiento de superioridad frente a las clases populares reflejada por el viaje en el coche y la posterior secuencia en casa de la prostituta, por otro, la falta de consideración de Marcello hacia su novia, que entre la pasión extrema y la pesadez, se intentará suicidar como último recurso para llamar la atención.

Sorprende que al poco de comenzar la película Fellini opte por dos hechos tan radicales que a la postre no tiene un excesivo significado en la propia trama del film más allá de la definición. El suicidio, idea que todo buen burgués desprecia, contrasta con la voluntad y el deseo de hacer el amor en casa de la prostituta. Fellini marca aquí de forma clara las dos vertientes de su enorme film, hay dos vidas (vías) en Marcello por un lado la dolce vita y por otro una vida "normal".

Superada la superficialidad en que muchas veces cae el mero ejercicio cinéfilo, todo el capítulo entre la actriz americana encarnada por Ekberg y Marcello, viene a mostrar el ideal de inocencia y pureza en contraposición clara a todo lo mostrado y venidero que contiene La dolce vita, curiosamente, es una extranjera, ajena a todo el mundo de gente guapa de Roma (tan ajena que no habla italiano) la que más consigue impresionar a un Marcello que ve por primera vez en mucho tiempo a una mujer bella y no contaminada por opiniones ni superficialidades.. Marcello, impresionado porque seguramente hacía años que no veía actuar a ninguna mujer de un modo tan sincero y falto de complejos, no duda en seguirla.

A lo largo del film se establece entre Marcello y el resto de personajes una dinámica de acciones que revierten en la conciencia del periodista aspirante a escritor serio. No es casual que en los momentos de más impacto, aquellos en los que a Marcello se le abren lo ojos, vengan seguidos de intentos de escape de esa dolce vita...quizá el orden si importe al fin y al cabo.

La insatisfacción

Se abre con el primer encuentro entre Steiner y Marcello el primer gran cisma en el film. Marcello va a ver a Steiner como aquel que va en busca de apoyo en los momentos de duda. No son amigos íntimos como posteriormente dirá Marcello, pero si son complementarios. Marcello busca en él lo que no encuentra en ningún otro personaje del film, el consuelo intelectual, el apoyo de quien sabe que no esta contento con la dolce vita. Magistralmente, la primera confesión de Marcello la ubica Fellini en el interior de una iglesia y culmina con la famosa tocata y fuga para órgano de Bach, el mejor músico del barroco. El ejemplo de utilización del sonido para mostrar contrastes es claro, Steiner comienza a toca en el órgano una pieza de música popular, el cura le llama la atención y acto seguido interpreta el tema de Bach. Ese detalle es en definitiva la función de Steiner.

Hasta aquí puede que el film haya cumplido una parte de la misión, mostrar todos y cada uno de los elementos que posteriormente desarrolla Fellini, puede determinarse que todo lo mostrado hasta ahora tiene su correspondencia en los posteriores segmentos del film, siguiendo la dinámica que hemos apuntado, en la que cada acto revierte en Marcello de forma que condicionará su paso siguiente.

La cuota católica

En un espacio similar sino igual al de otra de sus joyas, Fellini, Ocho y medio,  desata aquí una de las críticas más feroces que contiene el film. Como si de una representación se tratara, Fellini nos muestra como una supuesta aparición se convierte en un circo...romano. Cámaras, periodistas, cañones de luz, espectadores, fieles, todos se amontonan para ver a un par de niños que aseguran haber visto a la virgen. La puesta en escena de Fellini, criticando todo lo banal y de mentira que contiene el asunto viene junto a un tratamiento de menosprecio por esa cultura popular y cateta que se aferra a dogmas con tal de encontrar esperanza allí donde la vida diaria se la quita.

Marcello, escéptico como buen burgués ante un espectáculo que se convierte en patético cuando todos se pelean por conseguir una rama de olivo, se mantiene al margen. Será su novia la que actúe y participe del esperpéntico ejercicio. No debe tomarse la mirada de Fellini como un desprecio a las clases populares y si un desprecio a aquellos que se aprovechan de ella, como la iglesia católica. La planificación del acto –vemos a un productor dirigir los movimientos de cámara de una grúa como si de un cineasta se tratara no es más que la planificación de la manipulación que siempre ha tenido todo hecho divino interpretado por los humanos por aquellos que bajo el nombre de la fe se han creído con el derecho de dirigir las vidas de los demás como un director dirige a sus actores y manipula las imágenes.

"Creo que no conozco a mi padre"

Sorprendente resulta la elección de Fellini de conceder el protagonismo del film, durante unos minutos, al padre de Marcelo. Sin seguir una justificación narrativa –que tampoco es necesaria, a medida que acontecen los hechos nos damos cuenta que quizá Marcelo no conozca a su padre, pero nosotros viendo a su padre, estamos conociendo a Marcelo. Los actos del padre son un espejo de las acciones del hijo. El padre es a su modo, todo un veterano de la dolce vita...

La idea tan católica del pecado heredado, del pecado original, de la vigencia es lo que resume la aparición del padre. La posterior reflexión a contraluz con la que Fellini culmina la relación constituyen un excelente resumen del film y de la vida de Marcello, la insatisfacción por la vida llevada y la voluntad de cambio, expresada en las secuencias que siguen.

Las aspiraciones intelectuales. Cambiar desde el exilio

Una vez más, el impresionado Marcello por lo que acaba de vivir con su padre (antes lo estuvo por la actriz americana), vuelve a recurrir a Steiner. Esta vez no es una iglesia como tampoco se trata de una confesión. Se trata de la voluntad de querer entrar en un nuevo mundo, en una nueva sociedad, se trata en términos de espacio, de querer entrar en la casa y ser uno más. La superficialidad del grupo de Steiner queda manifiesta en todos los actos, divagando sobre el más absoluto de los vacíos.

Es la novia de Marcello quien se sorprende al escuchar sonidos de la naturaleza, es la única que saca el sentido común a relucir, como también es la única ajena a toda la superficialidad que conlleva la reunión porque es la única que no lo entiende.

El exilio voluntario de Marcello, alejado de la ciudad para intentar escribir es la culminación de lo vivido en casa de Steiner, quiere romper con todo. La música, una vez más, determina ese contraste. Si antes era una composición de Bach la que marcaba el punto de inflexión, ahora lo es el silencio. Marcello lo busca, lo necesita para saber que esta lo suficientemente alejado, pero pronto abandona la idea y permite que la música popular vuelva a sonar. Es la llamada de la dolce vita de la que ya sabemos que nunca podrá deshacerse.

Vestigios de la vieja aristocracia

Siguiendo la línea de acción-reacción, ahora toca el lado opuesto. Pero ya no es el mundo burgués sino el de la aristocracia –nadie se salva de Fellini–, esa aristocracia italiana, perdida y confusa (pronto llegarían los años de plomo) que tiene en el castillo su fortaleza alejada de todo (el espacio una vez más), viviendo como si nada hubiera ocurrido, rodeada de banalidades pero siempre manteniendo las apariencias como demuestra la magistral aparición de la matriarca que se marcha a misa a la que siguen sus hijos que vienen de la fiesta.

El suicidio

El suicidio nunca fue del gusto de la moral burguesa, no es extraño que después de la razón de la ilustración, muchos de los románticos optaran por esa vía como escape a esa razón. Steiner no es quizá un romántico en el sentido estricto de la palabra, pero sí alguien que buscaba escapar de la razón. Marcelo no lo entiende, para él, su amigo era el paradigma de todo lo que quería ser, se siente traicionado, su paso siguiente será el entregarse a esa dolce vita de forma incondicional...

...él (Marcello) siempre ha sido un extraño en los dos mundos. Como aquel emigrante que es extranjero cuando llega a una nueva tierra y que lo sigue siendo cuando regresa a su patria de nacimiento. Marcelo no encaja, él es quien rompe la puerta de entrada con el coche y quien rompe el cristal, pero es también llamado "el intelectual" por sus falsos amigos, quien provoca con sus reflexiones un sentimiento de aburrimiento. Marcello intentará ser más que ellos a base de autoengaño, a base de alcohol quiere crearse un mundo en el que encaje, jamás podrá. También era Steiner, al fin y al cabo, un insatisfecho y se suicidó. Marcello carece de ese valor.

Epílogo

Mucho se ha hablado del ojo del pez  que casi cierra la película  e innumerables lecturas se pueden hacer: esa incomunicación entre Marcello y la bañista, reflejando el desconcierto, simbolizando la separación entre dos mundos –otra de las opciones era cerrar la película mostrando las modestas sandalias de la bañista– al que Marcello jamás accederá porque no lo desea.

La dolce vita supone una mirada a la contemporaneidad, tocando y profundizando en todo, cuya mirada es vigente, lúcida y magistral. Crítica y comprensiva, moralizante pero razonada. Un fresco impresionante y descomunal sobre una ciudad pero sobretodo sobre un modo de entender y vivir la vida.




Clip - Martin Scorsese sobre "La Dolce Vita":


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