miércoles, 24 de septiembre de 2014

DIRECTORES - Cecil B. DeMille (1881-1959) // Parte I












Corre el año 1913. En Hollywood, un experimentado y gran conocedor del mundo del espectáculo llamado Cecil B. DeMille (1881-1959) funda junto a Oscar Apfel (1878-1938), Samuel Goldwyn (1879-1974) y Jesse L. Lasky (1880-1958) la Lasky Feature Play Company, la que luego se convertiría en la Paramount Pictures. Un año después producirían su primera película: "The squaw man" (El mestizo), el primer largometraje con sonido filmado en Hollywood. Algo más de cuatro décadas más tarde, mientras rodaba en Egipto "The ten commandments" (Los diez mandamientos), aquel pionero del cine estadounidense sufría un ataque al corazón que casi le costó la vida. Desoyendo las órdenes de su médico, una semana después estaba de nuevo dirigiendo la película. Fue un aviso. La noche del 20 de enero de 1959 sufrió una nueva dolencia cardíaca. 

Recibió en su casa de aquel barrio, el más famoso de Los Ángeles, cuna de la industria del cine, la visita de su médico, quien le recomendó acudir al hospital. "No, creo que en su lugar iré a la morgue", contestó DeMille. En efecto: falleció al día siguiente. Muchas cosas ocurrieron en la industria cinematográfica entre una y otra fecha: la incorporación del color tras las iniciales películas en blanco y negro, el paso del cine mudo al cine sonoro, la fundación de la Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood, la aparición de la pantalla panorámica, la caza de brujas maccarthysta, etc. En todas ellas estuvo presente Cecil B. DeMille, cuyo itinerario creativo transcurrió entre los relatos del viejo Oeste, los melodramas moralistas, las historias de aventuras y las leyendas bíblicas, realizaciones todas ellas provistas de algún toque de erotismo fetichista y un extraordinario sentido del oportunismo comercial.

Hijo de dramaturgos, Cecil -al igual que su hermano mayor William DeMille (1878-1955), pronto se convertiría en actor y guionista de obras teatrales. Tras estudiar en la New York Acadademy of Dramatic Arts, consiguió interpretar algunas obras en Broadway y formó parte, entre otras, de la compañía de la actriz canadiense Mary Pickford (1892-1979). Durante los años siguientes se dedicó a producir y dirigir algunas obras y a escribir otras, a veces con su hermano William, lo que le ayudó a alcanzar la experiencia suficiente y a conocer la puesta en escena, la dirección de actores y el mundo del espectáculo en general. Pronto se animaría a entrar de lleno en el mundo del cine, medio en el que tenía buenos contactos y donde conocía a numerosos empresarios, y comenzaría una carrera que duraría alrededor de cuarenta años, en los que realizaría y produciría más de setenta películas.

Desde sus primeras obras -"The call of the North" (La llamada del Norte), "The girl of the golden West" (La muchacha del dorado Oeste), "Temptation" (Tentación) o "Joan the woman" (Juana de Arco)- DeMille demostró una gran preocupación por las historias que contaba, desde el guión hasta la representación. En este sentido, formó parte del reducido grupo de directores que buscaron consolidar una estructura narrativa eficaz para el progreso del relato y la aplicación de los recursos necesarios para obtener una mayor expresividad. Rodeado de un buen equipo de operadores/directores de fotografía -Alvin Wyckoff (1877-1957) en sus comienzos y posteriormente otros como Karl Struss (1886-1981), Victor Milner (1893-1972) y J. Peverell Marley (1901-1964)- y con la colaboración de la guionista Jeanie MacPherson (1887-1946) y la montajista Anne Bauchens (1882-1967), en aquellos años De Mille decidió trabajar sobre temas más comprometidos que oscilaban entre la comedia simple y los dramas que ahondaban en los problemas de pareja, los que, a pesar de ser vistos desde postulados conservadores, encerraban ciertas críticas a los convencionalismos sociales. 

Esto puede verse en films como "Male and female" (Macho y hembra), "Why change your wife?" (¿Por qué cambiar de esposa?), "Forbidden fruit" (La fruta prohibida), "Adam's rib" (La costilla de Adán) o "Something to think about" (La fuerza del querer), con las que refrendó su interés por introducir sugerencias moralistas contrastadas con la sensualidad de las protagonistas. Luego, ya entrado en el periodo sonoro y siempre sustentándose en su concepción épica del espectáculo, De Mille amplió de forma harto elocuente las producciones rubricadas por su personal grado de sadomasoquismo y erotismo, algo difícilmente aceptable para la época y que puede observarse en films como "Madame Satan" (Madame Satanás), "The sign of the cross" (El signo de la cruz), "This day and age" (La juventud manda) o "Cleopatra", entre otras.

En julio de 1958, días antes del estreno en Uruguay de "Los diez man­damientos", el que sería el último film de DeMille, Alsina Thevenet publicó en "El País" un extenso artículo que, dividido en tres notas, apareció en tres días sucesivos. La primera parte se tituló "Más modesto que nadie".

Llovía tanto en Flagstaff, Arizona, aquel día de 1913, que Cecil B. DeMille y su troupe siguieron viaje hasta California para empezar en otro sitio la filmación. Eran enviados por la Jesse L. Lasky Feature Play Company, una empresa que tenía apenas 20.000 dólares de capital, aporta­do por DeMille, por Lasky y por un cuñado de éste que fabricaba guantes; se llamaba Sam Goldfish y no tardaría en llamarse Samuel Goldwyn. Los tres tenían los derechos de una obra teatral de Edwin Milton Royle, tenían a un actor teatral llamado Dustin Farnum y tenían la obsesión de hacer cine, una carrera que en aquel momento era una aventura. Mientras sus socios quedaban en New York, DeMille y su equipo llegaron a Los Ángeles, arrendaron un galpón en un suburbio llamado Hollywood ($ 25 por mes) y comenzaron el 29 de diciembre de 1913 la filmación de "The squaw man", cinco rollos rodados en poco menos de cuatro semanas, con un costo de $ 15.450,15 y un rendimiento pos­terior de $ 255.000. La empresa fue el antecedente de la posterior Paramount, el galpón fue el antecedente de su ubi­cación física, y Hollywood fue el antecedente de una indus­tria allí nacida.

Desde fundar Hollywood hasta el rodaje de sus films más largos y más caros, la carrera de Cecll B. DeMille ha estado compenetrada con el cine americano hasta un grado inigualable. El apodo de "Mr. Motion Pictures" es sólo uno de los síntomas de esa identificación. Dentro del cine, ha servido como directivo en la Academia de Artes y Ciencias, en fondos de ayuda, en bancos que él mismo creó para otorgar préstamos a cinematografistas. Ha recibido de la Academia un premio especial en 1949 por treinta y siete años de tra­bajos distinguidos, otro en 1952, denominado "Irving G. Thalberg Memorial Award", por trabajos destacados como productor, y un Osear en 1952 por un film probablemente titulado "El espectáculo más grande del mundo", que la Aca­demia creyó que era el mejor del año, aunque no sería fácil encontrar críticos cinematográficos que refrendaran ese pronunciamiento (en la lista de films para elegir en ese año, la Academia desestimó "A la hora señalada" de Fred Zinnemann, "El hombre quieto" de John Ford, "Su primer millón" de Charles Crichton, "Viva Zapata" de Elia Kazan y "Moulin Rouge" de John Huston).

Fuera del cine, pero como una consecuencia indirecta de su carrera, DeMille ha sido el beneficiario de otros homenajes: Caballero de la Orden Sa­grada del Santo Sepulcro de Jerusalén (1928), Oficial de la Orden de Orange-Nassau (otorgado por la Reina Guiller­mina de Holanda en 1944), varias distinciones en letras y en bellas artes, y otras de orden cívico vinculadas a su labor personal en campos tan distintos como el cáncer, la educa­ción, la aviación civil y militar. El evangelista Billy Graham lo llamó "un profeta en el celuloide que ha tenido el pri­vilegio de llevar algo de la palabra de Dios a más gente en el mundo que ningún otro hombre". Y el municipio de Los Ángeles debe haber pensado en él cuando denominó DeMille Drive a la avenida en la que vive; es quizás caracte­rístico que su casa de componga de dos casas unidas por un corredor cubierto de vidrios.

Antes de hacerse famoso, DeMille ya era religioso y em­prendedor. Nació el 12 de agosto de 1881 en Ashfield, Massachusetts, de padres americanos y lejana ascendencia holan­desa. El padre era un culto conferenciante que escribía obras de teatro y llegó a producirlas; los dos hijos estudiaron la Biblia y Cecil habría de decir más tarde que los hé­roes bíblicos fueron para él lo que los personajes noveles­cos y cinematográficos suelen ser para otros niños. En su juventud quiso alistarse para la guerra con España, pero era demasiado joven; en 1900 era actor; en 1902 se casó con Constance Adams; en los años siguientes continuó ha­ciendo y escribiendo teatro. Así llegó a 1912 y al comienzo cinematográfico que sería involuntariamente la fundación de Hollywood. En los cuarenta y cinco años siguientes hizo setenta films, cuya lista completa y detallada sólo podría ser publicada en dia­rios por cronistas que no sepan qué hacer con el espacio.

En ese conjunto un rasgo importante es la creación de es­trellas: Gloria Swanson, Wallace Reid, Thomas Meighan, Jack Holt, Richard Dix, H.B. Warner, Bill Boyd y otros cuya carrera fue comenzada o impulsada por DeMille. Otro rasgo es el aprovechamiento de estrellas existentes, de las modas ya aprobadas, de los argumentos que ya resultaron atractivos. Pero se le han atribuido innovaciones. En 1914, cuando rodaba "The man from home", utilizó un foco arti­ficial, que en un primer plano presentaba iluminada sólo una mitad del rostro del actor, con el resultado de que en Nueva York pensaron que los exhibidores sólo querrían pagar una mitad del precio convenido. "¿No reconocen la iluminación Rembrandt cuando la ven?", argumentó DeMille. Y entonces Goldwyn, que sabe reconocer una frase de publicidad cuando se la repiten, aceptó con elogios: "Por iluminación Rembrandt los exhibidores pagarán do­ble".

Entre otros procedimientos técnicos, se atribuye a DeMille la creación de un balancín que dio movilidad hori­zontal a la cámara, y la de una envoltura con la que en 1928 cubrió una cámara sonora, consiguiendo hacerla ágil sin contratiempos para el micrófono. Se le atribuye el primer film americano coloreado a mano ("Joan the woman", 1917), el primer film religioso ("Los diez mandamientos", 1923, pero éste es un dato controvertido), la primera protección de lo filmado con el sistema del doble negativo (desde "The squaw man", 1913), el primer uso de un megáfono en el set, el primer uso de altoparlantes para dirigir a cen­tenares de extras, y la primera entrevista periodística que se haya realizado en un avión. En rigor histórico habría sido el segundo hombre en partir al medio las aguas del Mar Rojo. La importancia actual del cuarto de baño en la construcción de viviendas es un hecho que entre otros antecedentes reconoce el aportado por Cecil B. DeMille en sus comedias mundanas de 1920 y años inmediatos, donde según opinión de su propio hermano William, se elevaba el baño a la categoría de institución; esa tenden­cia, estilo o inspiración se mantuvo hasta 1932, fecha en que DeMille bañó a Claudette Colbert en "El signo de la cruz", con la alegada leche de cabra que utilizaba Popea.

El éxito de casi todos los setenta films ha permitido a DeMille vivir rodeado de libros religiosos y anunciar que el producido de sus últimos "Diez mandamientos" será desti­nado a obras de beneficencia. Su "Rey de reyes" ha sido visto desde 1926 hasta hoy por 700 millones de personas (estimación de Paramount), y los mismos "Mandamientos" modernos figuran entre los films de más éxito de la ac­tualidad. A DeMille le gustan esos films. A principios de 1952 el Festival Mondial du Film et des Beaux Arts de Belgique preguntó a un centenar de directores cuáles eran los mejores films del mundo y DeMille eligió algunos espec­taculares: "Ben Hur" (1925), "Cabiria" (1913), "Lo que el viento se llevó" (1939). También eligió entre esos diez a "Los diez mandamientos" (1923), "Rey de reyes" (1926), "El signo de la cruz" (1932) y "Sansón y Dalila" (1949). Los cuatro habían sido dirigidos por él mismo. A esa altura no había terminado todavía un film que probablemente se llamó "El espectáculo más grande del mundo" ni había comenzado los últimos "Diez mandamientos", pero de ambos ha opinado luego que real­mente le gustan. No ha tenido oportunidad de actualizar su voto.

Un día que se sintió realmente modesto Cecil B. DeMille escribió un artículo titulado "Olviden el espectáculo; es el argumento lo que importa" (en "Films and Filming", octubre 1956), donde sostiene que hay una sola forma de narrar un asunto, y esa forma está dictaminada por el asunto mismo. La forma de los films de Cecil B. DeMille ha sido siempre muy parecida, y está muy desarrollada la teoría de que le importan muy pocos asuntos.

La historia del arte cinematográfico en su concepto de espectáculo como combinación de entretenimiento y calidad en dosis parejas está indisolublemente asociada al nombre de Cecil B. DeMille. Una difícil mezcla que, sin embargo, abundaba en la producción fílmica de lo que se conoce como el período clásico de Hollywood. Narrador de grandes gestas heroicas, a partir de 1923, DeMille decidió ampliar su horizonte como productor. Se alió con Adolph Zukor (1873-1976) para realizar la que sería la primera versión de "The ten commandments" (Los diez mandamientos) y, dos años más tarde, se independizó para fundar la Producers Distributing Corporation con la que realizó, entre otras, "The king of kings" (El rey de reyes), "The Volga boatman" (El barquero del Volga) y "The road to yesterday" (La huella del pasado), películas de alto presupuesto y compleja realización que, sorprendentemente, alcanzaron una notoriedad fuera de lo común y que marcaron la trayectoria de DeMille. No obstante, el propio realizador diría por entonces que su trabajo le resultaba mucho más atractivo al dirigir melodramas como "Triumph" (Triunfo), "The golden bed" (La cama de oro), "The wise wife" (La conquista del marido) o "The godless girl" (La incrédula).


A partir de la implantación del sonido, De Mille realizó varias películas de aventuras, entre ellas "The plainsman" (Búfalo Bill), "Reap the wild wind" (Piratas del Mar Caribe), "The buccaneer" (Los bucaneros), "North West Mounted Police" (Policía Montada del Canadá), "Union Pacific" (Unión Pacífico), "Four frightened people" (Cuatro personas asustadas) y "Unconquered" (Los inconquistables). También retomó temas históricos clásicos con films como "The sign of the cross" (El signo de la cruz), "Cleopatra" y "The crusades" (Las cruzadas) y, desde luego, los temas bíblicos que fueron un referente en toda su filmografía con "Samson and Delilah" (Sansón y Dalila) y la versión definitiva de "The ten commandments" (Los diez mandamientos), la que marcaría el final de su carrera, intercalando entre ambas el drama "The greatest show on earth" (El mayor espectáculo del mundo).

A pesar de lo extenso de su obra cinematográfica, DeMille no fue muy premiado por la Academia. No llegaron a la treintena las nominaciones y sólo consiguió el Oscar a la Mejor Fotografía por "Cleopatra", al Mejor Montaje por "Policía Montada del Canadá", a los Mejores Efectos Especiales por "Piratas del mar Caribe" y a la Mejor Película y Mejor Guión Original por "El mayor espectáculo del mundo". De todas maneras, en 1949 recibió un Premio Oscar Honorífico por toda su carrera.

"Ningún hombre es mejor que lo que deja tras él", dijo Cecil B. DeMille en el largo discurso con que recibió (22 de enero de 1956) el "Milestone Award" conferido por el Screen Producers Guild. Pronunció varios conceptos de alto civismo en esa ocasión, rodeado por muchos productores de Hollywood y por Jesse Lasky y Samuel Golwyn, que fue­ron sus primeros socios en 1913. La responsabilidad del cine, el inmenso público que congrega, la necesidad de des­cribir no sólo el Bien sino también el Mal (como contraste, como acción, como realidad, como educación), la incom­prensión de algunos organismos censores, fueron algunos de sus temas. Hacia el final declaró: "Hacemos bien en combatir la censura, pero la mejor forma de combatirla es no darle fundamentos sólidos para atacarnos mientras defendemos hasta el máximo nuestro derecho de retratar al mundo tal como es".

Entre lo que de Mille dejó tras él figuran comedias y dramas muy comunes en el cine americano, antes y des­pués de sus fechas respectivas, pero figuran también dos tendencias en las que ha insistido. Una es el gran film de acción, frecuente reconstrucción de época, grandes masas orientadas por altoparlantes y construcciones colosales que se derrumban. Es el caso de "El signo de la cruz" (1932), "Cleopatra" (1934), "El llanero" (1936), "El bucanero" (1937), "Unión Pacífico" (1938), "Los siete jinetes de la victoria" (1940), "Piratas del Caribe" (1941), "La historia del Dr. Wassell" (1943), "Los incon­quistables" (1946) y un film probablemente titulado "El espectáculo más grande del mundo" (1952). Choques de ferrocarriles, barcos abordados, hordas indias al ataque, centenares de extras, de armas, de gritos, han ayudado a Cecil B. DeMille a defender hasta el máximo su derecho a retratar el mundo tal como es. La segunda ten­dencia está muy entrelazada con la primera y se basa en temas religiosos, frecuentemente tomados de la Biblia. Esta modalidad se integra con "Los diez mandamientos" (1923), "Rey de reyes" (1926), el mismo "Signo de la cruz" (1932), "Las cruzadas" (1935), "Sansón y Dalila" (1949) y "Los diez manda­mientos" (1956), sin perjuicio de zonas religiosas menores en films de otro orden; hoy sería interesante revisar de más cerca la filosofía de "Seamos salvajes" (1934).

Los films religiosos no han implicado necesariamente una actitud religiosa en el realizador. Con la teoría de que hay que hacer un espectáculo para atraer al público hasta la parroquia, DeMille ha colocado también ruido y fragor y sexo en sus grandes historias: en los primeros "Diez mandamientos", Moisés recibe la voz divina en la parte superior del monte, mientras abajo se desarrolla una gran bacanal alrededor del Becerro de Oro. Y aunque es eviden­te el aprovechamiento de temas bíblicos en varios de los films, es difícil averiguar el mensaje espiritual que dejan "Las cruzadas" o "Sansón y Dalila". El sentido de esos films ha sido descrito como "sexo tras la fachada bíblica" y la ex­plicación del éxito es que los públicos se sienten atraídos por la espectacularidad, por las estrellas y por otros facto­res que no son la religión; es interesante comparar las recaudaciones de DeMille con el fracaso de un film religioso tan serio y complejo como el "Barrabás" de Sjöberg, que no tenía estrellas de notoriedad. El crítico Arthur Knight va­lora así a DeMille: "Más que ningún otro director de la época, parece haber apreciado una dualidad básica de los públicos; por un lado su tremenda ansiedad por ver lo que consideraban pecaminoso y tabú, y por otro el hecho de que podían regocijarse con el pecado solamente si podían conservar su propio sentido de respetabilidad durante ese proceso. Ciertamente, DeMille les daba toda oportunidad posible".

DeMille tomó también para sí mismo toda oportunidad posible. Hizo films patrióticos en 1917 y en 1943, aprove­chó hacia 1921 la tendencia a la comedia mundana, con grandes cuartos de baño y mujeres en tules vaporosos, y aprovechó el habitual melodrama de vampiresa pérfida que rebaja al hombre bueno, para incorporar a ese cuadro mo­derno los diez mandamientos de los cuales se habla, en una evocación bíblica que dividió en dos partes a ese film de 1923. Visto como un retrato del Bien y del Mal, o como una descripción del mundo, este continuo cuadro de DeMille es difícil de creer. "No conozco un drama mayor que la historia de Moisés", escribió Cecil B. DeMille hace dos años. "Piensen en él; un niño condenado a morir y puesto a la deriva en un canasto. Es encontrado por la hija del mismo rey que lo había condenado. Lo lleva al palacio, donde es educado como un noble de la corte. Entonces él descu­bre que no tiene sangre real. ¿Cómo se siente? ¿Qué ha­ce? Aquí están todos los elementos de un drama mag­nífico".

Para revelar este suspenso brutal, que estaba resuelto hace tres mil doscientos años, Cecil B. DeMille comenzó el 14 de octubre de 1954 la filmación de "Los diez mandamien­tos", que le llevaría dos años de labor y faenas colosales en Egipto, donde los extras fueron contratados por tri­bus y no por personas, y donde las construcciones efec­tuadas especialmente resultaron tener más atractivo tu­rístico inmediato que las propias pirámides, las cuales contemplaban a DeMille desde una altura de cuarenta siglos. El trabajo de filmar la separación de las aguas del Mar Rojo no pudo ser realizado en el mismo Mar Rojo, presumiblemente por falta de colaboración de las aguas, y debió ser transferido a Hollywood, donde DeMille volteó paredes que separaban los estudios de RKO y de Paramount y aprontó complejas instalaciones donde se volcaban en dos minutos trescientos mil galones de agua cola­boradora. En toda esta filmación, que está repleta de cifras, de estrellas, de actores menores, de miles de ex­tras, de vestuarios y de barbas, DeMille no especificó otra intención religiosa que la de crear un material (la esencia de la ley) común a las diversas doctrinas cris­tianas, judías y musulmanas. No era presumible que eli­giera a unas doctrinas contra las otras.

DeMille tiene el suficiente sentido del humor como pa­ra haber intervenido brevemente como actor en "Sunset Boulevard" (El ocaso de una vida, 1949), donde el gracioso de Billy Wilder le hacía decir que no podría filmar cierto tema "porque saldría muy caro". Es el único chiste per­sonal reconocido por DeMille en cuarenta y cinco años de carrera. En cambio le molesta, documentadamente, que el "Éxodo" de "Los diez mandamientos" haya sido llamado "Séxodo" por un cronista contemporáneo, y no es probable que le guste la difundida versión de que con los doce millones invertidos en su último film, cada mandamiento sale a más de un millón. Chistes aparte, no debiera preocupar a DeMille que le hagan frases con la que considera su obra mag­na, la más cercana a su intención de origen. En un re­ciente texto alegó que los críticos serios no hacen chistes sino que analizan obras. Así despertó la tentación diabó­lica de revisar lo que los críticos serios han dicho de él.

El interés de DeMille por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre, quien fuera pastor de una iglesia episcopal y probara suerte como actor y escritor de varias obras representadas en el Madison Square Theater de Nueva York, y de su madre, la que, tras la muerte de su esposo, fundó una escuela para niñas y una compañía de teatro para mantener a sus hijos. Pero DeMille fue más allá y mezcló la religiosidad con el mercantilismo en sus gigantescas películas, con miles de extras, efectos especiales nunca vistos, escenarios monumentales y una voracidad descomunal por los beneficios económicos, un aspecto que tal vez proviniese de su paso por el directorio del Bank of Los Angeles (que más tarde se convertiría en el Bank of América), un puesto que le sirvió para vincularse con los grandes financistas de la industria cinematográfica.

Durante los años '20, la industria del cine en Estados Unidos tuvo un éxito arrollador. Miles de espectadores acudían a las salas para disfrutar del espectáculo. Pero, a partir de la Gran Depresión del año 1929, la industria hollywoodiense se encontró ante un dilema: habiendo invertido importantes sumas de dinero en sus producciones, comenzó a notar que las salas se vaciaban debido a la crisis económica que asolaba al país. Según DeMille, uno de los pioneros de Hollywood, los norteamericanos sólo sentían atracción por el sexo y el dinero, y Hollywood reaccionó en consecuencia. Para ellos, el cine era una industria pensada para ganar dinero, así que los directores recurrieron al sexo, la violencia, el adulterio o las drogas para volver a llenar las salas. Semejante despliegue en las pantallas pronto habría de chocar con el puritanismo del pueblo estadounidense. La cada vez más atrevida producción cinematográfica hollywoodiense iba paulatinamente ignorando, e incluso muchas veces contradiciendo, los principios morales tradicionales. DeMille, un vanguardista en la materia, en "Manslaughter" (El homicida) de 1922, filmó el primer beso del cine entre dos lesbianas. Y cinco años después, en "Rey de reyes", una sensualísima Jacqueline Logan (1901-1983), en el papel de María Magdalena, enloquecía a los espectadores. Y fue más lejos aún en "El signo de la cruz de" 1932, en la que Claudette Colbert (1903-1996) destilaba erotismo y se bañaba con leche de cabra.



Fuente:  http://eljineteinsomne2.blogspot.com.ar/ 
Texto de: Homero Alsina Thevenet para "Personalidades del cine". Diario El País, Montevideo, 1990.



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