viernes, 12 de junio de 2015

DIRECTORES - BRIAN DE PALMA (1940-)






SOY UN PROFANADOR





“Así como El Greco ha pintado siempre el mismo cuadro o Conrad ha narrado siempre la misma historia, De Palma ha filmado siempre la misma película. Desde el esoterismo mórbido de Sisters (Hermanas diabólicas) hasta la demencial catarsis de Carrie, pasando por la rigurosa progresión dramática de Magnifica obsesión (Obsession, quizás su obra maestra hasta el presente), el autor ha elaborado un universo ficcional que desembozadamente busca sus orígenes temáticos, y hasta sus tópicos estilísticos, en la obra del maestro Alfred Hitchcock, haciendo variaciones y subvariaciones como en una interminable jam session, en la cual la melodía matriz ha sido diseminada dentro de una envolvente maraña de sonidos adventicios”. 
Ángel Faretta - "Retrato del artista furioso", 1985.





Cuando Brian De Palma entró en el cine, lo hizo heredando el espíritu transgresor de los sesenta, bien proveniente de la Nouvelle Vague francesa como del Free Cinema británico. Por esas fechas, De Palma llegó a decir que quería convertirse en el Godard americano. En efecto, si citáramos una de las grandes frases del cineasta francés «un travelling es una cuestión moral», e hiciéramos caso de esta premisa, estaría claro que el director de Mission: Impossible (Ídem, 1995) es prácticamente un fascista de la imagen.

La obsesión estética que tiene De Palma, ya incluso en sus primeros films experimentales, le ha llevado a convertirse en uno de los mejores artesanos del panorama cinematográfico actual. Hay muy poca gente que sepa mover la cámara cómo él, ya sea a la hora de la fabricación de portentosos planos secuencia cómo los que abren La hoguera de las vanidades, Snake eyes o Misión a Marte o en complejas set-pieces como la que se desarrolla en los grandes almacenes en Doble cuerpo o el homenaje a Eisenstein presente en Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, 1987).

De Palma es el máximo representante de la gramática cinematográfica. Su vocabulario fílmico es inacabable, ya sea usando la pantalla partida con desigual suerte –bien, en Hermanas y El fantasma del paraíso, bastante mal en Carrie (Ídem, 1976)–, entravellings circulares alrededor de los protagonistas mientras se abrazan –puro sello depalmiano– o en arriesgadas panorámicas de 360º , siendo posiblemente la mejor, las cinco seguidas rodada en Impacto cuando el personaje de John Travolta descubre que le han borrado todas las cintas. Lo que sí podría llevar a la discusión -retomando la frase de Godard- es la necesidad o no de utilizar tantos artefactos visuales en la composición de sus obras. ¿Es justificable el alargamiento de las tomas hasta rozar el virtuosisimo? La respuesta clara sería que toda determinación estética ha de venir acompañada de un desarrollo dramático apropiado.

Entonces, si hemos dicho, que precisamente lo peor de De Palma radica en su irregularidad a la hora de escoger guiones –curiosamente los mejores guiones depalmianos están escritos en parte o totalmente por él, con la excepción, de nuevo, de En nombre de Caín y la autobiográfica Home movies–, está claro que muchas de sus respuestas estéticas pueden resultar fallidas, pero por lo general, se ha de premiar a De Palma por su exquisito gusto a la hora de contarnos una historia, con ayudas visuales o sin ellas. A este respecto, existe una declaración de principios del crítico Jordi Batlle Caminal bastante elocuente: «Adalid de los fuegos de artificio visuales, los arabescos, los planos secuencia, los movimientos circulares, la dilatación del tiempo y el ralentí, los ángulos expresionistas, los picados y las grúas, su cine es barroco, exhuberante, grandilocuente, enfático, ampuloso, excesivo, circunstancia, siempre propicia a la aparición, cómo las setas tras la lluvia, de una legión de detractores>>.

Quienes, sin embargo, jamás negarán que su estilo es arrebatadoramente personal, inconfundible, y que nace del palpable placer de hacer cine, divertirse haciendo cine y haciendo divertir a quienes al cine acuden en busca de seducciones visuales –o hipnosis pura y dura(dera)–, aunque éstas las perpetre, con truculencia y alevosía, el gran mago manipulador de nuestras arterias emocionales». Su primer gran film, fue la pequeña joya titulada Greetings (1968), filme episódico sobre tres amigos, convenientemente underground y antibélico para los tiempos que corrían. La influencia del filme casero de Abraham Zapruder sobre el asesinato de JFK recorre como un espectro todo la película. Luego De Palma acertaría con El fanstasma del paraíso (1974), un musical de estética rayanamente kitsch, basado en El fantasma de la ópera. Un himno pop al amor eterno que visto hoy permite reflexionar sobre si la verdadera evolución del musical no llegó a su fin en los años setenta.

Ya en Greetings (Ídem, 1968), el personaje de Jon Rubin, interpretado por un joven Robert DeNiro que debutaría en el cine junto a De Palma con la endeble The wedding party (Ídem, 1963)–, se descubría a sí mismo cómo un mirón de “momentos íntimos”, cómo se ve, ya había señales de Hitchcock antes de Hermanas. La figura del vouyeur ha acompañado siempre al espectador cinematográfico desde sus inicios, de tal manera, que el espectador es un mirón en si mismo. Así que cuando Hitchock en La ventana indiscreta o De Palma en Doble cuerpo nos pone a un mirón cómo protagonista, el vouyeurismo del espectador se convierte en algo casi asfixiante, pues la interrelación entre el film y el público se multiplica, hasta convertirse en algo pornográfico con el uso de la, tan querida por el autor, cámara subjetiva.


Su obra iría sumando adeptos y adentrándose en terrenos cada vez más oscuros, como resulta ser su osada versión de Carrie (1976). De la comedia terrorífica de sus inicios, De Palma evolucionó al terror cómico, pues la risa y el miedo están inextricablemente unidos en el imaginario norteamericano. Carrie, el Stephen King mejor adaptado al cine, fue su trampolín al sistema. La mirada perversa de De Palma doblaría la apuesta en Blow Out (1981). Atacado de cinefilia, De Palma rescata la obra maestra de Antonioni Blow Up -a su vez basada en un relato de Cortázar- y la sazona con elementos de La conversación, de Coppola. De este modo construye uno de sus thrillers más sólidos.


Inmerso en el cine de gángsters, el cineasta neoyorkino rodaría El precio del poder (1983), una crónica del ascenso y la destrucción de un refugiado cubano (Al Pacino) al trono del narcotráfico en Miami. Debido a sus excesos ochenteros, resulta una revisión desaforada y sangrienta del Scarface de Howard Hawks. Luego llegaría su enésimo homenaje al maestro del suspenso en Doble cuerpo (1984). A caballo entre La ventana indiscreta y Vértigo, De Palma quiso distinguirse como el sucesor de Hitchcock. Pero a diferencia del inglés, el estilo gritón y la audaz puesta en escena quedan descompensados respecto al poder de la trama.

Casi todos los protagonistas de De Palma, desde Jon Rubin a Elliot Ness o a los astronautas de Misión a Marte, se convierten en espectadores pasivos de lo que acontece. La sensación de fatalidad en casi todos los films , vienen precisamente por esa incapacidad de los protagonistas de evitar una catástrofe. Ni Nancy Allen puede salvar a Angie Dickinson en Vestida para matar, ni Travolta a Allen en Impacto, ni el soldado Eriksson evitar que violen a la vietnamita en Corazones de hierro (¡incluso Ethan Hunt no puede evitar que mueran todos sus compañeros de Mission: impossible!). El drama se apodera así de las películas de DePalma confiriéndoles un halo trágico poco común en el cine estadounidense. Los finales amargos de Carrie, La furia, El precio del poder, Atrapado por su pasado y, sobretodo, Impacto resultan verdaderas exquisiteces para el espectador ávido de emociones. Es por ello, que posiblemente El fantasma del paraíso sea la mejor obra de De Palma, pues pese a ser trágica e irreverente, posee todas las excentricidades dignas de la comedia más disparatada, conjugándose un imposible cruce entre Fausto, El fantasma de la ópera y las Óperas Rock de la época. La tragedia trasciende a la comedia y se convierte en un acto de cine cult puro, en las antípodas de las que serían sus obras más logradas, mucho más contenidas, cómo pueden ser Fascinación y Atrapado por su pasado.

Los intocables de Eliott Ness (1987) constituiría, probablemente, su película más equilibrada, con un reparto irrepetible, este duelo en las calles de Chicago entre Al Capone y el comisario federal Elliot Ness ha quedado como una potente crónica gangsteril. Algunos homenajes cinéfilos rozan la intertextualidad. Mientras que La hoguera de las vanidades (1990) -adaptación del best-seller de Tom Wolfe- reuniría el súmum de los excesos estilísticos de Brian de Palma, quien creyendo que el público debe sentir la misma confusión que los personajes de la corrupta Gran Manzana, alcanzan aquí su cima. Sea cómo fuere, al final tenemos que rendirnos ante la sabiduría fílmica de De Palma a la hora de dibujar todo tipo de thrillers, género en el que mejor se ha desenvuelto, tras sus fracasos en la comedia cómo Wise Guys o Home movies y el drama cómo Corazones de hierro. 

Y es que aunque las películas de De Palma cuenten muy poco, cómo Vestida para matar o Snake Eyes, su visión es pura excitación para el espectador necesitado de talento y entretenimiento tras la cámara. Seguramente a muchos les parecerá risible, y con razón, el final filosófico de Misión a marte, pero pocos no sabrán rendirse ante la emoción contenida en la muerte espacial del protagonista al que pone cara Tim Robbins, o, simplemente, ante la maravillosa secuencia de los bailarines en la ingravidez simulada. Es por ello, que sí además de esa estética portentosa, nos cuenta historias cómo El precio del poder, Doble cuerpo, Los intocables de Elliot Ness o Snake Eyes, todas ellas con sus propios altibajos, la propuesta resulta exquisita, dado el buen hacer del realizador en dicho género.


Lo que principalmente distingue al cine de Brian De Palma del de cualquier otro cineasta es un estilo inconfundible y una puesta en escena desbordante. Una mirada deliberadamente manipuladora y «fantástica» con la que su ojo registra la acción y dota a cualquiera de sus realizaciones de un aspecto sobreexpuesto y una realidad teatralizada e inverosímil bañada por lo onírico y lo irreal. La sabia utilización del montaje, la cámara lenta y la profundidad de campo, cuando no de espectaculares y largos planos secuencia, morosos travellings, sinuosas panorámicas o sorprendentes picados, que se apoyan en una banda sonora subyugante, le sirven al director de instrumento con el que manipular la percepción de la secuencia, introduciendo un elemento de abstracción indefinible. Es ahí donde el tiempo se dilata hasta límites insostenibles, y aparecen las grandes set pieces que han cimentado su fama, momentos de gran intensidad dramática que ya permanecen imborrables en la memoria del espectador: el doble de cuerpo del otro lado de la pantalla. 

La coronación y posterior baño de sangre en Carrie. La huida de Gillian del Instituto Paragon en La furia. La escena del museo, el asesinato en el ascensor o la persecución en el metro de Vestida para matar. La imaginativa reconstrucción del atentado y el asesinato de Sally en Impacto. La sangrienta encerrona de los traficantes de coca a Tony Montana y su muerte en el violento final de El precio del poder. El largo seguimiento en las galerías comerciales y el dilatado asesinato de la mujer en Doble cuerpo. La escena de la estación o la persecución por los tejados en Los intocables de Eliot Ness.  El exhibicionista plano secuencia por distintos decorados con el que arranca La hoguera de las vanidades. Eriksson a punto de ser acuchilado bajo tierra y el asesinato de la vietnamita en Corazones de hierro. El largo plano secuencia en la comisaría y el climax final de En nombre de Caín. El tiroteo en el billar y el largo climax final de Atrapado por su pasado. La fallida operación con trágico final en Praga, el robo del disquete en la sede de la CIA y el apoteósico final en el tren de alta velocidad en Misión: imposible. El largo plano secuencia que abre Ojos de serpiente y la persecución paralela en el casino. 

Su indiscriminada explotación de todos los recursos del lenguaje cinematográfico transforman cada uno de sus trabajos en un perfecto y completo catálogo didáctico en el que conviven las grandes panorámicas, el inserto, las grandes angulaciones de cámara, los contundentes picados, los zooms, las pantallas divididas y los cicloramas. Nada es desechado en beneficio de la emoción. El director presume y exhibe su virtuosismo, y el espectador es recompensado con un momento de magia cinematográfica. 




Filmografía:

2013  Passion 
2007  Redacted
2006  The Black Dahlia
2002  Femme Fatale
2000  Mission to Mars
1996  Mission: Impossible
1993  Carlito's Way
1991 Raising Cain
1990 La Hoguera de las Vanidades
1989  Casualties of War
1987  The Untouchables
1986 Wise Guys
1985  Body Double
1984 Home Movies
1983  Scarface
1981  Blow Out
1980  Dressed to Kill
1978 La Furia
1977  Obsesión
1976  Carrie
1974  Phantom of the Paradise
1973  Sisters 
1972 Get to Know your Rabbitt
1969 Dionisio en '69
1969 Crimen a la Moda
1968  Hi, Mom
1968 Greetings

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