viernes, 24 de mayo de 2013

CLÀSICOS - LUCES DE LA CIUDAD (City Lights, 1931) de Charles Chaplin // Parte I




EQUILIBRIO Y COMPLEMENTACIÒN


* * * * *
EXCELENTE


Obra maestra dirigida e interpretada por el genial Charles Chaplin, Luces de Ciudad supuso el reto mas grande en la carrera del comediante. En esta cinta clásica, el simpático y noble vagabundo Charlot se  enamora de una vendedora de violetas ciega y pobre. La chica es guapa y dulce. Chaplin, un personaje desastrado, de buen corazón y poco amigo de las rigideces propias de una vida ordenada y exigente. Cuando el vagabundo que interpretaba usualmente Charles Chaplin recorre las calles, conoce casualmente a esta hermosa invidente que vende flores. A cambio de una de ellas, el vagabundo le entrega su último centavo.

Sin quitarle mérito a la complicada tarea de hacer reír, pareciera obvio que muchos cómicos son especialmente buenos produciendo risas, pero serían absolutamente incapaces de sacarle una lagrimita a su público para darle profundidad al género. Combinar ambos registros es la principal virtud de Charles Chaplin, uno de los grandes pioneros de la historia del cine.

Un ejemplo es la secuencia en la que su personaje, muerto de hambre en "La quimera del oro", se come sus zapatos enrollando los cordones como si se trataran de un plato de pasta. Es un tipo de humor que procede de las penurias económicas que el propio Chaplin pasó en su juventud. Esto le obligó a desarrollar su capacidad humorística como autodefensa. "Luces de la ciudad", representa el mayor equilibrio entre drama y humor que obtuvo Chaplin en su filmografía.

Este equilibrio no fue ni mucho menos fácil de conseguir. Chaplin había rodado un "gag" inicial que sólo puede ser calificado de genial. Pero entonces se dio cuenta de que iniciando el film de una forma tan cómica, era muy difícil reconducir la cinta hacia el melodrama. Sólo tenía una solución, consistente en rodar otro comienzo, menos gracioso. Y con todo el dolor de su corazón, tuvo que quitar del principio unos minutos muy superiores a la filmografía de muchos otros cineastas.

Renunciar a unos planos magníficos en beneficio del resultado final no debe ser una tarea fácil, pero cuantas veces algún director se ha aferrado a secuencias que aisladamente eran brillantes, pero que pesaban como una losa en el resultado final. Más de un empecinamiento en sostener secuencias contra viento y marea ha acabado con una película prometedora. En otro gesto que indica la genialidad de Chaplin, decidió cortar más de diez minutos de metraje, que sólo gracias a las recientes ediciones en todo el mundo en DVD han llegado a ser conocidos por el gran público.


El buen hombre es consciente de que su aspecto no es precisamente el de un caballero, incluso es objeto de burlas por la calle. Deambulando sin rumbo, no tiene otra cosa que hacer, conoce a la chica y queda prendado de su belleza y candidez. El flechazo es inmediato y su corazón romántico provocará sucesivos encuentros amparado en un equívoco inicial y en que ella no puede verlo. Pero éste no será el único encuentro que trastocará su indolente y despreocupado modo de vivir. Una noche evita el suicidio de un rico caballero que no puede soportar la vida tras ser abandonado por su esposa. A partir de ahí surgirá una peculiar amistad entre estos dos personajes, cuyos detalles -con momentos delirantemente divertidos- no desvelaremos.

Luces de la ciudad es una bonita y emotiva historia llena de buenos sentimientos, con momentos cómicos muy logrados. En ellos Chaplin demuestra por qué es uno de los cineastas más importante de la historia. Hay que tener en cuenta que el director, también autor del guión y de la banda sonora -fue acusado de plagiar "La Violetera"-, tuvo la osadía de rodar una película muda cuando el cine sonoro había conquistado al público. Sin embargo su maravilloso equilibrio entre comedia y drama fue un rotundo éxito, demostrando que la belleza que emana de toda obra de arte auténtica es imperecedera y resiste el paso del tiempo, cautivando al público de cualquier momento y lugar.
 
En la película no todo son risas. Chaplin es un pobre hombre sin rumbo ni horizontes en la vida. La chica está ciega y enferma, vive con su abuela y aunque entre ellas reina el amor y la generosidad, su situación económica es más que precaria. En cuanto al marido abandonado, es un retrato patético de la necesidad de amor que tiene el ser humano y que el dinero no puede comprar; ahoga sus penas en francachelas y alcohol sin medida, sin otro resultado que una insatisfacción cada vez mayor.

A pesar de todas estas miserias, el film no se regodea en ellas ni cae en la desesperanza. Por el contrario, estamos ante una historia luminosa en la que los personajes son capaces de salir de sí mismos, encontrando la felicidad en la entrega generosa a los demás. La bondad siempre compensa, aunque lleve consigo sacrificios y contrariedades. 

Y si no que se lo digan a Charlot, que con tal de ayudar a la chica es capaz de hacer algo tan impropio de él como trabajar de barrendero o de boxeador, llegando a ser injustamente encarcelado. Paraodijcamente, sin complicaciones ni enriedos, difícilmente el personaje hubiera alcanzado la dicha que sólo encontraría al final del camino al olvido de sí.

Es quizá esta la película más representativa de uno de los cineastas más geniales de todos los tiempos. Primero porque, fiel a su estilo, a pesar de que el cine sonoro estaba ya más que consolidado en la época en que se rodó, Chaplin prefirió rodarla como una película muda concediendo, eso sí, que se escuchara una música coordinada con las acciones de los personajes y algunos efectos sonoros que reforzaran la comicidad de algunas escenas.

La preparación y el rodaje de esta obra llevaron casi tres años a su autor, lo que da idea del perfeccionismo de Charlot, que engendraba obras tan perfectas a base de no dejar ningún elemento a la improvisación y repetir las escenas cuantas veces hiciera falta. Sí que es cierto que no se llevó bien durante el rodaje con la protagonista, Virginia Cherrill, pero estas disensiones no se notan en pantalla y la química entre ellos es perfecta.

Hay que recordar que el estreno de "Luces de la ciudad" coincide con la fase más aguda de la gran depresión americana. El papel de Charlot, el eterno vagabundo, adquiere en esta ocasión una dimensión especial, cuando muchos estadounidenses que lo han perdido todo se han lanzado a las carreteras y caminos tratando de huir de la miseria. Las palabras que Charlot le dirige al suicida para que desista de su actitud son conmovedoras, y pueden ir dirigidas a todos los desesperados del mundo: "Mañana los pájaros volverán a cantar. Sea valiente, enfréntese a la vida".

La otra protagonista de la película es la gran ciudad. Aquella era una época de gran crecimiento en las grandes urbes y el cine lo reflejaba. La ciudad es otro personaje más, un personaje dinámico y sorprendente, capaz de poner a prueba al protagonista, de hacerle pasar de limpiador a boxeador en pocos minutos. Lo cierto es que uno de esos encuentros fortuitos que propicia la ciudad le hace enamorarse de una florista ciega. Charlot se sacrificará para salvarla, aunque ella no lo sepa, lo que da pie a una escena final verdaderamente sublime, plena de sensibilidad y sutileza. No sabemos lo que va a suceder después, pero el cine (y la vida) a veces nos regalan momentos imborrables, de los que quedan para siempre en el recuerdo.


Clip - pelìcula completa:



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