miércoles, 30 de noviembre de 2016

CINE DE AUTOR - LOS 400 GOLPES (Les quatre cents coups, 1959) de François Truffaut



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Es de sobras conocido que Los cuatrocientos golpes ha pasado a la historia por ser uno de aquellos filmes que en 1959 dieron el puntapié de salida a eso tan difícil de definir conocido como Nouvelle Vague. Fue precisamente el festival de Cannes de ese año el que premiaría esta cinta de Truffaut y en el que se presentaría asimismo otra de las obras clave dentro de este "movimiento", Hiroshima mon amour, de Alain Resnais. Pero las obras decisivas en la historia del cine no lo son casi nunca sólo por sus valores intrínsecos, sino que se configuran en todos los casos como la punta del iceberg de una situación coyuntural que es siempre la suma de múltiples factores determinantes para el cambio.

Así, aquellas películas de la Nouvelle Vague, no sólo se enmarcaron dentro de un espíritu de renovación que afectó a todo el cine europeo de la época, espíritu propiciado por el declive en esos años del cine norteamericano y que vería su plasmación en el florecimiento de los llamados Nuevos Cines —iniciados pocos años atrás con el Free Cinema inglés—, sino que también encontraría su sentido, a un nivel más local, en las diversas medidas proteccionistas que el mismo gobierno francés estaba llevando a cabo en su política cultural desde los primeros años de la década de los cincuenta. Este inteligente proteccionismo cinematográfico tuvo su punto culminante en la renovación de la Ley de Desarrollo del cine, vigente ya desde 1953, y que el recién nombrado ministro de Cultura, el ex-realizador André Malraux impulsó en 1959. La revisión legal, conocida como ley Pinay-Malraux, ponía el acento en el aumento de la promoción del cine francés con vistas a su exportación y en el refuerzo de las leyes de subvención y ayuda, hecho que favoreció especialmente a unos jóvenes realizadores que consiguieron renovar de arriba abajo el panorama artístico del cine francés de posguerra.

Por otro lado, se potenciaron los premios a la renovación formal en los festivales, lo que explica el triunfo de Los cuatrocientos golpes en Cannes, así como el éxito también de los filmes de otros realizadores, entre ellos Claude Chabrol (Le beau Serge, 1958), Alain Resnais (L'année derniere à Marienbad, 1961), o Jean-Luc Godard (À bout de souffle, 1959).
Lo primero a lo que se hace alusión cuando se habla de Los cuatrocientos golpes es que se trata de una obra autobiográfica, hecho que el mismo Truffaut certificó, al menos parcialmente, en numerosas ocasiones. En la película hay ciertamente, si seguimos la descripción que los biógrafos han dado de la infancia y adolescencia del cineasta muchos elementos compartidos con su vida, aunque en otros casos la exageración es no sólo evidente, sino reconocida por el mismo director: «Contrariamente a lo que se ha publicado en la prensa desde el festival de Cannes, Los cuatrocientos golpes no es un film autobiográfico. Uno no hace un film solo, y si yo solamente hubiera querido poner en escena mi adolescencia, no le habría pedido a Marcel Moussy que colaborara en el guión ni que redactara los diálogos. Si el joven Antoine Doinel se parece a veces al adolescente turbulento que fui, sus padres no se parecen en nada a los míos, que fueron excelentes.» Truffaut, contrariamente, declara en otra ocasión: «Tuve la infancia de Antoine Doinel.  No había exageración en el film. De hecho, tengo la impresión de haber omitido cosas que podrían haber parecido inverosímiles.».

 La conclusión que se extrae de estas afirmaciones aparentemente contradictorias es que la película plasma efectivamente muchas situaciones y hechos que vivió Truffaut en esos años de transición a la adolescencia, pero eso no exime que algunas de estas situaciones hayan sido exageradas u otras inventadas para servir más efectivamente a la narración fílmica. Quizás lo más importante en la película, aquello que conecta más directamente con la realidad del director es la visión que da sobre la institución familiar, un ente desestructurado en el que la figura materna es la que sale peor parada. Y esto no tiene nada de extraño, puesto que Truffaut pasó su infancia con su abuela, alejado de una madre que nunca se ocupó realmente de él y de un padre adoptivo que trató en su adolescencia de educarlo aun a riesgo de alejarlo más de su lado.

La madre del Doinel cinematográfico —interpretada por Claire Maurier— es una mujer que no ha aprehendido su responsabilidad maternal, comportándose con su hijo casi como si de un extraño se tratase, dejando bien patente con su actitud distante y despreocupada hacia él que no está dispuesta a sacrificar su individualidad por esa dependencia afectiva que todo hijo demanda de su madre.

Hay un hecho traumatico que sucede solo en la mente del joven Doinel, uno de los hechos que realmente sucedieron en la infancia del realizador francés (involucra a su madre y padre y a una mentira), da muestra de la perfecta caracterización de un personaje a quien Truffaut consiguió dibujar magistralmente.

Jean-Pierre Léaud interpretó desde niño el personaje de Antoine Doinel, por vez primera vez en este filme, y más tarde en Antoine et Colette (fragmento de L'amour à vingt ans, 1962), en la que Doinel vive su primera aventura amorosa; en Besos robados (Baisers volés, 1968), en la que conoce a su futura esposa; en Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970), en la que ya casados, se muestran las primeras crisis de convivencia entre la pareja; y finalmente en El amor en fuga (L'amour en fuite, 1979), en la que Doinel/Truffaut, ya divorciado, hace una recapitulación de todo lo vivido mostrado en los anteriores filmes. Así pues, Doinel es el compañero de Truffaut a lo largo de toda su filmografía, su alter ego inseparable hasta el punto de llegar a una comunión pocas veces dada en el cine, no sólo entre el actor y el personaje, sino también entre este y el director. Pero de todas las etapas existenciales representadas por Léaud para su personaje/Truffaut, es la que corresponde a Los cuatrocientos golpes la que destila una mayor presencia del realizador en la piel del personaje. Como la mayoría de directores en sus primeras obras, Truffaut se sirve de su propia experiencia como materia prima para la elaboración de su relato, unos ingredientes valiosísimos que harán de su personaje una representación más o menos fiel del verdadero espíritu del realizador.

La transición de la infancia a la adolescencia fue uno de los temas que más trató Truffaut en su cine y cuyo interés justificó él mismo en muchos de sus escritos —Truffaut afirmaba que su preferencia por dirigir a niños antes que a adultos la descubrió ya en su cortometraje Les Mistons (1958), en el que un grupo de niños se dedican a hacerle la vida imposible a una pareja de enamorados—. Este fue el tema central no sólo de estos dos filmes, sino también de El pequeño salvaje (L'enfant sauvage, 1970) y La piel dura (L'argent de poche, 1976). Truffaut habló en muchos de sus escritos sobre esta preferencia temática en su cine, reconociendo en algún caso la importancia de sus propias vivencias existenciales al respecto: «Si yo he escogido expresar la soledad de un niño (refiriéndose a 'Les quatre cent coups') es porque no me encuentro muy lejos de mi infancia; todavía soy sensible a la verdad del niño y sé lo que es» .

Para Truffaut, los cuatrocientos golpes son aquellos que recibe el niño-adolescente durante este difícil período conocido con el nombre de "crisis juvenil", caracterizado por el vacío afectivo, el despertar a la pubertad, el deseo de independencia y el sentimiento de inferioridad , las respuestas a un mundo injusto que obliga a despabilarse a base de golpes). Pese a este aparente tono pesimista en el retrato de la adolescencia, Truffaut nunca recurrió en su cine a la nostalgia o al dramatismo en las situaciones mostradas.

 Antoine es un niño mentiroso y rebelde, pero no posee malicia en sus actos, que incluso se pueden ver en algún caso cargados de buenas intenciones, como cuando prepara lenta y obedientemente en su casa la mesa para la cena. La infancia del niño explica el carácter posterior del Doinel adulto —cuya interpretación de Jean-Pierre Léaud es tan efectiva y memorable como particular por su extrañeza—, un hombre introvertido y de carácter inescrutable, mentiroso, egoísta y manipulador a través de sus encantos, aunque en el fondo con un gran corazón, buena voluntad y una necesidad de aprobación y afecto por parte de aquellos a los que él ama.

A excepción de algún momento del filme en el que Truffaut se dejó llevar por la enfatización de una nostalgia explícita, como ese memorable final con Doinel caminando sobre la playa, dejando abiertas todas las probabilidades hacia un futuro que permanece del todo incierto, la sobriedad de exposición caracteriza toda la cinta, una sobriedad que aún imprime más poesía y sentimiento en la historia del niño que la que hubiera supuesto un dramatismo mayor de las situaciones. No en vano, Truffaut consideraba mucho más poética la exposición de la infancia a través de los hechos y actitudes triviales que realizan los niños que no por medio de un artificial elemento poético en sí mismo: «Como los niños ya traen 'automáticamente' consigo la poesía, creo que se ha de evitar introducir elementos poéticos en una película infantil, para que la poesía nazca de sí misma, como algo más, como un resultado y no como un medio, ni incluso como un objetivo que alcanzar».

Es quizás esta poesía indirecta, nacida de la realidad y no metáfora de ella la que convierte a Los cuatrocientos golpes en un film tan especial, dentro y fuera de la filmografía de Truffaut. 

Independientemente de que en la película se plasmen situaciones que conoció el director de primera mano, como además de las que ya se han mencionado, lo verdaderamente interesante en el filme es la visión global que Truffaut da sobre la adolescencia, en ningún momento nostálgica, sino sólo el retrato de una etapa difícil que todo ser humano ha de pasar.
Los cuatrocientos golpes se configura como una obra clave dentro de la Nouvelle Vague aunque no tanto por el estilo visual que imprime Truffaut. Éste, a diferencia de otros realizadores coetáneos como Godard, era poco transgresor visualmente hablando y sólo destacaba en oposición al clasicismo formal en la utilización de una cámara nerviosa y en la grabación de numerosas escenas en exteriores —curiosamente, la ciudad del filme no aparece como el París de finales de la década de los cincuenta, sino que se asemeja más a ese otro que vivió Truffaut en los años cuarenta—. Truffaut innovó en el aspecto temático, al realizar una obra biográfica, al tratar la historia de una manera realista exenta de sentimentalismo, al cuestionar la familia y las instituciones educativas. Por otro lado, su film también rompió con el concepto clasicista de conclusión del relato de manera cerrada y positiva, con ese final ya comentado de Doinel ante el mar, así como en la introducción de referencias al mundo del cine, aspecto este que sería una norma común en numerosos realizadores de esta nueva ola.

En Los cuatrocientos golpes, se adivina un sincero homenaje de Truffaut hacia la película de Jean Vigo Cero de conducta (Zéro de conduite, 1933), una exquisita obra que narra las peripecias de un grupo de estudiantes rebeldes en una institución educativa de valor más que discutible, en la que se tratará en vano de encarrilar su educación. Vigo fue uno de los directores más admirados por Truffaut, y uno de los pocos, entre los que también estaban Bresson o Renoir, que él y sus compañeros de crítica rescataron de la lapidación que realizaron contra el cine francés anterior a ellos. Otras referencias al mundo del cine incluyen la cita visual a la película que los niños contemplan, que no es otra que el Paris nous appartient de Jacques Rivette, que en aquel entonces aún no se había acabado y que produjo Truffaut además de aparecer en el reparto junto a Godard, Demy y el mismo Rivette; en relación a esto, también se alude en Los cuatrocientos golpes al mundo del cine con la aparición de directores y actores en la película, no sólo el ya comentado papel del amante de la madre interpretado por Jean Douchet, sino también la colaboración de Jeanne Moreau como figurante, o la misma de Truffaut, quien, como su admirado Hitchcock y quizás en imitación suya, realizaba continuos cameos cuando no interpretaba a ningún personaje en sus filmes.

Dedicada a su maestro y mentor André Bazin (fallecido un año antes), Los cuatrocientos golpes marcó un antes y un después en la trayectoria del nuevo cine europeo. Los años han provocado su transformación de película ruptural en obra decisiva en la historia de este arte. Obra maestra de un director que quizás mostraría en conjunto más destreza con el papel que con la cámara —pese a contar en su filmografía con un grupo de obras memorables que destacan sobre el resto, Truffaut fue un director bastante irregular en su trayectoria— Los cuatrocientos golpes quedará en el recuerdo como una de las películas más significativas del cambio que supuso la Nouvelle Vague en todo el cine moderno. Erigida e interpretada como una protesta del director ante una sociedad indiferente con el drama humano. Los cuatrocientos golpes justifica la atracción que ejerce sobre el espectador en la honestidad y sinceridad que destila cada uno de sus planos, en el cariño evidente que Truffaut dedica hacia una obra en la que se desnuda la etapa más vulnerable e inocente, pero también cruel y solitaria de su propia vida, extensiva por lo demás a todos nosotros por lo que del joven Doinel conservamos en nuestro interior.

La nouvelle vague fue un impulso cultural, una corriente cinematográfica que surgió en plena convulsión intelectual francesa, suscitada por las reacciones políticas y sociales contrarias al modelo extremista del general De Gaulle. Francia, en torno a los años sesenta, fue centro de una vitalidad cultural apasionante y excitante, a menudo mal interpretada, lo que ha convertido este período en algo vacío de contenido, en un simple escaparate de ideas, en una moda o tendencia. Los directores de cine que realizaron sus largometrajes al inicio de la década de los sesenta en Francia provenían de una única escuela: los cine-clubs. La mayoría de ellos poseían dos rasgos generales, los cuales condicionaron su trabajo artístico: su pasión incondicional por el séptimo arte y el ejercicio de la crítica cinematográfica.

De la práctica de la crítica surgió la necesidad de dirigir “películas-ensayo” donde demostrar la nueva visión que sobre el cine tenían aquellos nuevos directores. La nouvelle vague fue una tendencia crítica, que pretendió anteponer el “cine de autor” al “cine de qualité” o comercial que se exhibía a principios de los sesenta en los cines franceses. Se trataba de la búsqueda de un lenguaje cinematográfico capaz de plasmar la voluntad artística y la independencia creadora del director, concebido como un creador que, mediante la puesta en escena, debe dotar a la película de un discurso independiente y autoral. En esta actitud convergen dos influencias: la admiración por la “mirada” transparente y limpia de los clásicos americanos (Hawks, Ford, Hitchcock, Welles) y el realismo desgarrado y social del neorrealismo italiano, con su afán por el exterior y sus personajes-metáfora.

Pero el éxito de este cine estuvo condicionado por la llegada de un nuevo público. Como expone acertadamente el teórico Román Gubern: “La nueva ola… se impone en el mercado porque también existe… una nueva ola de espectadores formada en la frecuentación de cine-clubs y cinematecas, que ven el cine el lenguaje artístico de nuestra época y se halla bien dispuesta para acoger toda novedad en este terreno”. La aportación de la nueva ola supuso una enérgica renovación del lenguaje cinematográfico. Precisamente, y a partir de ella, se formó una nueva manera de abordar el cine, partiendo de una postura más intelectual y artística. Con la nouvelle vague el cine adquiere una mayor densidad cultural, a la vez que se convierte en un instrumento libre e independiente del resto de las artes. Doniel, es un chico que demuestra una clara voluntad de independencia y rebeldía en consonancia perfecta con el espíritu y la voluntad creadora del director.

Es de esta unidad de donde nace la belleza de esta película, un retrato sencillo y humano de la infancia. La veracidad del relato se consigue mediante la utilización de una puesta en escena transparente, donde lo que verdaderamente importa son los movimientos de los personajes, y donde se huye conscientemente del efectismo. A ello ayuda la prodigiosa fotografía, llena de una fría neutralidad que enfatiza la presencia de la ciudad y sus calles, y la banda de ruidos, con un admirable repertorio de sonidos urbanos. Truffaut utiliza, de forma subrayada, el travelling y los encuadres de cámara dinámicos. Las panorámicas son abundantes, así como la presencia de ciertas secuencias, de marcado subjetivismo, donde hace uso de la cámara en mano. La nouvelle vague acudió a formas artesanales y baratas de planificación, demostrando su espíritu artístico, ajeno al manierismo imperante en su época.

En su puesta en escena, Truffaut remite a sus referencias cinéfilas (carteles, comentarios de los personajes sobre películas o libros, iconos culturales) y nos muestra magnífico ejemplo de Libertad expositiva, con la elección de un personaje conflictivo dentro de un entorno hostil que debido a su ternura e ingenuidad no nos resulta tan desagradable. Se trata de una película que plantea el eterno conflicto entre lo real y las ilusiones, desde la óptica de un niño. No se trata, como muy a menudo se ha venido defendiendo, de un cine individualista y ajeno a la crítica social. Las instituciones familiares, escolares y carcelarias son puestas en duda, sino criticadas abiertamente. Frente a la rigidez de una educación basada en la obediencia, Truffaut propone la voluntad de vivir y gozar del tiempo. De ahí las correrías de Doniel por la ciudad, su descubrimiento de la literatura o su pasión por conocer el mar. Todo ello demuestra el talante vitalista del autor.

Truffaut, con su primera película, rompió los moldes temáticos del cine francés. Propuso una nueva reflexión acerca de los valores sociales que imperaban en su época, y definió un nuevo romanticismo. El cine de Truffaut es necesario por su propuesta temática, y no tanto por sus hallazgos visuales, mucho menos radicales que los que mostró Jean-Luc Godard en Al final de la escapada (A bout de souffle, 1959), pero más profundos por su limpieza. Lo que en Godard (volvemos a comparar) puede ser descrito como exhibicionismo, en Truffaut se trata de necesidad: su propuesta formal está en todo momento condicionada por lo que narra; el cómo y el qué se unen, se entrelazan, formando un único relato. Si Godard resulta pretencioso y frío, Truffaut aparece cercano y simple. Pero ambos participan de una misma voluntad: la libertad creativa.

François Truffaut es el responsable de este lúgubre cuento urbano, la cinta cumbre de la nouvelle vague francesa, uno de los mejores debuts de la historia del cine. La ópera prima del vanguardista director galo nos narra los avatares de Antoine Doinel, un niño cuya vida no le sonríe, su maestro no lo tolera, su madre lo aborrece y su padre termina por sentir lo mismo luego de que Antoine y su mejor amigo comiencen a hacer travesuras. El film está perfectamente ejecutado en torno a estas coordenadas. Y sin duda alguna estamos ante uno de los puntos de inflexión del arte cinematográfico.

Su forma libre de entender la existencia le hará ser el referente negativo del colegio, –junto con su admirado amigo, un niño bien, con un camino menos abrupto, pero igual de estéril–. Los continuos tumbos del muchacho terminarán por incluir la omnipotente y reparadora justicia, para terminar de arreglar el proceso. Sin cargar las tintas sobre nadie en concreto, Truffaut reprocha uno tras otro, sutil pero claramente, a todos los engranajes de la sociedad –familia, educación, justicia, etc. – la marginación de su “alter ego” Antoine Doinel en busca de encajar su pequeña rebeldía en la vida diaria.


Clip - trailer de la película:




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