lunes, 12 de mayo de 2014

CINE EUROPEO - Blanc / Tres colores: Blanco (Trzy Kolory: Biały, 1994) de Krzysztof Kieślowski // parte I







BLANCO, LA IGUALDAD (parte I)




* * * * *
EXCELENTE



    “Blanco es una película sobre la Igualdad entendida como contradicción. Entendemos como concepto de “Igualdad” que todos queremos ser iguales. Pero pienso que esto es absolutamente falso. No creo que nadie quiera realmente ser “igual”. Todo el mundo quiere ser “más igual”. Hay un dicho en polaco: Están aquellos que son iguales y aquellos que son “más iguales”. -  Krzysztof Kieslowski, en “Kieslowski on Kieslowski”, ed.Faber and Faber, 1993.


Sinopsis:

¿Habrá ganadores y perdedores? ¿Se podrán sostener los acuerdos y valores iniciales? ¿Hay amor cuando se es humillado? ¿Acaso la humillación no es una forma de maltrato hasta niveles obsesivos? ¿La obsesión nos permite ser libres? ¿Es lo mismo obsesión que pasión? Y tantas preguntas más podrán desplegar al ver TRES COLORES: BLANCO – una de las partes de la Trilogía presentada por el cineasta polaco-francés  Krzysztof Kieslowski.


Ambientada primero en París y después en su Polonia natal, “Blanco” es la segunda película de la trilogía “Tres colores” de Krzysztof Kieslowski, una especie de bisagra o puente entre “Azul” y “Rojo” y también entre los dos países de su vida. En ella traza a la vez una delicada historia de amor que parece imposible pero que está llena de esperanza y futuro, y una feroz crítica a la política capitalista que había inundado su patria dinamitando sus principios morales: un elemento intimista frente a otro ético-político, planteados ambos en un difícil equilibrio que permite momentos para la reflexión y otros llenos de emoción.

Reseña:

Esta es una historia sobre la negación de la igualdad. El concepto de igualdad sugiere que todos somos iguales. Sin embargo, yo creo que esto no es cierto. Nadie quiere ser el igual de su próximo. Cada uno quiere ser más igual”. Kieslowski, con sus propias palabras, resume el espíritu de la historia de un inmigrante polaco que no logra retener el sueño de la Europa occidental (esto es, de su mujer francesa) y debe volver a su país de origen. Allí, en una Varsovia que se asoma al capitalismo salvaje, deberá buscar nuevas vías de conseguir su objetivo de abrazar el capitalismo occidental, donde la igualdad es un concepto tan cacareado como cuestionable.

En Trois Couleurs: Blanc  "Blanco" volvemos a ser testigos de un intimista estudio de personajes, una representación de humanidad que se traslada de París a los fríos y blancos parajes de la Polonia natal de Krzysztof Kieślowski. El tono de esta cinta es sin duda más amable que el de Trois Couleurs: Bleu (Azul), pero no nos equivoquemos: estamos ante una comedia triste, en palabras del propio director; y aunque por momentos nos haga sonreír debido a las disparatadas situaciones que atraviesa Karol (deliciosa e ingenuamente interpretado por Zbigniew Zamachowski), no deja de atenazarnos en ningún momento, pues esa actitud de abandono y desorientación debida a la muerte (o, quizás, debida a la vida) de su anterior obra, pasa a ser aquí un macabro juego relacionado con la propia muerte, una lección de búsqueda de los verdaderos propósitos que nos mueven a hacer lo que hacemos, una historia de amor imposible, retorcida pero a la vez necesaria para dar sentido a los comportamientos que vemos en pantalla...

El tema de la bandera francesa pretende ser la Igualdad en esta cinta, y como igualitaria podemos definir esa intención del personaje principal por encauzar su vida, huyendo de un país que le es extraño y que le impide sentirse dueño de sí mismo para poder cumplir con su mujer. Esta (una fría pero maravillosa Julie Delpy, como una gatita continuamente en celo) lo abandona por no sentirse satisfecha sexualmente, y Karol decide entonces regresar a Varsovia oculto en una maleta, donde comenzará desde cero e irá amasando una fortuna que le permita volver por todo lo alto.

Al principio adivinamos que se trata de un hombre torpe, un peluquero sin recursos que nada puede hacer contra la aparente frivolidad y sangre fría de su mujer, pero poco a poco (como sucede todo en el cine de Krzysztof Kieślowski) vamos descubriendo que detrás de esa apariencia se oculta alguien decidido, al que no le importa dejar atrás sus escrúpulos para rehacer su vida (así consigue crear su propia empresa, llega a hacerse rico y devuelve las ganas de vivir a aquel único amigo que le ayudó a salir de París cuando peor estaban las cosas). Y como se siente seguro en su lugar, en su casa, dueño de sí mismo otra vez, consigue traer a su ex-mujer hasta allí fingiendo su propia muerte. Es entonces cuando descubrimos que ella le amaba de verdad, y que él solo necesitaba igualdad en su relación para poder cumplir con ella. Igualdad de condiciones para poder amarse, pues la humillación a la que era sometido en Francia no pasaba desapercibida ni para el espectador (incluso las palomas, que en Varsovia se alimentan en un vertedero, en París le sobrevolaban y le cagaban en el hombro). 

Sin embargo, y aquí reside la paradoja y el elemento triste del film, cuando ella le pide que se vuelvan a casar, lo hace a través de la mímica, desde una ventana de su celda, en la que se encuentra por haber sido acusada de la mismísima muerte de su marido. Ahora que pueden amarse en igualdad de condiciones, esa igualdad consiste en la reclusión de ambos (ella en la cárcel, y él en el escondite de su muerte fingida). Kieslowski decide cortar aquí, y nos queda ese pozo amargo de no saber qué será de ellos (aunque lo sabremos al final de Trois Couleurs: Rouge (Rojo), película con la que cierra la trilogía). Hay vida, y de nuevo hay amor, ambos comprenden lo que el otro ha tenido que hacer para salvar su relación, pero justo entonces es imposible que puedan volver a estar juntos. 

"Trois Couleurs: Blanc" engrandece gracias a su banda sonora y aparece repleta de exquisitos detalles que a la postre resultan ser ni más ni menos que su alma, como sucede en todos los films de este gran maestro de los sentimientos. Y es que Kieslowski es ese observador obcecado en correr velos sobre la luz del alma humana, que no expone, sino que insinúa mediante expresiones más físicas que verbales, que nos obliga a pensar, a indagar en lo críptico y complejo de nuestros propios sentimientos, confiando tanto en nosotros (que somos sus espectadores) que nos hace correr el riesgo de quedarnos en la superficie y ahogarnos en la orilla. 

 La igualdad y la humillación en las relaciones, todo ello contado con toques de humor sombríos, con una melancolía casi velada, pero que fragua a la perfección para plasmar una genuina historia de amor que, como Kieslowski tan bien sabía, es lo único que todo ser humano puede llevar a su terreno personal para después reinterpretarlo a partir de su experiencia de vida. Como en Trois Couleurs: Bleu (Azul) y en Trois Couleurs: Rouge (Rojo), ésta película usa mucho el color de su nombre, el cielo siempre es casi blanco y en una escena en Polonia el paisaje estaba lleno de nieve blanca.

Como el resto de la trilogía, Trois Couleurs: Blanc también contiene numerosas imágenes, que al principio parecen sin sentido pero después se revela que son flashbacks, flashforwards, o referencias de otra película de la trilogía: El Tribunal estaba reunido, los jueces, los abogados de Dominique (Julie Delpy), sólo faltaba Karol Karol (Zbigniew Zamachowski). Llega demorado por las dificultades que le presenta el idioma francés siendo él, polaco. El motivo convocante, Dominique exige el divorcio ya que su matrimonio no fue consumado. Por su parte, Karol Karol intenta defenderse, y sobre todo defender su amor por Dominique en un idioma polaco que no es entendido en Francia.

El dolor y la conciencia de la humillación se conjugan potenciando la necesidad de recuperar el amor de Dominique. A la humillación provocada por el estado de conocimiento público sobre la impotencia y cierta sensación de desigualdad frente a la ley por no saber hablar francés para defenderse, se le va sumando la obsesión de poseer, recuperar a Dominique. Cuánto más se obsesiona, más negación recibe por parte de Dominique. Surgen reacciones como la amenaza con denunciarlo ante la policía francesa, pierde el pasaporte y también Karol Karol pierde la posibilidad de extraer dinero de su cuenta bancaria. Karol Karol, se encuentra sólo en Francia, no sabe cómo volver a su Polonia. En una estación de subte, la No-Fortuna deviene en la Fortuna de ser descubierto por un polaco, mientras Karol Karol, silba una canción polaca folclórica. Mijail, el polaco, automáticamente le pregunta por su nacionalidad, confirmando su intuición.

Será una valija y un acuerdo entre ellos lo que facilitará, no sin peripecias, a Karol Karol, volver a su Polonia. Pero antes de irse roba la escultura del rostro de una mujer, muy muy bella. Karol Karol, asocia su belleza con la belleza de Dominique. Ya en Polonia, es robado, golpeado y maltrado por sus propios compatriotas, también arrojan como una piedra inservible la escultura del rostro de mujer. El tema sin duda de la película no es uno sólo, pero si ordenamos un poco, resalta, el cuestionamiento de la Igualdad y hasta dónde o cómo vive cada uno el dolor, las desigualdades y la humillación. Podemos o no identificarnos con todos los personajes en determinados momentos, esa es una de las extremas bellezas de la película.

El autor en algunas escenas del film nos habla a través de Karol Karol y a través de objetos, peines, esculturas, papeles blancos, idioma, canciones folclóricas, que los conforma en verdaderas alegorías, sobre su visión de la Polonia actual. No puedo dejar de mencionar la exquisita música compuesta por su gran amigo Zbigniew Preisner, quién por otra parte tuvo nada menos que la misión de componer el Réquiem para la muerte de su íntimo amigo Krzysztof Kieslowski.

Con producción francesa en un deseo de celebrar el aniversario de la Revolución de 1789, Kieslowski se cuestiona la imagen de Occidente como defensora de unos principios de libertad e igualdad, pues la realidad cotidiana parece asfixiarlos en unas estructuras donde el poder reside en la ilimitada capacidad adquisitiva del dinero: la igualdad queda reducida, para el director polaco, a una máscara vacía de contenido y a una utopía para el individuo. Aunque la crudeza y realismo con que aborda ese conflicto entre el mundo de Karol y el de Dominique contrasta con el canto a la unificación europea de “Azul”, también aquí Karol debe sufrir, como le sucedió a Julie, su propia “muerte interior” y bajar a un infierno personal para poder después acceder a una nueva vida en que una purificada igualdad le permita amar.

Como decía, Karol y Dominique –que ya aparecían en los tribunales en “Azul”– simbolizan dos mundos irreconciliables y en conflicto: el de los países del Este y el de Occidente. Es un amor imposible, pues la igualdad entre ellos es sólo aparente, falsa y superficial, con una sociedad capitalista donde prima lo efímero y donde la simulación y la apariencia es la norma de conducta. Por eso, ante la impotencia en el matrimonio, éste se romperá y solo podrá ser recompuesto cuando se purgue esa hipocresía y se anule la desigualdad. Kieslowski establece un paralelismo entre la virilidad y el poder, que marca la trayectoria de Karol; al final vemos cómo las posiciones de la pareja se han invertido como si de un espejo se tratara, pues entonces es Dominique quien invoca la justicia social y Karol el alma perversa que lleve su estrategia hasta el final, aunque sea con el única intención de recuperar a su mujer. Mientras no se resuelva la desigualdad, solo hay soledad, orgullo e individualismo en un triunfador en la riqueza, aunque siempre quede un rescoldo de amor –una moneda, un busto– que pueda renacer.

Por otro lado, hemos visto que tanto Karol como su amigo Mikolaj son emigrantes que se han asentado y prosperado en Occidente, aunque no hayan dejado de ser “extranjeros”: están indefensos ante la justicia o cansados de vivir, despechados al no encontrar lo que esperaban en una sociedad vacía y consumista. En su periplo, pasan de la impotencia de los afectos a la potencia del dinero, y –ya en tierra polaca– no harán otra cosa que trasladar infantilmente –irresponsablemente– los esquemas vitales de Occidente: buscan el poder a toda costa, sin escrúpulos en la pura especulación, para caer en los mismos errores que en París les habían conducido a la desesperación y a la soledad.

Kieslowski parece querer decirnos que la igualdad –y el amor, en definitiva– no puede fundamentarse en la capacidad económica, en unas estructuras sociales donde en realidad “los más iguales” son los que tienen más poder, sino más bien en la dignidad de la persona. Los protagonistas concluirán en sus negocios que “todo se puede comprar” (el amor, la muerte, a las personas y sus testimonios…), que “todo es posible”… para descubrir al final que no era así. En ese momento, aún no han aprendido a buscar y encontrar la verdadera igualdad. Pensaban que se podía alcanzar simplemente por el poder económico, por la imposición y por venganza, y sólo mucho después descubrirán –hasta el final de “Rojo” con el naufragio no lo sabremos– que la verdadera igualdad únicamente llega a través del amor individual e personal. Pero eso es la teoría y lo ideal, donde todo se resuelve con facilidad; en la práctica, en la vida que Kieslowski ha presenciado y experimentado tanto en Polonia como en París no existe esa igualdad, que se convierte en una quimera deseable pero inalcanzable: de ahí su pesimismo respecto a Europa porque lo era respecto a su propia vida.

Como en “Azul” y “Rojo”, Kieslowski comienza la película con un primerísimo plano de una maleta en el aeropuerto (dentro de ella va Karol): es un flash forward, un “salto adelante” típico en el esquema narrativo del director polaco. La iconología de algunos planos tiene también su valor argumental, como la estatuilla del busto femenino y la moneda de dos francos que Karol se lleva de París vienen a significar el amor de Dominique al que no quiere renunciar, y sólo se desprende de ellos cuando la recupere. Del mismo modo, el color blanco es tratado por la fotografía de Edward Klosinski con una precisa carga metafórica: podría simbolizar la nada y ese mundo vacío del capitalismo, a la vez que la necesidad de renunciar a la propia identidad, de anularse para poder llegar a amar a los demás. Desde el punto de vista estructural, el blanco también responde perfectamente al desarrollo horizontal de la historia y a su simplicidad constructiva. Una limpieza compositiva que solo es alterada con breves y reiteradas sobre-exposiciones en blanco que –de manera subjetiva y obsesiva– nos retrotraen al momento de la boda de Karol.

En cuanto a la música compuesta por Zbigniew Preisner, también nos lleva a esa misma esencialidad, al ofrecernos como tema una melodía popular en Polonia de aire nostálgico, que refleja una sociedad un tanto ingenua que sucumbe y es devorada por los aires de progreso y bienestar –y también de corrupción– que llegan de Occidente. Las interpretaciones de Zbigniev Zamachowski y de Julie Delpy son, por otra parte, idóneas para reflejar los mundos que representan, de sentido práctico y sofisticación. Por su belleza llena de romanticismo, destaca la escena final en que Karol mira –desde un escondite, con ojos de enamorado– a su mujer que asoma a la ventana de la cárcel y que le hace gestos de correspondencia: por fin, el amor ha renacido y se ha fortalecido, aunque tengan que esperar un tiempo para compartirlo.

   Escéptica. Con Tres Colores: Blanco (Trois Couleurs: Blanc, 1994), segunda película de la trilogía “Tres Colores”, un escéptico Krzysztof Kieslowski lanzaba un dardo envenenado de cinismo respecto a las buenas intenciones occidentales en la formación de una nueva Europa igualitaria. Al igual que en la película anterior de la trilogía, Tres Colores: Azul (Trois Couleurs: Bleu, 1993) y la posterior Tres Colores: Rojo (Trois Couleurs: Rouge, 1994), Kieslowski continua explorando las constantes contradicciones de la sociedad actual expuestas sobre los ideales revolucionarios, Libertad, Igualdad y Fraternidad; ideales que la trilogía “Tres Colores” parece desmontar desde su uso hipócrita como simple base de una unión de culturas, subordinadas siempre por un poder inaccesible, al que todos parecen aspirar.

     Desde esta mirada, Blanco es la más cruel de las tres películas de la trilogía con el concepto, en este caso, de la “Igualdad”. Un término contradictorio y controvertido donde los haya, desde cualquier ángulo de visión. Observando Blanco desde los 17 años que separan a la actualidad de su estreno, no se puede más que corroborar las palabras de Kieslowski en la cita inicial, en una Europa donde todo el mundo quiere ser “más igual” que otros, y todos ellos, a su vez, mucho “más iguales”, que el resto del mundo. Tal vez, la mirada escéptica de Kieslowski a principios de los 90, puede parecer demasiado pesimista para algunos y aún optimista para otros. Lo cierto es, que el valor añadido de la propia mirada y elementos contradictorios, tanto en la filmografía como en la figura del propio Kieslowski, es uno de los motivos más característicos de la supervivencia de su discurso; y en el caso de Blanco, no podía ser menos. 

De nuevo, el azar y la causalidad hacen acto de presencia en el relato de la historia de Karol Karol (Zbigniew Zamachowski), en su caida y renacimiento de las cenizas de la nueva Europa, entre Francia y Polonia. Sin embargo, en el otro eje motor del destino de los protagonistas se encuentra siempre lo trascendental; elementos como la fe o el amor, desde cuyo cruce de caminos con el eje, a priori contradictorio, de lo predestinado naturalmente, surge una paradoja alrededor del ser humano, tan característica de la filmografía de Kieslowski, abierta a especulaciones de todo tipo.



Fuente:

texto publicado en Marzo de 2011 por Javier Ballesteros y Julio Rodriguez Chico para "La filmoteca de sant joan d'alacant"


Link:

http://el-cinefilo-blog.blogspot.com.es/2014/05/cine-europeo-blanc-tres-colores-blanco.html


Clip - trailer:
 



1 comentario:

  1. Desde la Filmoteca de Sant Joan agradecemos que compartas el texto de Javier Ballesteros citando nuestro blog como fuente, pero en esta entrada solo los dos últimos párrafos son de Javier.
    El resto es de Julio Rodriguez Chico, escrito para http://www.miradadeulises.com/2009/01/blanco-kieslowski-mira-con-recelo-la-igualdad-de-occidente/

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