jueves, 16 de julio de 2015

LECCIONES DE CINE Nº 28 - Colección Cahiers du CInemá: Ingmar Bergman






Serie Cahiers du Cinemá - Una cierta tendencia del Cine de Autor

Capítulo N°7 – Ingmar Bergman

BERGMAN EN TRES ACTOS


I

Ingmar Bergman es el referente internacional de un cine europeo metafísico y complejo. Sus filmes se caracterizaron, salvo excepciones, por abordar un universo de problemas humanos fundamentales, como la incomunicación de la pareja, la soledad, Dios o la muerte. Esta temática y el tinte oscuro y atormentado de sus obras, tanto cinematográficas como teatrales, constituyen su sello personal y la herencia que nos ha dejado.

Aunque se dio a conocer internacionalmente como cineasta, se consideraba a sí mismo un hombre de teatro. "Es toda mi vida", dijo al final de sus días. Sin embargo, el cine era para él "un trauma y una pasión". Bergman es el cineasta más original y autobiográfico que ha dado el cine. Pero al mismo tiempo sus historias y argumentos son fantasías simbólicas y reflexiones profundas de la realidad, del universo humano y la filosofía existencial de su época: la segunda mitad del siglo XX. Los protagonistas de sus historias son un alter ego, apenas disimulado por el autor, que expresaba así sus temores, su ansiedad, sus aversiones o sus aspiraciones personales. En la mayor parte de la filmografía del realizador sueco, sus personajes siguen trayectorias que los arrastran hacia sí mismos, hacia su propia alma, hacia su propia conciencia. Son recorridos íntimos, que muchas veces se apoderan del espectador transportándolo a una experiencia estrictamente personal e inquietante.

Ingmar Bergman fue para el mundo del cine un gigante y dirigió casi cincuenta películas que captaron el espíritu de su tiempo, en las que reelaboró sin cesar sus obsesiones íntimas y la angustia frente al silencio divino. En Un verano con Mónica (1953), Harriet Andersson encarna a una joven mujer escandalosamente anticonformista y sensual: fue un soplo de libertad y el símbolo de una nueva modernidad en el cine. En El séptimo sello (1957), el cineasta evoca la fe y la muerte. Persona (1966) es una de las representaciones más poderosas de la ambigüedad del mal. Con Secretos de un matrimonio (1974) Bergman escenifica la transformación de una pareja de la atracción recíproca a la destrucción. En cambio, Fanny y Alexander (1982) es una soberbia y nostálgica evocación de los recuerdos de la infancia. Mientras que la última película de Bergman, Saraband (2003), es una obra maestra sobria, una lección práctica sobre cómo se hace una película y una indagación existencial.

II

 Bergman nació el 14 de julio de 1918 en Uppsala (Suecia). Hijo de un pastor luterano y de una madre dominante, el autor creció en el seno de una familia muy estricta, en la que la buena conducta y la represión de los instintos se consideraban virtudes. Esto influyó en su niñez, su adolescencia y su vida de artista, donde reflejó los valores adquiridos, que lo seguirían por el resto de su vida: Dios, el Demonio, la muerte, la vida, el dolor y el amor; el mundo metafísico de la religión, los sentimientos de culpa, el pecado y la redención eran sus preocupaciones esenciales. Afortunadamente encontró en el teatro, y luego en el cine y la TV, los medios más apropiados para expresar su complejo mundo interior y su potencial creativo.
Bergman no contaba aún veinte años cuando dejó su natal Upsala para instalarse en Estocolmo. Desde entonces, se dedicó al teatro universitario y fue en esta época cuando entabló amistad con algunos de los artistas que dominarían más tarde el cine sueco y ejercerían su influjo sobre él como Erland Josephson y Vilgot Sjoman. Su desempeño en el teatro no sería como autor, sino más bien insuflando vida a las obras de otros, y aportándoles la originalidad de su imaginación creadora. En la década de los cincuenta, montó un promedio de dos obras cada invierno, obteniendo elogios de la crítica internacional por su dirección escénica de obras de Ibsen, Strindberg, Moliere, Shakespeare y Tennessee Williams. Reservaba los meses de verano al rodaje de sus películas; por lo apretado de su calendario podemos imaginar cuanto rigor exigió su dirección.

 Su primer guión, “Tortura” (1944), lo llevó a la pantalla Alf Sjoeberg, el mayor cineasta sueco de la época. El argumento partía de un recuerdo personal: el terror que inspirara a Bergman uno de sus profesores -el Caligula del film- que le había hecho objeto de vejaciones y novatadas en Estocolmo. Además de una fiel evocación de la atmósfera reinante en esa época en su país, de la angustia y desesperación de los intelectuales ante la dudosa neutralidad de Suecia en la segunda Guerra Mundial, “Tortura” era al mismo tiempo el retrato sobrecogedor de un psicópata: el maestro, que interpretaba Stig Jarrel.

 Al año siguiente (1945), la Svensk Filmindustri dio a Bergman la oportunidad de co-dirigir su primera película “Kris”, “Barco a la India” (1947) y Prisión (1949), (primer filme dirigido y escrito sólo por Bergman), son perfectamente representativos de este período, las dos últimas obras de la década “Tres extraños amores” (Torst, 1949) y “La alegría” (Till gladje, 1950) muestran una nueva preocupación en Bergman, que abordó el tema de la pareja enredada en una lucha sin cuartel. Prisioneros el uno del otro, los amantes de Bergman se entregarán, desde entonces, a un feroz combate cuerpo a cuerpo.

Los años cincuenta permitieron a Bergman afianzarse. En las islas de Estocolmo, rodó, dos brillantes historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los fuegos efímeros de la pasión: “Juegos de verano” (1951) y “Un verano con Mónica” (1953), donde alcanzó su plenitud con la sexualidad de Harriet Andersson. A partir de entonces, dos temas se entrecruzarían, sucederían y perseguirían el uno al otro: el primero, reflexivo y filosófico, analiza la angustia de un mundo que se interroga sobre Dios, el Bien y el Mal y, de una forma más general, sobre el sentido de la vida; el segundo, cáustico, brillante y satírico, borda sutiles variaciones sobre la incomunicación en el seno de la pareja.

La carrera de Bergman estuvo a punto de verse frenada por la crítica, que vilipendió “La Noche de circo” (1953), análisis descarnado y mordaz, desesperado incluso, de los deseos, del sentimiento de culpabilidad y de todo lo más vulnerable que hay en el hombre. Gracias al premio especial del Jurado, que se otorgó en Cannes, en 1955, a “Sonrisas de una noche de verano”, una comedia barroca donde el cineasta supo mostrarse seductor y feroz a la vez, Bergman volvió a granjearse el favor de sus inquisidores, y consiguió poner en pie un proyecto que acariciaba desde hacia mucho tiempo: su obra maestra “El séptimo sello” (1957), alegoría llena de ansiedad sobre la vida y la muerte, es el Fausto de Bergman. Si hay un filme en el que se reflejan a la vez su concepción afectiva e intelectual de Dios, y su perspectiva del posible holocausto nuclear -la peste medieval simbolizaba la amenaza que la guerra fría representaba para el mundo en aquella época- ese filme es sin duda El séptimo sello. Actores como Max von Sydow, Gunnar Bjornstrand y Bibi Andersson, se consagraron con esta película.

El resonante éxito obtenido, permitió a Bergman dirigir, uno tras otro, cuatro importantes filmes: el primero fue “Fresas salvajes” (1957) con el legendario director de cine Victor Sjôstrom como protagonista. Bergman recurriría nuevamente a sus recuerdos de infancia para efectuar un acercamiento lúcido y benévolo a la vejez con toda su carga de lamentos y recriminaciones. Después filma “En el umbral de la vida” (1958), un ejercicio de apariencia documental, que disecciona, casi con precisión de cirujano, las relaciones de tres mujeres en una maternidad. En “El rostro” (1958) un tal Vogler (Max von Sydow), un mago, que no es evidentemente otro que Bergman, es un bufón que se gana la vida fascinando al público y exponiéndole a la vez a sus burlas y sarcasmos. Por último, “El manantial de la doncella” (1960), segunda incursión de Bergman en el medioevo, es una cruel historia de violación asesinato y venganza, en forma de balada de antaño.

 Bergman pareció haber alcanzado el apogeo de su arte. Sin embargo, en el transcurso de los años siguientes, su estilo experimentaría un cambio sensible. El cineasta abordó una etapa aparentemente más austera. Una técnica más depurada, una temática más profunda, y un marco infinitamente menos brillante que se ponían al servicio de un pensamiento inquieto y desgarrado: Bergman reconciliaba forma y fondo. Su trilogía (“Como en un espejo”, “Los comulgantes” y “El silencio”, películas dirigidas entre (1960 y 1962) le permitió ajustar cuentas con su educación religiosa. Dejando a un lado su preocupación por el puesto del hombre dentro del Universo para considerar el del artista en el seno de la sociedad.

La década de los ochenta, nos depara un Bergman deslumbrante: “Fanny y Alexander” de 1982 es un canto a la vida. La remembranza de una infancia que reconoce su vocación por la belleza, el arte y la sensibilidad creadora. También es el elogio de la ambigüedad metafísica, la reconciliación, previo reconocimiento, con sus fantasmas: la religión, la disciplina estricta de la vida familiar, el miedo de vivir, la clarividencia de la muerte paradójicamente hermanada con la expresión alegórica de la vida: el arte y la creación. “Después del ensayo” de 1984 es otra reflexión del papel del arte en el mundo. Una puesta en escena, filmada dentro del teatro y concebida con elementos de Escenografía, infaltables en el micro cosmos de Bergman, que aparecen y desaparecen simbolizando la fragilidad y vulnerabilidad del hombre en su efímero quehacer artístico. Como siempre: soberbia y humildad; complejidad y simpleza; belleza y lo vulgar cotidiano; antagonismo y protagonismo; razón y contradicción, en un juego dialéctico de amor y desamor. Bergman se confiesa en su íntima relación con el arte y la analogía de esa existencia tormentosa con “sus” actrices.

 En “Sarabande”, sus viejos temas cobran vigencia histórica: El Incesto y el Arte son “construcciones” del hombre. De ese animal que se rebeló contra su propia naturaleza y por medio de la trasgresión –o del pecado original, según la religión judeo cristiana- hizo de la subversión el motor principal del progreso y de la destrucción al mismo tiempo. De todo esto dio cuenta Ingmar Bergman, “Creador” de una mitología autobiográfica, original y lúcida para lo cual, de manera honesta, desgarró lo más hondo de su alma y nos enseñó y enseña –todavía, aun después de su muerte física- a desnudar el alma en la búsqueda incansable del ser.

III

Ingmar Bergman, el director sueco más conocido a nivel internacional, es uno de los “Maestros del Cine” que incluye la revista Cahiers du Cinema y la editorial Phaidon en su colección de libros. Jacques Mandelbaum hace un completo repaso a una filmografía amplia, dividida en el cine y la televisión, y muy estrechamente ligada a su biografía personal. Mandelbaum -crítico cinematográfico del diario francés Le Monde-  destaca que, a su juicio, el autor sueco es “uno de los directores que ha levado el cine a sus más altas cotas artísticas y figura por excelencia del cine de arte y ensayo europeo”.

Lo primero que destaca es que vida y obra se mezclan irremediablemente en Bergman, trazando una huella personal auto referente. “Como sus ficciones cinematográficas están plagadas de referencias personales y, a la vez, reconoce abiertamente haber novelado sus escritos autobiográficos, dificulta mucho más distinguir lo verdadero de lo falso en la historia de sus orígenes”, explica. Al hilo de esta consideración, el primer cuadro aparte del texto central está dedicado al relato que hizo el propio Bergman de la muerte de su padre en su biografía Linterna mágica.

“Ingmar Bergman es un fruto natural de la cultura escandinava”, afirma el autor del libro, por “el lacerante sentido de la culpabilidad que tortura cuerpo y alma en sus personajes y el juego fundamental de luz y sombra en sus películas”, presente, añade, en la mayoría de los pensadores y artistas escandinavos. “La creación artística siempre se ha manifestado en mí como un hambre”, dice el propio Bergman en un discurso de 1972 incluido en la edición de Cahiers.

Un verano con Mónica (1954) es, en palabras del  crítico francés, un “filme desgarrador que, pese a su sencillez, roza lo sublime”, y se convierte en uno de sus primeros grandes títulos -en el libro se incluye el análisis que hizo Jean-Luc Godard del filme en la revista Arts en 1958-; salto de calidad que luego daría lugar a dos de los más conocidos de entre su filmografía: El séptimo sello y Fresas salvajes, ambas de 1957. Bergman está “en la cima de la gloria”, sin embargo, a partir de ahí traza un rumbo nuevo porque “los artistas más grandes se miden por esa capacidad de cuestionar su trayectoria”. Persona (1966), según Mandelbaum,  se convierte en el mejor ejemplo de “su estrepitosa aportación a una modernidad cinematográfica que se radicaliza”. 


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