jueves, 28 de noviembre de 2013

ARTÌCULOS DE CINE Nº24 - LAS DAMAS DE HITCHCOCK (2008) por Donald Spoto








RETRATO DE UNA OBSESIÒN



Donald Spoto es uno de los grandes conocedores de Hollywood aunque Alfred Hitchcock no es nuevo para él. Hace unos años publicó “El arte de Alfred Hitchcock” y tres años después de muerto el director, nos sorprendió con “Alfred Hitchcock; la cara oculta del genio”. Ahora vuelve a repasar aspectos del carácter, no genio ni mago de Hitchcock en su nuevo libro; “Las damas de Hitchcock”

Según Spoto, el pionero del llamado cine de suspenso, fue cuestionado en muchos aspectos de su vida privada, fuera de su labor como guionista o escritor. Acertó, como joven entusiasta cinéfilo, en el manejo de la cámara desde ángulos que hasta entonces nadie experimentó y que en vida de don Alfred, nadie se atrevió a hacerle sombra.

En el platò o fuera de èl, no fue mago de nada ni genio, ni era un dios como tantas veces se le quiso etiquetar. Tenía genio ciertamente, genio de mal carácter, pero fue un maestro con la cámara y, sobretodo, con provocar en mil inventos, la mueca o la cara de espanto que necesitaba de una actriz o actor. No solamente las provocaba, sino que las humillaba, mucho más a las actrices que a los actores.

Lo que mueve la acción en la lectura de “Las damas de Hitchcock” no son precisamente sus damas, sus mujeres, las actrices, sino el comportamiento del maestro para con sus colaboradores, a los que menosprecia. El sadismo con que actúa contra sus elegidas no así con sus elegidos, los actores, a los que apenas dirige palabra. Fue un hombre obsesionado, envidioso del galán de turno.

Su frustrada pasión por varias de las protagonistas femeninas de sus películas le causó sufrimientos y permitió que su lucha contra la obesidad lo aislara haciendo imposible cualquier tipo de intimidad física. Llegó al extremo, en sus primeras filmaciones, ordenando que las actrices de cabellos negros, actuaran con peluca rubia.

Hitchcock, en su intimidad, se encontraba a gusto con gays, lesbianas y bisexuales. Se casó, para cuidar las apariencias con Alma Reville una mujer menuda y de cabellos castaño rojizos. Una mujer inteligentísima, guionista y consejera de todas sus películas. Alma era su consejera, su cocinera, ama de llaves pero entre ellos no había pasión.

“Las Damas de Hitchcock” es un libro para amantes del celuloide y un libro para amantes de la observación y detalles interiores en cuanto a la personalidad que se esconde detrás de un autor de culto. El estudio de caràcter ahonda en la tortuosa y compleja relaciòn que estableciò a lo largo de su carrera con la interminable lista de actrices que colaborò a su filmografìa. Destacadas damas de la interpretaciòn que llegan en nombres como Virginia Valli; Alida Valli; June -la primera rubia de Hitchcock-, Teresa Wright; Margaret Lockwood; Ann Todd; Jane Wyman; Vera Miles; Marlene Dietrich; Kim Novak; Eva Marie Saint; Janet Leig; Tippi Hedren; Diana Doors y Doris Day.



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Capítulo I. Amores Esposados (1920-1926)


En 1920, a los veintiún años, Alfred Hitchcock empezó a trabajar en Londres para Famous Players-Lasky, la productora británica que era propiedad de la hollywoodense Paramount Pictures, cuyos principales técnicos, en su mayoría norteamericanos, habían sido enviados a Inglaterra para que trabajaran en dos pequeños platós situados en lo que había sido una pequeña central eléctrica, en el condado de Islington.

El primer empleo que tuvo Hitchcock, como ilustrador de los intertítulos que constituían los diálogos de las películas mudas, le proporcionó el acceso a múltiples y variadas tareas: diseñador en una película, o director artístico, coguionista o director de producción en otra. A diferencia de la especialización profesional que se daba en la industria cinematográfica norteamericana, a los trabajadores contratados por los estudios ingleses se les pedía que fueran capaces de realizar las más diversas tareas, de manera que pudieran desempeñar su labor allí donde su talento pudiera ser aprovechado. En consecuencia, el joven y polifacético Hitchcock se convirtió en el chico para todo de, como mínimo, dieciocho películas mudas británicas. Años más tarde, comentó: "Todo mi primer aprendizaje lo hice principalmente con norteamericanos, y fue francamente superior al británico".

En 1923 seguía trabajando largas horas y aprendiendo nuevos y avanzados métodos de producción. Ese año, el productor Michael Balcon compró el estudio cuando Paramount se retiró. Su objetivo era financiar espectáculos para un público internacional (pero esencialmente norteamericano). En consecuencia, Balcon se trajo de Hollywood a Betty Compson para que protagonizara una película llamada Woman to Woman, en la que Hitchcock desempeñaba, según sus propias palabras, "labores de factótum general: escribí el guión, diseñé los decorados y dirigí la producción. Fue la primera película en la que me impliqué plenamente".

También fue la primera de las cinco en las que trabajó a las órdenes del principal director del estudio, Graham Cutts, con quien desarrolló una relación de creciente hostilidad. El problema lo originaban las indiscretas aventuras extraconyugales de Cutts, que para Hitchcock suponían una demostración de falta de profesionalidad porque invariablemente obligaban a modificar el calendario de producción. De todas maneras, también es posible que Hitchcock llegara a sentir cierta envidia de lo bien que se le daban las mujeres a Cutts. En cualquier caso, lo que sí deseaba era sustituir a Cutts y asegurarse unos cuantos títulos de crédito adicionales para mejor impresionar a Balcon. "Yo era bastante dogmático -comentó-, preparé los decorados, fui a ver al director y le dije: "¡Tiene usted que rodar desde aquí!"."

A Cutts le desagradó el estilo autoritario de Hitchcock y así lo manifestó, pero Balcon estaba impresionado por el talento y la energía del joven, especialmente después de que Cutts regresara a Londres a principios de 1925 tras haber filmado en Berlín The Blackguard. Durante el rodaje en Alemania, Hitchcock había resuelto expeditivamente varios problemas de logística causados por la torpe manera de Cutts de combinar trabajo, esposa y amantes. Poco después, Balcon pidió a Hitchcock que dirigiera una película.

"Yo no tenía intención de convertirme en director cinematográfico -dijo siempre, refiriéndose a esa etapa de su carrera-. Me sentía muy feliz ocupándome de los guiones y de la dirección artística. Nunca me había visto como director."4 Lo cual, evidentemente, no era así. Sin embargo, tras haber pasado cinco años trabajando seis días a la semana, era un claro candidato a un ascenso: escribía guiones, diseñaba decorados, trabajaba con los montadores; pero, para su disgusto, cobraba un sueldo que era una miseria comparado con el de los directores asentados. Lo cierto es que Hitchcock, siempre deseoso de intervenir en cualquier aspecto de una película y capaz de resolver con eficacia todos los problemas relacionados con su producción, según Balcon "deseaba convertirse en director; sin embargo, no resultaba fácil lanzar a un joven en un trabajo tan importante",5 porque los financieros y los distribuidores se mostraban muy cautelosos ante la posibilidad de ascender a un simple ayudante.

En consecuencia, Balcon se volvió hacia sus socios extranjeros: "Tuve que arreglar las cosas para que Hitchcock pudiera dirigir sus dos primeras películas en Alemania a causa de la resistencia a que se convirtiera en director que encontré en Londres". Junto con el guionista Eliot Stannard, la ayudante de dirección Alma Reville y el cámara Gaetano di Ventimiglia, Hitchcock salió para rodar exteriores en el norte de Italia y, después, hacia Munich, para el trabajo en estudio, donde se reunió con equipo internacional de técnicos y coproductores. Hitchcock aprendió el suficiente alemán para hacerse entender.

Su encargo era rodar El jardín de la alegría, basada en una novela muy popular, pero que no era nada del otro mundo, que trataba de dos coristas londinenses, de sus cambiantes fidelidades con respecto a los difíciles hombres de sus vidas y su peligrosa estancia en los trópicos, todo ello envuelto en un desenlace de locura y asesinato. Los personajes principales fueron interpretados por estrellas norteamericanas que actuaron en Italia y Alemania como si el relato tuviera lugar en Londres y el Extremo Oriente. La responsabilidad de Hitchcock consistía en hacer que todo aquello pareciera real y emocionalmente creíble. Hay que decir que consiguió plenamente ambas cosas.

Balcon hizo venir de Estados Unidos a dos de las chicas más glamurosas del momento: Virginia Valli y Carmelita Geraghty. Virginia -que ya había intervenido en cuarenta y siete películas a las órdenes de John Ford, King Vidor y otros- quería saber qué tenía planeado Hitchcock y qué aspecto tendría en la película una vez acabada. Carmelita deseaba algo parecido.

"Me invadía un sudor frío -reconoció Hitchcock posteriormente-. Quería disimular el hecho de que era mi primer trabajo como director y no me atrevía a pensar en lo que ella [Virginia Valli], una actriz consagrada de Hollywood, podía llegar a decir si descubría que iba dar vueltas por Europa mientras era dirigida por un novato. Me aterrorizaba tener que darle instrucciones. No tengo ni idea de cuántas veces llegué a preguntar a mi futura esposa [Alma Reville] si estaba haciendo lo correcto. Ella, tan encantadora como siempre, me infundió valor asegurándome que lo estaba haciendo estupendamente."

Así comenzó la que sería una colaboración histórica. Alma Reville tenía buen ojo, sabía cómo había que estructurar una historia y plasmarla visualmente. Había trabajado como montadora y no vacilaba a la hora de manifestar sus opiniones a Hitchcock. Menuda y de cabellos castaño-rojizos, inicialmente daba una impresión de dulce timidez; pero la verdadera Alma Reville era una mujer sumamente inteligente, segura de sí misma y de una férrea determinación; muy diferente del inseguro Hitchcock, que siempre estaba muy pendiente de su apariencia, y era muy consciente de sus gustos y sus humildes orígenes cockney. Alma nunca dejó de actuar valientemente cuando hubo que tomar alguna decisión, tanto en el trabajo como en la vida privada.

Hitchcock siempre reconoció sus miedos, que se remontaban a un sentimiento de inseguridad de la infancia. "¿Miedo? El miedo ha marcado mi vida y mi carrera. Lo he conocido desde la niñez. Me acuerdo de un domingo por la tarde, el único momento en que mis padres no tenían que trabajar, cuando tenía cinco o seis años, me dejaron en la cama y salieron a dar un paseo por Hyde Park -que en aquella época significaba un trayecto de noventa minutos en tranvía y en tren desde el hogar de los Hitchcock-. Ellos creyeron que seguiría durmiendo, pero me desperté y los llamé. El silencio me respondió. No había nadie, salvo la noche a mi alrededor. Temblando de miedo, me levanté y deambulé por la casa, oscura y vacía, hasta que al final llegué a la cocina y encontré un trozo de carne fría que me comí mientras me secaba las lágrimas."

Hitchcock se sentía incómodo junto a sus dos estrellas norteamericanas, pero era consciente de lo mucho que las necesitaba. También le irritaban sus generosos salarios; además, el presupuesto del que disponía hacía imposible que contaran con el tipo de lujos hollywoodenses a los que ellas estaban acostumbradas allí. Según Hitchcock: "Valli era alguien importante y ella lo sabía. Esperaba una banda de música y que le pusieran una alfombra roja, pero no consiguió nada de eso. No le sentó bien, pero al final resultó ser bastante agradable".

El rodaje comenzó en junio de 1925, en el norte de Italia, antes de que pasaran a rodar los interiores en los estudios de Munich, donde hacía un calor sofocante, ya que los techos eran de cristal y carecían de aire acondicionado. Las cosas fueron mal desde el comienzo: hubo numerosos retrasos por culpa de la actitud poco colaboradora de algunos actores; luego, un perro que había sido especialmente entrenado, desapareció y tuvo que ser sustituido por otro que no dejó de lamerse el maquillaje que le aplicaron para que se pareciera al primero. Después, la joven que había sido contratada para que hiciera el papel de nativa se presentó el día del rodaje de la escena en la que tenía que nadar y anunció inesperadamente que su período menstrual le impedía meterse en el agua.

Hitchcock aseguró que semejante noticia era para él una nueva experiencia educativa e insistió en que nunca había oído hablar del ciclo menstrual, porque era algo que no formaba parte de su formación escolar -y habría que añadir que tampoco de su labor como guionista o diseñador de producción-. De todas maneras, al igual que su aseveración de que no tenía intención de convertirse en director de cine, semejante declaración de ignorancia no se puede aceptar sin más. Hitchcock tenía por aquel entonces veintiséis años, un hermano y hermana mayores, sin duda se había fijado en los discretos anuncios de los productos de higiene; y, por si fuera poco, había trabajado en un estudio cinematográfico durante los "locos años veinte", una época y un lugar escasamente discretos en su manera de obrar. A pesar de que aseguraba ser sexualmente inexperto, no era de ningún modo un adolescente virginal del siglo pasado. Sin duda, la curiosidad normal de toda persona había complementado su educación formal.

Sin embargo, corrió el rumor de que Hitchcock era una especie de criatura inocente y angelical, lo cual acabó despertando (como puede que fuera su intención) los sentimientos maternales de Valli y Geraghty, cosa que mejoró notablemente el ambiente del rodaje y la disposición de ambas actrices a plegarse ante las demandas del director. De ese modo, consiguió conquistarlas fingiendo ignorancia en lugar de presumiendo de sofisticación. En otras palabras, recurrió a lo que consideró necesario para alcanzar los fines que se había propuesto, incluyendo el detalle nada despreciable de que Valli accediera a llevar una peluca rubia para interpretar su papel.

Cuando Balcon llegó a Munich para ver las primeras pruebas de la película de Hitchcock, estuvo de acuerdo con el director en que convenía introducir algunos cambios, pero que, a efectos de su comercialización, le gustaba el aire norteamericano que tenía. Asimismo, El jardín de la alegría reveló el hábil uso que Hitchcock hizo de las técnicas cinematográficas de tipo alucinatorio (fundidos y sobreimpresiones, por ejemplo) y, en aras del atractivo comercial, al poner énfasis en una acción trepidante que se alternaba con escenas de violencia y de sexo de tocador.

hace casi treinta años que Alfred Hitchcock nos dejó, pero sus admiradores no lo han olvidado. Al contrario, algunos lo veneran como parte de una leyenda y otros ven en él a un afectuoso caballero, muy parecido a uno de esos excéntricos abuelos que cuentan historias a los nietos antes de dormir. Pocos conocieron su verdader a naturaleza, y casi nadie se atrevió nunca a hacerle preguntas incómodas: los actores y las actrices que actuaron en sus películas bastante tenían con haber sido elegidos por el gran maestro. Ahora Donald Spoto nos propone un paseo por la obra del director británico a partir de la relación que estableció con las mujeres que trabajaron con él, y lo que aflora es el retrato de un hombre capaz de perseguir a Tippi Hedren y declarar al mismo tiempo que en su matrimonio con Alma Reville no había prácticamente sexo. Un director obsesionado por las mujeres rubias y frías, empezando por Madeleine Carroll y siguiendo con Ingrid Bergman, Grace Kelly y Kim Novak. Un profesional que probablemente hoy sería denunciado por acoso sexual en el trabajo, ya que se valía de su autoridad para maltratar a sus actrices si consideraba que lo habían «traicionado», como Vera Miles al quedar embarazada durante un rodaje, o Doris Day, que por lo visto no se entregó a su papel como el director le exigía. Y, finalmente, un hombre brillante, excepcional en muchos sentidos,pero que con el paso de los años se quedó sumido en una profunda soledad y una vejez patética. patética. Las damas de Hitchcock anda con elegancia por la cara oscura de la vida de un genio y es un magnífico tributo a unas mujeres que pusieron todo su talento al servicio de un hombre difícil de complacer. 


Archivo: 06/11/2008 - Capítulo I. Amores esposados (1920-1926)


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