martes, 15 de septiembre de 2015

LECCIONES DE CINE N° 31 - Colección Cahiers du Cinema: FEDERICO FELLINI








Taller de Historia y Crítica – Una cierta tendencia del cine de autor

Autor N° 10 – Federico Fellini




“Estamos construidos en memoria, somos a la vez la infancia, la adolescencia, la vejez y la madurez. El cine es el arte en el que el hombre no puede por menos que reconocerse. Es también el espejo delante del cual tendríamos que tener el coraje de desnudar enteramente nuestra alma” (Federico Fellini)

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Bajo Mussolini, la industria cinematográfica había creado hazañas históricas y melodramas sentimentales sobre la clase alta., pero pronto el panorama cambiaría radicalmente. El neorrealismo parecía renovar los poderes de una ficción desgastada por el clisé del cine industrial. Optaba por los actores amateurs, los escenarios naturales destruidos por la guerra, lo cotidiano de sus historias, el acento puesto en la dimensión social de sus temas y la movilización sentimental del espectador. Representaba el deseo de una generación más joven de liberarse de las convenciones del cine italiano del momento.

Dentro de esa camada de autores en plena renovación de estilos, destacó Federico Fellini, quien no solo es considerado uno de los mejores, sino que para muchos es el mejor director de la historia del cine. ¿Qué fue lo que lo diferenció? La belleza de las imágenes por él creadas, que han trascendido más allá de lo usual y se han convertido en parte de la historia artística. Es el gran maestro de la pintura en movimiento y además, puso en práctica lo que pocos pueden: hacer de la propia vida una obra de arte.

Federico Fellini (Italia, 1920–1993) es una figura sumamente importante en la historia del cine, que ha creado su propio lenguaje cinematográfico muy personal y barroco. Fellini dio sus primeros pasos profesionales como caricaturista en una revista humorística, pero pronto entró en el cine como guionista y ya, en los orígenes del neorrealismo, colaboró con algunos de los grandes, entre ellos Roberto Rossellini. Sus primeras películas guardan poca relación con el universo que desarrollará en su obra posterior, pero ya en ellas, el cineasta adopta un cierto sentido suntuoso del espectáculo y de la caricatura, y trata, aunque tímidamente, uno de sus temas predilectos, la soledad del hombre.

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“En el momento de su muerte, los medios de comunicación lo santificaron como el gran autor de esa vieja y esplendorosa edad de oro del cine italiano. Sin embargo, para muchos cinéfilos había pasado a la historia como un gran creador de universos barrocos exuberantes y como el inventor del adjetivo ‘felliniano’, que ha pasado a formar parte del lenguaje popular”, explica Ángel Quintana, profesor de Historia y Teoría del Cine en la Universidad de Girona, en su libro "Maestros del Cine: Federico Fellini".

Fellini forma parte de la etapa más famosa de la historia del cine italiano porque aterriza en el séptimo arte “en el momento de la toma de conciencia neorrealista de la inmediata posguerra” de la Segunda Guerra Mundial, fundamentalmente como actor y guionista de Roberto Rossellini. “A pesar de los fuertes vínculos que se tejen entre ambos, la concepción del trabajo cinematográfico que posee Fellini es contraria a la de Rossellini”, añade.

Y es que para todo cinéfilo es evidente que Fellini tiene un universo propio, en el que “apuesta por la improvisación y transforma los rodajes en una experiencia anárquica”. Esto queda de manifiesto ya desde su primera película, “Luci del varietà”, codirigida con Alberto Lattuada, y sobre todo desde su primer filme realizado en solitario, El jeque blanco, una película que, “con los años, se ha convertido en una obra revalorizada por su carácter de esbozo de la poética felliniana”. La trilogía formada por La strada (1954), Almas sin conciencia (1955) y Las noches de Cabiria (1957) sitúa a Fellini en el corazón de los debates clave del cine europeo de aquellos años (...) y propone una reflexión sobre cómo el materialismo ha generado el vacío interior y ha alimentado la indiferencia en las relaciones humanas”, explica el autor del libro.

La strada y Noches de Cabiria le habían reportado dos Oscar a la mejor película de habla no inglesa, momento en el que “se ha convertido en un cineasta muy popular, factor que le otorga gran libertad de movimiento”. Es el mejor periodo de la carrera del director italiano. “Fellini entra de pleno en el cine de la modernidad con La dolce vita”, afirma Quintana, quien añade que el filme deja al director “desconcertado por el éxito y el escándalo”. Ese desconcierto lleva a Fellini a “analizar su propio yo masculino en Fellini 8 ½ (1963) y a estudiar la feminidad, entendida como alteridad compleja, en Giulietta de los espíritus (1965)”. La “tibia acogida” a esta segunda hace que Fellini emprenda una nueva etapa que inicia en 1969 con “Satiricón”, en la que propone “una reflexión sobre su mundo en crisis, como si fuera la prolongación de La dolce Vita”, aunque “el peso de lo onírico es más fuerte y la atmósfera sexual viciada mucho más explícita”.

Si Roma es “un calidoscopio donde el mito de la ciudad eterna se superpone a la realidad y lo vivido, a lo soñado”, Amarcord se convierte en “un curioso proceso de reinvención de los pequeños sabores de la adolescencia”. Con ellas pone fin Fellini a su etapa más exitosa y abre el último ciclo de su carrera, en el que dirigiría siete películas más hasta 1990, tres años antes de que le sobreviniera la muerte. Por otra parte, Anita Ekberg en La dolce vita resulta ser una mejor explicación de lo felliniano que el propio Fellini. Las mujeres de su cine, de hecho, tienen un espacio en el libro, porque “para Fellini la mujer es sobre todo el misterio de la alteridad”.El universo femenino es multiforme. Las féminas se diversifican en múltiples modelos, algunos de los cuales no son más que las caricaturas y las tipologías del ideal femenino que puebla la psique masculina”, explica Quintana.

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El interés temprano de Fellini fue por el dibujo, por la caricatura, aunque confiesa que aspiraba a ser poeta y en efecto lo logró con su obra fílmica, la cual está cargada de lirismo, de metáforas, de ensoñaciones. Tuvo un paso fugaz por una Facultad de Derecho a su llegada a Roma en 1939. Por esos años, empezó a publicar viñetas y algunos cuentos por entregas en publicaciones humorísticas y satíricas. Luego trabajó en la radio y en varios periódicos. En 1942 conoció a Roberto Rossellini y empezó a colaborar con él, primero, en la producción de Roma ciudad abierta (1945) y, al año siguiente, en la conformación del guión para Paisá (1946). El encuentro con Rossellini fue muy importante para que Fellini lograra forjar su personalidad y su relación con el cine. Entre 1948 y 1951, decidió aprender a hacer cine, al lado de los mejores de ese momento (los directores Alberto Lattuada, Pietro Fermi y el mencionado Rossellini). En ese periodo, también debutó como actor y se fue consolidando como escritor de guiones.

Fellini llegaría a ser uno de los favorecidos por Cinecittá, los más importantes estudios cinematográficos de Italia, inaugurados por Mussolini, en 1937. Con ellos, el  nefasto Duce pretendía construir la “mayor ciudad del cine en Europa”, y en efecto, lo logro. Cinecittá comenzó con una producción anual de 60 películas, aunque durante la II Guerra Mundial, tuvo que cerrar para retornar en 1947 y darle la posibilidad de desarrollar su trabajo a directores como Rossellini, De Sica, Visconti, y más adelante, Fellini. Hacia los años cincuenta, era conocida como la “Hollywood del Tíber” y en la década del sesenta se convirtió en una fábrica de superproducciones, especialmente para América y Europa. Fellini decía: “la primera vez que oí este nombre –Cinecittá- me di cuenta de que era la ciudad en la que quería vivir, y que sería ya parte para siempre de mi vida. Era el lugar ideal. Era como entrar en el epicentro del vacío cósmico justo antes del Big Bang y asistir a la gran explosión creadora”. Efectivamente, allí logró desarrollar la mayor parte de su obra, convirtiéndose en uno de los “consentidos” de dicha institución.

Fueron varios los directores que contribuyeron para que el cine comenzara una renovación radical a partir de los años cincuenta del pasado siglo, entre ellos se destaca el autor que nos ocupa en esta ocasión, quien realizó un aporte fundamental y singular, el cual ha sido clave para pensar y repensar los alcances del dispositivo cinematográfico en la configuración del pensamiento. Son muchos los estudios que se han realizado sobre la obra de este director, y en la mayoría de ellos se repiten criterios comunes que intentan recalcar lo que de por sí es evidente en sus filmes de la “segunda etapa”, es decir, aquellos que hacen parte del llamado estilo felliniano.

Esos criterios comunes se centran en analizar los vínculos con el surrealismo, la excentricidad de las puestas en escena, las sobrecargadas escenografías y los irónicos y provocadores ataques a las instituciones más representativas de Italia. Sin embargo, hay otros elementos importantes en su proceso creativo que no pueden pasarse por alto, especialmente, los que están presentes en sus primeros filmes, cuando ya se empezaba a configurar una particular poética que enriquecería al neorrealismo y ayudaría a desestructurar la forma clásica de la narración cinematográfica.



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