viernes, 8 de noviembre de 2013

ANIMACIÒN - LA INVENCIÒN DE HUGO (Hugo, 2011) de Martin Scorsese






MELIÈS REVIVE EN SCORSESE:
UN HOMENAJE, UNA FÀBULA 
Y UN TIEMPO PASADO QUE FUE MEJOR


* * * * *
EXCELENTE



Hugo es una carta de amor al cine y al público, es distinta a cualquier otra película que haya hecho nunca Martin Scorsese y posiblemente, la más cercana a su corazón: un cine épico y, en muchos sentidos, un espejo de su propia vida. Scorsese construye 'Hugo' al estilo Méliès, montando un mundo parisino completo y deslumbrante.

Es preciosa visualmente, utiliza inmejorablemente las tres dimensiones, es un tributo sincero y de amor al cine y a los libros. La película encarna un modelo de cine infantil tan raro, profundo y virtuoso que el mayor enigma para este crítico es la aparente incapacidad del conjunto para hacer vibrar las almas y resucitar la magia de los primeros pasos que transitò el sèptimo arte.

Una historia con tintes dickensianos que se torna como un homenaje al genio de Georges Méliès, y al séptimo arte en toda su extensión, y que basada en un relato ilustrado de Brian Selznick nos presenta a un Scorsese inédito, tridimensional y pletórico.

El vehículo de Scorsese para presentar ante el ojiplático respetable su película más familiar, más entrañable y también la más cinéfila, es Hugo Cabret. El joven Asa Butterfield  da vida a un huérfano que vive oculto en el reloj de la estación de tren Gare Montparnasse de París. Allí ha llegado después de la trágica muerte de su padre, un inventor con el que compartía una irrefrenable pasión por cualquier tipo de mecanismo o engranaje. 

Oculto entre los recovecos del edificio observa cada día el incesante reguero de viajeros que pasa por la estación, pero su atención se detiene siempre en la tienda de juguetes mecánicos que regenta el viejo Georges (Sir, Sir y mil veces Sir Ben Kingsley), un carcamal que no le quita ojo de encima. Sabe que Hugo anhela muchas de las piezas que están en su tienda y no está dispuesto dejar que el pequeño pícaro se haga con ellas.

Por allí patrulla el Inspector Gustav -interpretado por un Sacha Baron Cohen en estado de gracia- cuyo mayor pasatiempo es mandar niños perdidos al orfanato con ayuda de su dóberman. Mientras tanto, el policía acomplejado por su cojera intenta conquistar el corazón de Lisette (Emily Mortimer), la encargada de la floristería. Pero el ansia de Hugo es mayor que el miedo a ser capturado, así que no cejará en su empeño por hacerse con algunas piezas que le ayuden en su secreto anhelo. Será entonces cuando conozca a Isabelle (Chloë Moretz), la nieta del viejo Georges, una amistad que desatará su gran aventura.

   Pero el fin de esta deliciosa fábula no es la resolución de la historia de Hugo, Isabelle, George y los demás personajes de la estación. La verdadera motivación de Scorsese es ensalzar y elevar a los altares la figura de Georges Méliès como singular paradigma de un más extenso homenaje al cine y a sus pioneros. A aquellos locos que vieron en el objetivo una ventana para asomarse a cualquier lugar del mundo conocido... y también del desconocido. Una puerta abierta de par en par a un universo tan solo limitado por nuestra imaginación.

   Para hacerlo, para rendir pleitesía a los albores del cine, el director de Infiltrados, Taxi Driver o Uno de los nuestros cuenta con la más vanguardista tecnología de captura del movimiento y 3D. Involuntaria o deliberada paradoja que sirve para una lección -con capón incluido- a todos aquellos que creen que con lanzar metralla tridimensional a las gafas de un respetable atiborrado de palomitas ya está todo hecho.

   Y es que el 3D de Hugo no salta hacia el espectador, no lo apabulla ni invade su espacio, sino que consigue que se sienta plácidamente dentro de la historia, dentro de la estación, dentro de su reloj y, también, dentro del taller de Méliès. Es un verdadero, refinado y muy entrenido banquete visual y no la orgía descontrolada a la que la mayoría de producciones tridimensionales nos tiene acostumbrados. No en vano estamos ante el Scorsese más familiar.

Scorsese, a sus casi 70 años, reinventa en HUGO el uso del 3D y crea escuela. De aquí en adelante toda película en 3D querrá parecerse a HUGO (lo sabes bien, James Cameron). Esa visión y entusiasmo de Scorsese por esta nueva forma de ver cine es digna de reconocerse. No en vano la nominación al Oscar, que por supuesto merece.

Es de sorprender el amplio rango que maneja un actor como Sir Ben Kingsley. Quien otrora ha interpretado a Gandhi (1982) o al psicópata Don Logan en la divertida Sexy Beast(2000), resulta aquí de lo más entrañable en su papel del frustrado y gruñón Papa George. Lo mismo sucede con Sasha Baron Cohen, maestro del sarcasmo y el humor raso, en Hugo se muestra como un comediante que no se encasilla en su método y es capaz de hacer comedia física y de gag.

La mayoría del trasfondo histórico y principales características de la vida de Georges Méliès sucedieron como se representa en la película: se interesó por el cine tras ver una demostración de la cámara de los hermanos Lumière, aunque en la película el lo descubre después de pasear en una feria ambulante. La realidad es que el padre de los hermanos Lumière es quien lo invita a la presentación, era mago y fabricante de juguetes, experimentaba con autómatas, era propietario de un teatro (Teatro Eugène Robert-Houdin), fue forzado a la quiebra, se informó que su catalogo de películas fue destruido debido a la celulosa y se convirtió en vendedor de juguetes en la estación de París-Montparnasse después de casarse con su amante. 

Si bien en la película se muestra una fiel relación con su esposa, no fue como se muestra, ya que el termina separado de ella, finalmente fue condecorado con la medalla Légion d'Honneur (Legión de Honor) tras un periodo de terrible negligencia. El cine mudo mostrado al comienzo del film, irremediablemente, corresponde a los trabajos reales de Méliès, como Viaje a la Luna (1902). El autor, a su vez, se inspiró en el fabricado por el relojero suizo Henri Maillardet, que fue visto por Selznick en el Instituto Franklin de Philadelphia, así como el Jaquet-Droz automata, "el escritor".

Una escena onírica de la película representa el espectacular descarrilamiento sucedido en 1895, en la estación de Montparnasse. La estación mostrada fue modelada en la Gare du Nord, pero con el campanario del Gare de Lyon, el reloj -y localización aproximada- de Orsay (ahora un museo), y la fachada y rieles (respetando los niveles de las calles locales) de Montparnasse. Otros elementos fueron tomados de Est y de Gare d'Austerlitz.

A lo largo de todo el filme se muestran secuencias de la versión coloreada a mano de Le voyage dans la Lune. La única versión, de la que se conoce su existencia, fue descubierta en 1993 en la Filmoteca de Cataluña y fue restaurada posteriormente.

Emil Lager, Ben Addis, y Robert Gill realizan diversos cameos representando a Django Reinhardt, guitarrista padre del gypsy jazz, Salvador Dalí, pintor surrealista español, y James Joyce, el escritor irlandés, respectivamente. Todos los nombres de estos personajes aparecen al finalizar los créditos del reparto de la película.El propio Martin Scorsese aparece, en una escena, como fotógrafo.

El libro que Monsieur Labisse obsequia a Hugo, "Robin Hood le proscrit", fue escrito por Alejandro Dumas en 1864, presentado como una traducción francesa de una obra de 1838 del escritor inglés Pierce Egan the Younger. El libro es simbólico, ya que Hugo se ve obligado a evitar las fuerzas de la "justicia" (encarnadas por el Inspector Gustav) si pretende vivir en la estación y posteriormente restaurar el autómata a un estado funcional para ser devuelto a su legítimo dueño.

Hugo Cabret es un homenaje al cine, a sus fundadores y a la ciencia que lo hizo posible. En realidad la grandeza de Hugo como película radica en este sensible y conmovedor reconocimiento de Martin Scorsese a los filmes clásicos y a los directores pioneros que, cual magos de cuento, fabricaban sueños de celuloide.


Clip - trailer:



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