viernes, 18 de noviembre de 2016

CINE EUROPEO - ALEMANIA AÑO CERO (Germania Anno Zero, 1948) de Roberto Rossellini





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NO ES UN MUNDO PARA NIÑOS





En marzo de 1947, Rossellini viajó a Alemania con algunas ideas en mente sobre la historia. Después de conseguir financiamiento de parte de la compañía Francesa Union Générale Cinéatographique y sus amigos Salvo D'Angelo y Alfredo Guarini, regresó a Alemania en Junio del mismo año y reunió a un elenco de actores no profesionales a quienes iba escogiendo entre la gente que encontraba en la calle. Durante una visita a un circo, Rossellini encontró a un pequeño acróbata de 11 años, Edmund Meschke, e inmediatamente lo invitó a participar en la filmación. El niño fue arreglado y peinado para que se pareciera lo más posible a Romano, hijo de Rossellini. Todas las escenas en exteriores fueron filmadas en las calles de la Berlín destruida y el director cuenta que le llamó la atención la total indiferencia de la gente por el equipo de producción, debido a que en ese momento, estaban completamente concentrados en conseguir comida y sobrevivir. Para las escenas en interiores, se trasladaron a Roma junto con los actores necesarios. Durante unas semanas en Italia, los actores ganaron peso y tuvieron que ser puestos a dieta para que no hubiera diferencia con las escenas filmadas anteriormente. Al terminar la filmación, muchos de los actores no regresaron a Alemania y se quedaron en el área rural Italiana.

Lograr entender la totalidad de  Alemania, Año Cero es, ciertamente, una tarea ardua. Sería necesario visionar la película una y otra vez para conseguir extraer toda su grandeza pero aún así no bastaría. Y es que el valor intrínseco que nos proporciona al nivel documental va mucho más allá de lo que se extrae de una lectura superficial. Para una total comprensión, hay que tener en cuenta distintos factores, y entre ellos algunos relacionados no con la película en sí, sino más bien con su director. En primer lugar es importante introducir algún elemento sobre los orígenes y formación de Roberto Rossellini.

Germania,  Anno Zero tuvo una gran influencia en todo el cine contemporáneo. La influencia de Rossellini se concreta muy especialmente en la belleza de la imagen cinematográfica como necesaria y justa. De ese conjunto de películas se desprende un arte del esbozo, del trazo rápido, de la literalidad de las cosas, que hace del despojamiento su principal rasgo, y cuyas formas aparecen presididas por el signo de lo fragmentario, de lo inacabado. Un segundo factor clave está relacionado con la tragedia de la muerte del hijo de Rossellini.

La diégesis de la película Alemania, Año Cero parece, a un primer nivel de lectura, no guardar relación alguna con la muerte de Romano Rossellini, hecho que acaeció en Barcelona en el verano de 1946, cuando el niño tenía nueve años. Sin embargo, leyendo más en profundidad entre las escenas se puede presuponer que el dolor del director por su pérdida subyace en el elemento trágico radicado en el final de la película. La muerte del niño, que podría ser cualquier niño, absorbe dos necesidades; la de conmemoración por parte de Rossellini hacia su hijo y la necesidad dramática como eje de la narración de la película, aglutinándose ambas en un discurso único. Así se muestra Germania, Anno Zero, como una imagen sin florituras de una realidad social bella  a fuerza de ser necesaria, caracterizada por un lenguaje descarnado y frío, como si se tratara de un documental  per se que tan solo pretende ser una constatación de los hechos, cuyo fin sería la reacción del espectador como parte implicada en el suceso. La historia se desarrolla en el verano de 1947, en un Berlín completamente en ruinas donde 3,5 millones de personas tienen una existencia espantosa y añaden, por cansancio, la tragedia a su vida como elemento natural. Es evidente el paralelismo con la sociedad italiana, ya sea durante el conflicto y los años de posguerra, como por las consecuencias de haber sido gobernados por un régimen fascista.

De hecho, Rossellini, que por primera vez con su película se alejaba geográficamente de la realidad italiana, no huye de ésta, sino que busca en el Berlín de posguerra un universo socio-existencial paralelo y más amplio. Y no lo hace solo a través de un enfoque existencial (vida y guerra), sino también considera el aspecto simbólico (ética y religión). La persistencia en el seguir con la cámara a los protagonistas del film hasta sus dimensiones más íntimas, le asegura lograr estos dos aspectos (socio-existencial y simbólico). Por eso se recalcan los sentimientos y las condiciones de la vida: la esperanza, la redención, el deseo de dejar atrás el pasado y empezar una nueva vida, la frustración, la pobreza y la desesperación. Una visión de guerra real que viene descrita sencillamente en sus elementos: dolor, destrucción, odio, tumbas de soldados desconocidos, sangre y sobre todo lágrimas. Es importante señalar que en ese momento el género cinematográfico histórico de guerra, especialmente el americano, ha virado hacia un subgénero bélico- light, donde los muertos parecen menos muertos, las ciudades menos destruidas, las viudas más confortadas, y, en la escala de valores, el heroísmo patriota está por encima de la propia vida. Rossellini, por el contrario, elige la guerra real, la cruenta, la de los edificios desmoronados como castillos de naipes abatidos por el aire de la libertad nunca lograda.

Es aquí donde hallamos los aspectos más sobresalientes del cine neorrealista, es decir, una increíble fidelidad de la vida cotidiana de aquellos años, con escenas rodadas al aire libre con el trasfondo de la devastación. En el film, el protagonista es Edmund, un niño de 12 años que asume la responsabilidad de mantener a su padre enfermo, el cual se lamenta constantemente de la desgracia de su vida, a un hermano mayor, cobarde y despreocupado, y a su hermana Eva, la única que parece reconocer la niñez en su hermano menor. Edmund vive en un entorno muy cruel. Su existencia gira alrededor de la supervivencia y trata de poner los medios necesarios para lograrla, ya sea trabajando, o eso intenta hasta que alguien descubre su minoría de edad, o incluso robando. Así, recorre las calles de la ciudad en busca de cualquier cosa para tal fin. 

El joven protagonista, sin que parezca demasiado trastornado por la pobreza en la que vive, encuentra a su antiguo profesor que le dará una salida a su situación. A partir de este momento se desencadena un conflicto interior para el niño que, influido por un ambiguo sermón de dicho profesor, toma la decisión inverosímil de envenenar a su padre enfermo para cortar sus sufrimientos. Eliminar a los débiles era un tópico de la propaganda nacionalsocialista y Edmund, después de hacerlo propio, se da cuenta del error y se suicida. Entre juego e inquietud, Edmund, en una manera aún más terrible, mata no sólo a su padre, sino también a sí mismo, muriendo con él la despreocupación que se le presupone a su edad y que ha sido arrebatada por la brutalidad de la historia.

Con Alemania año cero, el director italiano Roberto Rosselini cerraba su trilogía neorralista dedicada a la II GM. Una trilogia que Rosselini habia iniciado con “Roma ciudad abierta” y continuado con “Paisà”. En esta ocasión Rossellini abandona el ambiente italiano para retratar las ruinas de la Alemania devastada por la guerra, tanto material como moralmente. Fiel a su estilo hiperrealista, Rossellini vuelve a ofrecernos las mismas constantes estilísticas de sus anteriores trabajos. Esto se aprecia principalmente en el uso de escenarios y decorados reales (es destacable el largo plano secuencia inicial mostrando las ruinas de Berlin), la iluminación natural, y el empleo de actores no profesionales que más que interpretar, se relacionan entre sí con una naturalidad que traspasa la pantalla.

Sin embargo, pese a que Rossellini no se apartó ni un ápice de su manual de estilo habitual, en mi opinión el resultado final está muy lejos de igualar la calidad de su magnífica “Roma, ciudad abierta”. En esta ocasión, la mirada del cineasta italiano se dirige hacia la desolación que acompaña a los perdedores de la guerra, pero también hacia los causantes de la devastación de Europa, y eso se nota. El cuidado dibujo de las situaciones y de los personajes de los films anteriores del director está aquí totalmente ausente; y su lugar lo ocupa una fría y descarnada visión de la sociedad alemana de la posguerra. Cualquier atisbo de humanidad u optimismo brilla por su ausencia, y en lugar de ello asistimos, a través de la historia del protagonista, a una visceral y descendente espiral de horror, rematada con un trágico desenlace. Una historia que muestra bien a las claras la poca esperanza de redención que Rosselini expresa hacia Alemania en su conjunto, lo cual deja en el espectador cierta sensación de revanchismo latente en forma de testimonio cinematográfico.

Si la ideología se aleja de la moralidad y piedad cristiana, la base de la ida humana, se convierte en locura criminal. Incluso la inocencia infantil es corrompida y llevada de un crimen horrible a uno más pequeño en el cual a través de su propia ingenuidad cree en la búsqueda de la libertad de la culpa (Ibid: 02:29’). En la primera cita se plantea la actitud central que tomarán los personajes con respecto a las consecuencias de la guerra. La película pretende mostrar la desesperación en la cual todos los sectores sociales se encuentran inmersos.  Mientras que la segunda reafirma las consecuencias una vez que se abandonan los preceptos morales cristianos, en donde los remordimientos aquejan el alma por las incorrectas acciones llevadas a cabo. A través de estos dos motores principales se desarrollará el contenido del filme.

El sin sentido de la vida lo vemos simbolizado desde el inicio: la primera escena que comienza con la trama es llevada a cabo en un panteón, lugar donde conviven la vida y la muerte, para remarcar las malas condiciones en las cuales trabajan los sobrevivientes alemanes, y tan sólo para recibir unas cuantas monedas que les ayuden a continuar esa efímera existencia. La desesperanza se ve remarcada entre el diálogo que Edmund sostiene con Kristel –una adolescente precoz-: “¿No te gustaría conocer otros países? -¿Para qué? Son todos iguales”. Ninguno de los personajes emite opiniones esperanzadas por el futuro, más bien evocan a un pasado demasiado lejano para ellos, donde tenían esperanzas de triunfar y de vivir.

Aunado a ello, el especial manejo del tiempo y el espacio coloca a los personajes en una realidad de la cual no pueden escapar; se retrata un aprisionamiento sufrido por todos los inquilinos que viven amontonados en edificios en ruinas: así vemos a Karl-Heinz encerrado y escondiéndose de la realidad, de la cual, no puede huir; el padre se encuentra condenado por la enfermedad, es incapaz de ayudar a su familia y repite hasta el cansancio sus ganas de morir por la carga que ejerce sobre sus hijos; Eva, que aunque se “distrae” por las noches, día con día se ve obligada a atender a su familia; y finalmente Edmund, que al pedir empleo le cierran las puertas, los “amigos” que encuentra son unos estafadores y ladrones, y el profesor Enning no hace más que introducirle un pensamiento que terminará con el asesinato de su padre.

Lo anterior nos conduce a la falta de valores de la sociedad que tiene como problema central la ausencia de solidaridad ante la desgracia. El individualismo se ve mayormente remarcado en aquellos que sufren con mayor ahínco la falta de recursos: “No creo en la ayuda de los demás. Hoy día uno debe ayudarse a sí mismo.” Observamos la deprimente disputa por carne de un caballo muerto en mitad de la calle. Incluso la falta de sutileza por parte de los vecinos de la familia de Edmund al contemplar el cadáver del padre, preguntándose si las ropas que trae puestas son de buen material o no.

En contraparte, nos encontramos con los adinerados residentes del edificio donde habita el profesor Enning. A diferencia del resto de la población, estos individuos se encuentran más preocupados por adquirir bienes materiales. Es interesante notar que a los hombres de este estrato social se les pinta implícita pero claramente de pedófilos, por la forma en que ven y tocan a Edmund. Un aspecto esencial en la sociedad son los roles de género; donde las mujeres tendrán una mayor proyección: las más acaudaladas sólo están preocupadas por su apariencia; muchas de las que sufren la crisis económica prefieren vender sus cuerpos, y con suerte, escapar con algún soldado americano; mientras unas pocas continúan desempeñando el papel de buena esposa, preocupadas por su familia y consiguiendo dinero sin llevar a cabo alguna acción reprobable, tal es el caso de la hermana de Edmund, Eva, que funge a su vez, como el prototipo de mujer cristiana.

En cuanto a las figuras masculinas las hay de diversos tipos. Encontramos figuras de autoridad al interior del edificio que resguarda a los Kohler; precisamente el dueño de esa construcción toma una actitud dominante frente al resto de las familias integradas en su mayor parte por mujeres. Sin embargo, también hay figuras mermadas que rodean a Edmund; por un lado está su padre, autoridad que con cada día va muriéndose y no le queda más que ser mantenido por sus hijos; por otro lado, tenemos a su hermano Karl-Heinz, ex soldado nazi que vive acobardado y escondiéndose de las tropas americanas, además siempre está enfocado con tomas de picado cuando se le increpa su cobardía, e incluso Edmund lo observa constantemente desde arriba. Un rasgo por demás interesante que es mostrado en la sociedad alemana, son los menores. La intermitente crisis alemana los orilla a trabajar, muchos lo harán en el mercado negro porque ahí ganan más dinero que el que les distribuye el gobierno. La gravedad a este respecto se ve representada por las actitudes precoces y groseras que adoptan los niños a ejemplo de los mayores. Obligados a vivir entre el robo, la mentira, la estafa y la violencia; la juventud no se ve apta para reconstruir a la nación alemana. Así, vemos que el grado de degeneración llega hasta el propio Edmund. 

Llegados a la parte final del filme nos topamos con el parricidio. Instigado por las palabras del profesor Enning, que en un ligero contrapicado le increpa lo siguiente: “Todos morimos tarde o temprano. ¿Prefieres morir para que viva un anciano? […] Aprende de la naturaleza, el fuerte siempre le gana al débil. Necesitas valor para sacrificar al débil. […] Lo importante es sobrevivir. Edmund, no seas tonto y conoce tus responsabilidades”. El ambiente desolado que se siembra día con día, la desesperanza y las ganas exasperantes por sobrevivir provocan que incluso la acción sea llevaba a cabo como cualquier otra; no vemos tristeza, preocupación o alteración en su semblante; el gesto de echar el medicamento mortal en el té que va a ofrecer a su padre es idéntico al de robar carbón u obtener mercancías. 

La ausencia de dramatismo no es casual, lo que aquí se trata de transmitir es cómo las ideologías –producidas en un contexto social- afectan al hombre, hasta al más inocente niño, envolviéndolo en un discurso seductor sin posibilidad de duda. Es un acto que no intenta conmover al espectador a través de los sentimientos de Edmund, sino hacerlo reflexionar acerca de qué tan deshumanizadas están las acciones fruto de la guerra, donde una muerte más no se vuelve tan escandalosa como debería. Ante el ambiente retratado, ¿el filme cumple el objetivo de la imparcialidad para retratar la realidad de los alemanes? Antes que nada, habrá que aclarar que nunca ningún testimonio podrá ser totalmente imparcial y objetivo; sin embargo, producen códigos de verosimilitud que son aprobados por la sociedad que rodea tal producción. Así, en el momento de la posguerra, las primeras producciones cinematográficas pintaban a los alemanes como indudables culpables del conflicto, enfocándose a los sectores sociales que, de manera más evidente, sufrieron en el enfrentamiento. 

De esta manera, Rossellini es el primero en plantear las consecuencias con otra mirada, es decir, mostrar que los victimarios resultaron ser víctimas de acciones en las cuales ni siquiera se involucraron. Veamos al protagonista, Edmund es una víctima más de la ideología nazi porque al darse cuenta de la gravedad que acaba de cometer busca la redención, expiar su acto, quiere recuperar la inocencia pero es inútil, incluso es rechazado por otros niños al querer jugar con ellos; en donde vemos que la figura de Edmund es más alta que las demás y su vestimenta lo hace ver más como un adulto. Intentando olvidar, se refugia enfrente del edificio donde reside, hasta que la culpa lo vence para terminar así, con su propia vida.

Paralelamente, al interior de la sociedad la gente se lamenta por la etiqueta “nazi” que les es impuesta. Incluso Karl-Heinz se degrada constantemente porque su posición de ex soldado sólo lo ha condenado. Por último, las palabras del señor Kohler son esenciales para comprender el papel que la película otorga a los sobrevivientes alemanes: “La inflación se llevó mi dinero, y Hitler a mis hijos. Debí haberme rebelado pero no fui fuerte, como muchos de mi generación. Vimos venir el desastre y no hicimos nada por detenerlo. Y hoy sufrimos las consecuencias. Pagamos por nuestros errores.  Pero tenemos que aceptar nuestras fallas  porque de nada sirve quejarse.”. Es claro que muchos ciudadanos fueron arrastrados por las medidas ejercidas por el Führer, y no sólo ello, sino que es visible la intención de los alemanes por verse a sí mismos: sí, fueron víctimas, pero consintieron lo que los dirigentes llevaban a cabo; de ahí que hasta tengamos tensiones agravantes en relación a las ideas políticas, donde muchos optan por deslindarse totalmente de ellas.

Podemos concluir que el cine es una fuente significativa para la investigación histórica. Este filme en especial se nos permite acercar al suceso con otro tipo de discurso, el cual intenta equilibrar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial a favor, hasta cierto punto, del pueblo alemán. En otras palabras, no se inculpa al nazismo en sí  mismo como el motor del conflicto, sino a las ideologías dogmáticas en sí, y sólo aquellas que se alejan de los parámetros cristianos. No obstante, es evidente que para lograr ese objetivo Rossellini plantea una dicotomía que coloca a los alemanes tanto victimarios como víctimas del proceso; por un lado se merecen esa desesperante existencia, por otro, se incita al espectador a ser solidario con su causa y a tratar de comprender el porqué de las cosas. No es de extrañar que veamos retratados los instintos más bajos de la sociedad, los cuales alcanzan a los menores, aquellos individuos que no vivieron la guerra como los soldados. La juventud alemana se encuentra tan corrompida que parece imposible que encuentren un recto camino que los conduzca a mejorar el entorno al cual se vio sumergido el país. Aunque el belicismo haya terminado, el nazismo, las ideologías siguen influyendo a las nuevas generaciones con resultados catastróficos. 


Con todo y el pesimismo del discurso, hay una ligera unión perceptible en la figura de Eva. Aunque anhela el regreso de su marido y el regreso a ese pasado libre de preocupaciones, decide permanecer con su familia, a la cabeza de ella. Tiene muchas posibilidades de escapar de Alemania si contrae matrimonio con un americano, pero no lo hace, ¿por qué? Irse significaría abandonar a las personas que dependen de ella, sus hermanos y su padre enfermo. El aún inocente Edmund y ella son de los pocos personajes que no son tan egoístas e individualistas. En efecto, la unión se abre como una vía posible hacia la salvación del pueblo alemán.


Clip - escena final del filme:



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