viernes, 24 de mayo de 2013

CLÁSICOS - LUCES DE LA CIUDAD (City Lights, 1931) de Charles Chaplin // Parte II




EL FIN DE LA ILUSIÒN




El éxito amargo que le había reportado "El circo" derivaría en una época en la que un nuevo escollo amenazaba la obra de Charlie y a su personaje Charlot. La llegada del sonoro era imparable. La industria cambiaba y la Warner había sido la primera, en 1926, en presentar la primera película sonorizada. Era “Don Juan”. Los productores y exhibidores no estaban muy conforme con el nuevo sistema. Como siempre que surge una nueva dinámica en una organización asentada suponía bastantes costes adaptarse al nuevo cine. 

Desde cambiar toda la jerarquía de los Estudios hasta adaptar los aparatos de proyección a las condiciones acústicas pertinentes. El rotundo éxito de “El cantor de jazz” en 1927 creó un nuevo futuro a la vez que tumbó la carrera de centenares de actores. Llega la revolución más grande que jamás había vivido el cine y quien no se subía a ella moría en el intento. Las productoras luchan por las nuevas patentes y adquieren con celeridad los sistemas de sonidos requeridos.

Chaplin era uno de los afectados, más si cabe por las características del personaje que le había dado fama. Pero no tuvo miedo, tenía claro cual era su mensaje a pesar de que éste no fuera hablado: “La voz rompe la fantasía, la poesía, la belleza del cinematógrafo y sus personajes. Éstos son seres de ilusión y su naturaleza se deriva precisamente del silencio en que viven. El cine es poesía y belleza creada en un mundo de silencio, y sólo desde ahí los personajes pueden hablar a la imaginación y al alma de los que les contemplan. Hacerlos hablar es aniquilar todo su encanto. Poner voz a las sombras es una imbecilidad y un error, tolerable sólo como negocio, pero inadmisible como arte. 

Espero que esta locura de las películas habladas pase pronto y que los elementos de valor que hay en el cine vuelvan a su verdadero camino. Yo nunca haré hablar a mi personaje ni a ninguno de los intérpretes de mis obras, es ridículo y absurdo. Se muy bien que estoy completamente aislado, pero no me importa porque tengo el convencimiento de que aún hay mucho campo para la película muda, y mi personaje dejaría de ser lo que es desde el momento en que abriera la boca”.

El vagabundo no podía hablar y, con esa premisa, se pone a trabajar en “Luces de la ciudad”, que tendrá sonido pero no palabras. Era su primera concesión a un estilo de cine al que se resistía pero que terminaría aceptando, no sin antes acabar con su personaje. Chaplin trabaja en una película muda cuando Hollywood no hacía más que explotar su nueva herramienta: diálogos interminables, revistas cinematográficas, cantantes de jazz, locomotoras con un ruido chirriante, doblajes en distintos idiomas, subtítulos…todo era poco para demostrar que el nuevo “juguete” supondría la vía de ensanchamiento que necesitaba el cine para llegar todavía más al espectador ampliando temáticas y universos.

En Junio de 1928 comienza la producción de la película para la que Chaplin cuenta con una nueva estrella, Virginia Cherrill. Chica rubia de 20 años, sin ninguna experiencia en el cine, que por su carácter miope daba bien para su papel de chica ciega que confunde al vagabundo con un aristócrata cuando oye a su lado el sonido de la puerta de un automóvil lujoso. Primera concesión y primer sonido que Chaplin utiliza no para apabullar con las bondades del nuevo invento sino para situarlo como detonante de toda la acción posterior.

El mérito de “Luces en la ciudad” reside en la conmovedora historia de amor entre la chica ciega y el joven vagabundo del que se acaba enamorando más por su belleza interior (la exterior escapa de ella) que por la posición económica que ella cree que ocupa Charlot, juego de enredo muy bien resuelto (incluyendo un mítico combate de boxeo y varios intentos de conseguir dinero para ayudar económicamente a su chica en una ciudad en la que las diferencias sociales son cada vez más evidentes) que concluye en una escena final llena de magia y sentimiento en el que la chica descubre a ese buen hombre a través del tacto. Y es que Chaplin también refleja también el desmoronamiento de los sueños que alumbraba el inicio de la década de los 20 con el personaje del millonario borracho con instintos suicidas que es el gran amigo de Chaplin sólo cuando logra llevar una gogorza de campeonato. 

Esos años de desilusiones quedaron marcados por un profundo individualismo y de un todo por el triunfo generalizado. Era los años de surgimiento de grandes industrias como la del automóvil o la de la radio. Era la época del empleado emprendedor y del hombre medio que sueña con tener un Ford aparcado a su puerta para ser considerado dentro de los valores que dicta la sociedad de la época. Ya lo dijo el presidente republicano Hoover en su discurso de investidura de Marzo de 1929: “Librándonos de la pobreza general, hemos alcanzado un grado de libertad individual mayor que nunca”.

Los tres años en los que Chaplin trabaja en la película están marcados por esta sociedad y por la muerte de su madre, la mujer que más ha querido. En el momento de su entierro (al que sólo asistieron unos pocos amigos) también estaban presentes enlutadas como cuervos peseteros Lita Grey y su inseparable madre. La prensa no tardó en especular con una posible reconciliación. Nada más lejos de la realidad, Chaplin casi ni se percató de su presencia absorto como iba en sus recuerdos de infancia y juventud unidos a una mujer que, incluso en sus años de locura, mostró un amor real y desinteresado por los suyos, algo que como bien había comprobado Chaplin carecía la sociedad en la que vivía.

El estreno de “Luces de la ciudad” se produce el 21 de Enero de 1931, tres años después de que el sonoro se impusiera definitivamente. Quizás demasiado tiempo para poder volver a recordar al espectador el arte del cine mudo. Einstein acompaña a Chaplin en ese gran momento. Charles tiene que alquilar el Cohan Theatre de Nueva York por su cuenta ante el poco entusiasmo de unos exhibidores que temían perder dinero con una película a la que veían anacrónica tal como estaban ya inmersos en la nueva era del sonoro. 400.000 dólares netos fue la cantidad que terminaría reportando “Luces de la ciudad” sólo en esa sala. 

El éxito es rotundo y la crítica aplaude de manera entusiasta como Chaplin ha logrado triunfar ya en la década de los 30 con una película como ésta. La música compuesta por el propio Chaplin, basándose en “La violetera” de José Padilla, se convierte en la melodía más tarareada de la temporada. El triunfo de un Chaplin que tocaba el cielo, como artista y como luchador victorioso frente a los elementos, le hizo decir unas palabras míticas que mantendría a lo largo de la década: “Seguiré haciendo películas mudas o no habladas. Seguiré trabajando en mis propias obras y en mi propio personaje”.


Clip - "behind the scenes" del film:


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